Piedras de escándalo
José Miguel Cejas
Capítulo I: contradicciones que han sufrido los santos y los hombres de Dios a lo largo de la historia
He actualizado la redacción de este libro, editado en junio de 1992, ya que durante estos años han sido canonizados o beatificados algunos de los que citaba en la edición impresa de este libro como Siervos de Dios o Beatos.
Cuando lo escribí estaba relativamente próximo el atentado que había sufrido el Papa Juan Pablo II en la plaza de San Pedro de Roma. La fotografía del Papa, en los minutos siguientes tras el atentado, muestra de forma especialmente plástica, casi paradigmática, los sufrimientos a los que son sometidos tantas veces los hombres y mujeres santos por su fidelidad al Evangelio.
He suprimido en este texto digital, para agilizar la lectura, todas las notas a pie de página y las referencias bibliográficas. Los interesados en localizar el origen de una determinada cita pueden acudir a la edición impresa, publicada por la editorial Palabra en Madrid, España.
He sustituído algunos pasajes que me parecen de menor interés, poniendo otros ejemplos de mayor actualidad.
INTRODUCCIÓN
En recuerdo del Gris,
aquel perro (?) oportuno
y magnífico.
Debo aclarar a los lectores a los que haya sorprendido la dedicatoria con la que se abre este libro, que el Gris no es ningún animalito de compañía. El Gris es aquel perrazo imponente que surgía en defensa de san Juan Bosco cuando se encontraba en apuros, y al que el Santo comparaba, por su aspecto terrible, con un lobo enfurecido.
El Gris tenía más de un metro de altura y una peculiaridad sorprendente: se presentaba en los momentos más oportunos -por ejemplo, con ocasión de un atentado- y desaparecía luego como por encanto. ¿Quién era el misterioso Gris? Cuando se lo preguntaban, Don Bosco eludía, riendo, la respuesta.
Gheón, al referirse a la naturaleza de este misterioso animal al que aludía san Juan Bosco en sus Memorias del Oratorio, decía que "la Providencia puede servirse de un perro. Un ángel tiene posibilidad de hacer surgir su forma. Lo menos que se puede decir es que este animal supo rastrear la santidad y ponerse decididamente a su favor".
Durante estos últimos años he añorado en algunas ocasiones la presencia poderosa del Gris. Se han prodigado los ataques contra algunas figuras de la iglesia y pocas voces han acudido en su defensa; y con frecuencia los afectados hansufrido la indefensión en la que el infamante suele sumir a su agredido.
No es fácil responder a la calumnia. ¿Qué actitud tomar? El que opta por no defenderse corre el riesgo de reconocer con su silencio la calumnia; y ya se sabe, "el que calla, otorga". Y el que se defiende, da pábulo a nuevas calumnias y escándalos periodísticos, que son los efectos –con frecuencia comerciales- que precisamente busca el agresor.
Los ataques que han sufrido algunas personalidades de la Iglesia contemporánea no son, desde el punto de vista histórico, excesivamente novedosos. Muchas de las acusaciones que escucho ahora contra cardenales, obispos y fundadores, me evocan viejas lecturas escolares.
Con acusaciones semejantes aguijonearon sus contemporáneos a dos grandes santos, San José de Calasanz y San Juan Bosco, fundadores de los dos colegios en los que estudié -un colegio de escolapios primero, y de salesianos después-, y de los que guardo tantos gratos recuerdos, al igual que de la Universidad de Navarra, donde conocí a san Josemaría, canonizado en el 2002.
Con el paso de los años he ido leyendo la vida de muchos hombres y mujeres santos, y he tenido oportunidad de tratar a algunas personalidades contemporáneas de la Iglesia que posiblemente veamos en el futuro en los altares. He observado que prácticamente todos, de un modo u otro –desde san Pío de Pietrelcina a la Beata Teresa de Calcuta- han tenido que morder la fruta amarga de la incomprensión o del escándalo.
Esto me ha llevado a acometer la tarea de analizar y comparar las diversas contradicciones que han sufrido algunos santos a lo largo de la historia.
Afortunadamente, aquellas antiguas hagiografías que nos presentaban a los santos envueltos en un haz de luz, avanzando pacíficamente hacia la beatitud entre la admiracióny el aplauso de los contemporáneos, reposan desde hace mucho tiempo entre las telarañas de las bibliotecas. Bien merecido tienen su letargo: son tan falsas desde el punto de vista histórico como desvirtuadoras del concepto mismo de santidad.
Sin leyendas doradas
Ya no es tiempo de las leyendas doradas: es necesario recordar que los hombres y mujeres santos de todas las épocas no caminaron jamás como ángeles alados sobre nubes de purpurina: fueronlabrando su santidad día tras día, paso a paso, a fuerza de dificultades y tropiezos.
Cayeron y se levantaron una y otra vez, entre los barrancos y el fango; se lastimaron -porque eran hombres- con las piedras de las miserias humanas y de sus propios defectos y limitaciones; y soportaron por amor a Dios, hasta llegar al heroísmo, la polvareda que formaron a su alrededor, con sus insultos y calumnias, algunos de sus contemporáneos.
Es posible que, tras la lectura de estas páginas, algún lector se plantee la posible veracidad de determinadas acusaciones contra los hombres y mujeres santos. Es comprensible: la calumnia juega astutamente con esa tendencia humana a conceder, al menos, un punto de razón al ofensor, -siguiendo el conocido dicho popular: "cuando el río suena...".
Pero a veces suena el río y sólo lleva piedras: murmuración, despecho, trapisonda y, con frecuencia, intereses inconfesables. Los católicos conocen el rigor y la prudencia con la que actúa la autoridad de la Iglesia a la hora de llevar a sus fieles a los altares. Porque, por muy grande que sea la devoción popular hacia una determinada persona, por muy extendida que esté la fama de sus virtudes, antes de reconocer su santidad públicamente -es decir, antes de proponer a esa persona como objeto de culto y de intercesión-, la Iglesia procede a una minuciosísima investigación sobre su vida –un proceso, un juicio en toda regla- donde, entre otras cuestiones, se analizan, una tras otra, con gran rigor, todas las imputaciones, acusaciones, denuncias, etcétera, que sus enemigos le hicieron en vida.
San José de Calasanz
La Causa de Canonización de san José de Calasanz es un ejemplo entre muchos. Como la sombra de la calumnia es tristemente alargada, muchas de las falsedades que se dijeron contra el Santo en vida le persiguieron tras su muerte y la Iglesia tuvo que ir aclarándolas, una tras otra, a lo largo de un proceso que duró un siglo.
Con razón afirma Giner, que ha analizado detenidamente todas las peripecias del complicado proceso del santo aragonés, que "el camino que lleva a la verdadera santidad es estrechísimo y las biografías de los santos nos lo prueban sobradamente. Pero no es menos difícil, estrecho y complicadísimo el sendero marcado por la Iglesia para conducir a los santos, en una especie de peregrinaje póstumo, hasta los altares, en donde reciban legítimamente el culto público hacia ellos destinado".
Pido disculpas a a los que pueda molestar este desescombro histórico. ¡Bastante tuvieron que soportar en vida estos hombres y mujeres de Dios -podrían argumentar- como para airear de nuevo toda esa podredumbre!El conjunto de acusaciones y calumnias contra los santos compone, con el paso de los siglos, una buena carretada de inmundicias. ¿Para qué sacar a la luz de nuevo este conjunto maloliente de falsedades, insultos y chismorreos?
No ha sido mi propósito exhumar viejas calumnias, cuya falsedad en la mayoría de los casos ha sido puesta en evidencia desde hace siglos; sino mostrar la actitud heroica de los santos frente a esas contradicciones, y recordar –ante algunos sucesos de la vida cotidiana- que no hay nada nuevo bajo el sol.
Además, por muy graves que hayan sido esas acusaciones, no han logrado empañar las figuras excelsas de los hombres y mujeres de Dios: al contrario; bajo toda esa miseria arrojada sobre sus rostros, su imagen se nos muestra aún más noble y más digna, más amable y atractiva, y resplandece en ellos, como se ha afirmado recientemente, "aún más el heroísmo que comporta la identificación con Cristo a la que llegan. La basura que algunos hombres de su tiempo les arrojaron fue el abono para llegar a la plenitud de su vida cristiana; y, paradójicamente, hace de los santos un irresistible polo de atracción hacia Cristo para muchos hombres y mujeres de todos los tiempos"
Una provocación al conformismo
Ya recordaba san Alfonso María de Ligorio que "quien quiera ser glorificado con los santos del Cielo necesita, como ellos, padecer en la tierra, pues ninguno de ellos fue querido y bien tratado por el mundo, sino que todos fueron perseguidos y despreciados, verificándose lo del propio Apóstol: 'Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos'
"Los santos -recordaba el Siervo de Dios Pablo VI el 3 de octubre de 1976 en la homilía de Canonización de santa Beatriz de Silva- representan siempre una provocación al conformismo de nuestras costumbres, que con frecuencia juzgamos prudentes sencillamente porque son cómodas. El radicalismo de su testimonio viene a ser una sacudida para nuestra pereza y una invitación a descubrir ciertos valores olvidados".
Espero que al lector le suceda lo mismo que a mí al redactar estas páginas, y que al contemplar la actitud de estos hombres y mujeres de Dios ante la persecución y la calumnia, crezca su veneración hacia ellos. Ése ha sido mi único deseo.
I. A LO LARGO DE LA HISTORIA
¡Crucifícalo!
Uno de los pasajes más desconcertantes del Evangelio es el que recoge el plebiscito popular sobre Jesús. El Evangelista Mateo nos pone en antecedentes:
"Los príncipes de los sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un falso testimonio contra Jesús para darle muerte; pero no lo encontraron a pesar de los muchos falsos testigos presentados. Por último se presentaron dos que declararon: Éste dijo: Yo puedo destruir el Templo de Dios y edificarlo en tres días" (Mt, 26,59-61).
Hasta aquí todo resulta comprensible: se entiende que dos calumniadores a sueldo declaren falsamente ante un tribunal; se entiende que por despecho o por ambición, haya jueces corruptos: son realidades que se han dado -y que se seguirán dando- a lo largo de la historia.
Lo que cuesta entender es la ira que provoca Jesús en unas gentes que tenían tantas razones para estarle agradecidas, y su inesperada simpatía hacia un criminal como Barrabás.
Ese furor desconcertó también al procurador romano, aunque "sabía -apunta el Evangelio- que le habían entregado por envidia".No hubo, entre todo el gentío, ni una vacilación, ni una voz discordante.
"¿A quién de los dos queréis que os suelte? Ellos dijeron: A Barrabás. Pilato les dijo: ¿Y qué haré con Jesús, el llamado Cristo? Todos contestaron: ¡Sea crucificado! Les preguntó: ¿Pues qué ha hecho? Pero ellos gritaban más fuerte: ¡Sea crucificado!" (Mt, 27,21-23. 3 Ibid 27, 20)
La escena -por mucho que el Evangelista explique que "los príncipes de los sacerdotes y los ancianos persuadieron a la multitud para que pidiese a Barrabás e hiciese morir a Jesús" resulta incongruente. Esas multitudes se habían beneficiado de los milagros de Jesús; muchos de aquellos hombres le habían seguido, años atrás, por los campos de Judea; y posiblemente ellos, o sus mujeres, o sus hijos, habían alfombrado el suelo a su paso, pocos días antes, durante su entrada triunfal en Jerusalén.
Los estudios acerca de la mentalidad de aquella sociedad no logran explicar de un modo definitivo esa trágica incoherencia de actitudes, ese ¡crucifícalo! irracional y furioso. Porque no hubo ni tan siquiera uno que alzara su voz para defenderle.
Esa ira casi irracional –que se da en culturas y mentalidades muy diversas- traspasa la frontera de la lógica humana: se adentra en el misterio del mal, en ese mysterium iniquitatis que rodeó la vida terrena de Jesús, yla vida de los santos en muy diversas latitudes de la tierra.
Las acusaciones que se han ido escuchando a lo largo de la historia de la Iglesia contra los hombres y mujeres de Dios, son un eco lejano de ese grito y sus consecuencias han sido las mismas: la crucifixión, física o moral, de los seguidores de Cristo.
Jesús lo anunció claramente: "Si el mundo os odia, sabed que antes de vosotros me ha odiado a mí" y sus palabras se han ido cumpliendo, siglo tras siglo. Al igual que la de Jesús, la presencia de los santos ha sido un signo inquietante y muchas veces incómodo para sus contemporáneos. Las mujeres y los hombres de Dios han experimentado, de un modo u otro, la soledad, la incomprensión o la infamia; la persecución, la calumnia o el desprecio; la Cruz, en definitiva.
"Éstos son los que de generación en generación han seguido a Cristo -recordaba Juan Pablo II en la ceremonia de Beatificación de Josemaría Escrivá y Josefina Bakhita-: a través de muchas tribulaciones han entrado en el reino de Dios".
Los primeros cristianos
Los seguidores de Jesús han ido recorriendo ese camino doloroso desde el primer siglo de la historia del Cristianismo. "Ya puede el cristiano vivir como todo el mundo -afirma Hamman en su libro La vida cotidiana de los primeros cristianos-, frecuentar las termas y las basílicas, ejercer los mismos oficios que los demás, que siempre hará las cosas con ciertos matices, incluso a veces actuará con reservas. Su fe es tachada de fanatismo, su irradiación es proselitismo, su rectitud es reproche".
Al principio era sólo un rumor, una murmuración en voz baja. "Circulan los cotilleos más inverosímiles -recuerda Hamman-, las acusaciones están calcadas de la imagen de la sociedad que las hace, es una proyección sobre los cristianos de los propios vicios"'.
Del cotilleo se pasó a la denuncia pública; y de ésta, a las persecuciones encarnizadas.
Las primeras persecuciones anticristianas fueron una desproporcionada explosión de odio, que aún hoy día resulta difícil de explicar satisfactoriamente, en todos sus extremos, desde el punto de vista histórico.
Comenzaron muy pronto, en la segunda mitad del siglo I, pero no todas tuvieron el mismo signo. En el siglo II se persiguió a los cristianos como personas privadas y sólo en la primera mitad del siglo I el objetivo fue ya la Iglesia como institución.
Al principio fue una persecución irregular y poco organizada, que se convirtió en pocos años en una represión sangrienta y ferozmente sistemática que se cobró millares de vidas. Aunque no poseamos cifras globales, las Actas de los Mártires revelan documentadamente el heroísmo de los primeros confesores de la fe y la refinada brutalidad de las torturas a las que fueron sometidos.
"En las provincias asiáticas de Capadocia y el Ponto -escribe Jedin, al relatar la persecución de Diocleciano-, los cristianos perseguidos fueron entregados a verdugos de tan refinada inventiva que arrancarles un ojo o paralizarles la pierna izquierda con hierro candente era por ellos presentado, sarcásticamente como trato humanitario, y competían entre sí en la invención de nuevas brutalidades.
”Al comprobarse que los habitantes de una pequeña ciudad frigia eran cristianos en su totalidad, se le pegó fuego con todos sus moradores. Eusebio introdujo en su descripción el relato del Obispo mártir Fileas de Tumis sobre el refinamiento de las torturas empleadas en Egipto, que explotaban todas las posibilidades de la técnica del tiempo".
Las torturas que se describen en las Actas de los Mártires rozan lo inverosímil. ¿Cómo es posible semejante crueldad? La duda se disipa,apunta Jedin, que conoció los horrores de las guerras contemporáneas, al recordar "acontecimientos recientes de un pasado recentísimo".
Felices seréis cuando...
La actitud de los cristianos ante las persecuciones sorprendía profundamente a los paganos de los primeros siglos. Aquellos hombres de fe, lejos de considerarlas un mal, las recibían como la bienaventuranza predicha en el Evangelio: "Felices seréis cuando os insulten y os persigan, y digan toda clase de calumnias contra vosotros por mi causa" .
En la actualidad, esa actitud -que nace de esa paradoja cristiana que encuentra la felicidad en la Cruz y la paz en la persecución-, sigue sorprendiendo también a los que se reconocen miembros de una sociedad post-cristiana,que se autoproclama pluralista y tolerante, pero en la que no falta, con frecuencia, la animadversión y la represión más o menos solapada contra la Iglesia y lo religioso.
Desde los primeros cristianos hasta nuestros días la Iglesia no ha dejado nunca de padecer persecuciones de un modo u otro, de propios y ajenos. Baste recordar -por limitarnos a los últimos siglos- el calvario de la Iglesia en los países asiáticos de misión, los episodios sangrientos de la Revolución francesa, o los ataques que ha padecido la Compañía de Jesús a lo largo de su historia.
"Las contradicciones que ha habido y hay -escribía San Ignacio de Loyola a Pedro Camps- no son cosa nueva para nosotros; antes, por la experiencia que tenemos de otras partes, tanto esperamos se servirá más a Cristo nuestro Señor en esta ciudad, cuantos más estorbos pone el que procura siempre impedir su servicio".
"No es nuestro propósito -se lee en un manifiesto de unos padres de familia mexicanos en defensa de la Compañía de Jesús fechado en 1855- debatir ahora la cuestión que desde hace siglos se agita en el mundo sobre el instituto de la Compañía de Jesús. La existencia de esa cuestión por tan largo espacio de tiempo, el calor con que se ha seguido, la calidad de las personas que en ella han tomado parte, prueba sin duda que en el instituto hay algo verdaderamente grande y que sale del orden común; y desde que esa observación se hace, deja de parecer extraño que los jesuitas hayan tenido notables y señalados adversarios; porque ¿qué institución de elevado carácter hubo jamás en la tierra que no fuese blanco de duras contradicciones?".
El pasado siglo xx fue especialmente pródigo en persecuciones contra la Iglesia: los nombres de san Maximiliano Kolbe o santa Teresa Benedicta (Edith Stein) -muertos en campos de concentración- están ligados para siempre con la persecución nazi; y las figuras del Cardenal Primado de Hungría Jozsef Mindszenty, o la del Primado de Polonia Stefan Wyszynski -ahora en proceso de Beatificación-, evocan todos los padecimientos de la Iglesia tras el telón de acero.
Una de las más virulentas persecuciones europeas fue la que sufrió la Iglesia Católica en toda España desde el mes de mayo de 1931 hasta el 31 de marzo de 1939.
"Durante los cinco meses de gobierno del Frente Popular -escribe Cárcel Orti en La persecución religiosa en España durante la Segunda República (1931-1939)- varios centenares de iglesias fueron incendiadas, saqueadas o afectadas por diversos asaltos; algunas quedaron incautadas por las autoridades civiles y registradas ilegalmente por los Ayuntamientos. Varias decenas de sacerdotes fueron amenazados y obligados a salir de sus respectivas parroquias, otros fueron expulsados de forma violenta; varias casas rectorales fueron incendiadas y saqueadas y otras pasaron a manos de las autoridades locales; la misma suerte corrieron algunos centros católicos y numerosas comunidades religiosas; en algunos pueblos de diversas provincias no dejaron celebrar el culto o lo limitaron, prohibiendo el toque de las campanas, la procesión con el viático y otras manifestaciones religiosas; también fueron profanados algunos cementerios"
El rumor
Esta persecución comenzó utilizando un antiguo medio denigratorio: el rumor. Se difundieron por todo el país las especies anticlericales más absurdas, como que unas religiosas salesianas habían distribuido en Madrid caramelos envenenados (sic) a sus alumnos, que eran hijos de obreros; se aseguró además que uno de esos niños agonizaba en el Colegio de La Paloma en medio de atroces sufrimientos...
Era sólo una excusa para lanzar al populacho contra esas religiosas, herirlas gravemente, e incendiar el colegio, como sucedió más tarde.
Fue tristemente tópica: se expulsó a los jesuitas, se abolió la enseñanza religiosa y se llegó, como recuerda Mondrone en su biografía sobre san Pedro Poveda, a provocar situaciones ridículas que recordaban escenas de siglos anteriores: "algún maestro exigió el saludo: `no hay Dios', al que había que responder: `ni nunca lo ha habido'".
Las víctimas eclesiásticas fueron 6.832, desde el día 18 de julio de 1936, en el que comenzó el conflicto, hasta el final de la guerra. De este total, 4.184 pertenecían al clero secular, incluidos doce Obispos, un Administrador Apostólico y varios seminaristas; 2.365 eran religiosos y 283 religiosas.
A estas cifras hay que añadir las de los millares de laicos, hombres y mujeres, que murieron por el puro hecho de declararse católicos.
Una dificultad añadida
La historiografía contemporánea empieza a disponer de estudios rigurosos sobre gran parte de las persecuciones que ha sufrido la Iglesia. Sin embargo en ocasiones los historiadores se encuentran con una dificultad que proviene, curiosamente, de la propia voluntad de los afectados.
Las exigencias de la caridad han llevado a muchos santos a padecer en silencio las ofensas y los ultrajes, y es frecuente –por ejemplo, en el caso de los Fundadores-, que hayan prohibido a sus seguidores consignar siquiera el nombre de los que los difamaron.
Eso explica que en muchas hagiografías no se consigne el nombre de los perseguidores hasta que no ha transcurrido un tiempo prudencial. Sin embargo, a pesar del esfuerzo de los santos por borrar la memoria de las ofensas, en un ejercicio heroico de la caridad y el perdón, en la mayoría de los casos los historiadores están logrando desvelar, no sin dificultades, como sucede en el caso de san Juan Bautista de la Salle, la identidad de los ofensores.
Saturnino Gallego, en su libro Vida y pensamiento de San Juan Bautista de la Salle, investiga la identidad del perseguidor del Santo. Blain, el biógrafo de san Juan Bautista, evita citar su nombre, utilizando datos confusos o ambiguos, porque afirma que obraba de buena fe, y era"de piedad sólida y probada".
San Juan de Ávila constituye un ejemplo entre muchos. Cuando se encontraba en la prisión de la Inquisición de Sevilla, a consecuencia de unas denuncias falsas, le insistía al Padre Párraga, uno de sus inquisidores, que tachase los testigos que habían depuesto en su contra. Estaba "muy confiado en Dios y en su inocencia, y que éste le salvaría" y no quería que la historia conociese aquel pecado que habían cometido contra él.
María Milena Toffoli testifica en su Introducción a la Autobiografíade la Madre Sacramento, la dificultad de los biógrafos contemporáneos de la Santa: "el hecho de que vivieran todavía muchas personas que intervienen en la historia, le obliga a callar sobre sucesos delicados y graves relacionados con las mismas".
"Pero después de más de cien años -escribe Toffoli-, cuando ya los hechos han pasado a formar parte del acervo de la historia, es preciso descorrer el velo para que la figura de la mujer, de Fundadora y de Santa, cual es María Micaela del Santísimo Sacramento adquiera su verdadera dimensión en el plano humano, sociopedagógico y espiritual".
Leer entre líneas
Del mismo modo, en su biografía sobre san Pedro Poveda, Mondrone tiene que "leer entre líneas" para intuir las maledicencias que forzaron a este santo sacerdote a abandonar, después de años de intensa dedicación apostólica, a sus queridos gitanos de Guadix.
En sus Memorias del Oratorio San Juan Bosco vela caritativamente el nombre de sus ofensores. Omite el nombre de Luis Nasi y Vicente Ponzati que intentaron -de buena fe, ya que estaban convencidos de su falta de salud mental- internarle en un manicomio, y alude a ellos llamándoles "algunas personas respetables".
Con la misma caridad habla de aquel sacerdote "respetable por su celo y su doctrina" que manifestó, en contra del criterio del Santo, su opinión política ante los jóvenes del Oratorio y de todos aquellos que mantuvieron una conducta infamante contra él.
Por su parte, san Juan de la Cruz disculpó siempre a los que le recluyeron en una cárcel improvisada y le sometieron a múltiples vejaciones: "lo hacían -comentaba el Santo, comprensivo- por entender acertaban".
"Jamás le oí -recordaba un compañero suyo- quejarse de nadie ni decir mal de los que le habían así tratado".
La actitud de los santos ante las contradicciones
Ésta es la actitud de los santos ante las contradicciones. "Los baldones e injurias -escribía san Alfonso María de Ligorio- son las delicias que anhelan los santos. San Felipe Neri padeció en su casa de San Girolamo, en Roma, treinta años de malos tratamientos que algunos le dirigían, razón por la cual no quería abandonarla e ir al nuevo oratorio de la Chiesa Nuova, por él fundado, en que vivían sus queridos hijos, que le invitaban a retirarse allí con ellos".
Los santos están convencidos, como recuerda san Alfonso, de "que todos los trabajos nos vienen de la mano de Dios, o bien directa o indirectamente por medio de los hombres. Por tanto -recomienda Ligorio- cuando nos veamos atribulados, agradezcámoselo al Señor y aceptemos con alegría de ánimo cuanto Él se sirva disponer para nuestro bien. Dios hace concurrir todas las cosas al bien de los que le aman".
El beato Juan XXIII, antes de ordenarse sacerdote, escribe en sus notas personales sobre Jesús, “tachado de ignorante, falseadas sus doctrinas, expuesto a los escarnios y las burlas de todos, calla humildemente, no confunde a sus calumniadores, se deja golpear, escupir en el rostro, azotar, tratar como loco, y no pierde su serenidad, no rompe su silencio. Yo, pues, permitiré que se diga de mí cuanto se quiera, que se me relegue al último puesto, que se echen a mala parte mis palabras y mis obras, sin dar explicaciones, sin buscar excusas, antes bien aceptando gozosamente los reproches que pudieran venirme de los superiores, sin decir palabra".
Tribulaciones sorprendentes
Entre las diversas tribulaciones soportadas por los santos, quizá una de las más sorprendentes fue las que padecieron, entre otros, san Juan Bautista de la Salle, la beata Juana Jugan, santa Rafaela María de Porras. Son sólo un ejemplo entre muchos de este tipo, como el de la beata Bonifacia Rodríguez, beatificada en 2003.
San Juan Bautista de la Salle
A finales de 1702 atribuyeron falsamente a san Juan Bautista de la Salle unos errores ajenos y tras un procedimiento tortuoso, lo destituyeron del cargo de Superior de los Hermanos de la Doctrina Cristiana.
Saturnino Gallego analiza en su biografía sobre el Santo los diversos pasos de esa insidia en la que latía, junto con la incomprensión, un deseo por influir en el gobierno y dirección propia de los Hermanos por parte de otras personas: "Su gran pecado -escribía La Grange, refiriéndose al Santo-, por lo que he podido descubrir, es que no se deja gobernar por el señor párroco de San Sulpicio".
San Juan Bautista aceptó enseguida la destitución; pero los Hermanos no, y el Santo no conseguía convencerlos. Sólo después de muchas humillaciones y desaires para el Fundador se llegó a una curiosa solución: de la Salle continuaría como Superior y el que habían nombrado en su lugar quedaría como Superior oficial, aunque "externo".
El tal "Superior oficial externo" sólo hizo acto de presencia una vez en tres meses y no regresó.
Juana Jugan
Lo que en la vida de san Juan Bautista fue un episodio, ocupó casi toda la existencia de Juana Jugan. Tras fundar el germen de las futuras Hermanitas de los Pobres y tras doce años de intensa actividad apostólica, fue despojada de todos sus cargos y relegada durante veintisiete años, hasta su muerte.
Juana Jugan había sido reelegida como Superiora por la comunidad el 8 de diciembre de 1843, pero un sacerdote, el padre Le Pailleur, dos días antes de la Navidad de ese mismo año, anuló por su cuenta la elección y nombró en su lugar como Superiora a una religiosa de 23 años.
Es más; Le Pailleur suplantó a Juana como Fundador de la Congregación y procedió a una sorprendente "reescritura" y falsificación de la historia de la propia fundación", intentando hacer creer a todos que Juana había sido la tercera religiosa en incorporarse.
La falsificación llegó hasta la propia tumba: cuando Juana murió en 1879, se escribió sobre la lápida, al lado de su nombre: "tercera Hermanita de los Pobres".
Esta leyenda, creada deliberadamente por el Padre Le Pailleur, aparecía en los textos oficiales de la época. "La primera vez -escribe Milcent- en la carta escrita por el Obispo de Rennes a la Santa Sede, para presentar a la Congregación y pedir la aprobación pontificia. La fecha del comienzo de la obra se ha convertido en el 15 de octubre de 1840 (en realidad Juana entonces ya había recogido a dos mujeres pobres desde hacía casi un año).
”Se presenta al Padre como Fundador. A Juana sólo se la nombra entre `cuatro jóvenes de humilde condición'. Se ha encontrado el borrador de esta carta en los archivos del obispado de Rennes: tiene dos correcciones que modifican sensiblemente el texto: probablemente han sido introducidas por una mano cómplice, después de que el Obispo aprobase el texto. Se ha tachado el adverbio praesertim (= en particular, especialmente) que subrayaba el papel de Juana; y se ha añadido la palabra fundatoris al lado del nombre de Le Pailleur".
El autor recuerda otras falsificaciones, que fueron posibles en el interior de la Congregación porque los primeros testigos fueron desapareciendo poco a poco, no sin ocasionar algunos asombros en las nuevas vocaciones "ya que muchas de ellas habían oído en sus familias otra versión de los hechos".
Al final, los hechos se aclararon, tras una encuesta apostólica realizada por la Jerarquía. En 1880 Le Pailleur fue llamado a Roma, donde murió en un convento, sin recobrar el cargo que se había atribuido.
Pocos años después, la Santa Sede comenzó a descubrir la verdad histórica de los sucesos. La joven religiosa que sustituyó a Juana Jugan -Mane Jamet- conoció este final, ya que ella murió en 1893; posiblemente esto la consoló. Su buena fe no puede ponerse en duda: a menudo debía sentirse desgarrada entre lo que creía la obediencia y el respeto a la verdad. Una religiosa había oído de ella la siguiente confesión: 'no soy yo la primera hermanita ni la Fundadora de la obra. Juana Jugan es la primera y la Fundadora de las Hermanitas de los Pobres'".
Para entender la actitud de Juana Jugan durante este proceso, hay que tener en cuenta, como apunta Garrone, que la Fundadora sabe durante ese periodo "que la barca está en buena ruta; la elección de la superiora que la substituye de oficio, a pesar del voto de las hermanas, no le parece contraria al bien de la comunidad y de los ancianos a quienes hay que servir”. Contempló a lo largo de su vida, durante su postergación, el gran desarrollo de la Congregación que había fundado, que contaba, pocos años antes de que muriera, con más de cien casas en diversos países y con 2.400 religiosas.
Postergada, humillada, injustamente olvidada, Juana Jugan no tuvo nunca ninguna reacción de rencor. "Nunca le oí decir -recuerda una religiosa- la menor palabra que pudiera hacer suponer que ella había sido la primera Superiora General. Hablaba con tanto respeto, con tanta deferencia de nuestras primeras buenas madres (= las superioras). Era tan pequeña, tan respetuosa en sus relaciones con ellas...".
Santa Rafaela
Ésa fue también la actitud de santa Rafaela María Porras, una de las Fundadoras del Instituto de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús, a la que unas religiosas de su Congregación desposeyeron de todos los cargos de gobierno, tras dieciséis años de Fundadora y Superiora General de su Instituto, alegando que se había vuelto loca.
La Santa vivió así hasta su muerte: fueron treinta y dos años de "aniquilación progresiva y de martirio en la sombra", como diría Pío XII el día de su Beatificación.
Santa Rafaela conservó siempre, ante estas contradicciones -como afirmaba su director espiritual, un religioso jesuita que ignoraba que aquella humilde monja a la que dirigía espiritualmente fuese la Fundadora- una "serenidad de espíritu, manifestada en su mirada límpida y en la característica sonrisa en sus labios".
No hubo en ella el mínimo movimiento de crítica. "Yo bendigo cada día más mi inutilidad -decía-; ojalá que acabe de lograr que nadie, se acuerde de mí".
San Alfonso
“¡Cómo se consuelan los santos, cuando son injuriados -escribía san Alfonso- recordando las ignominias que padeció Jesucristo por nosotros!".
En su vejez el propio san Alfonso tuvo que aplicar éstas a su propia vida: cuando volvió de Santa Águeda, donde le había nombrado Obispo el Papa, descubrió que "la Congregación atravesaba entonces una crisis profunda. Había rivalidades, intrigas y ambiciones y en la misma Curia Romana se seguía un proceso en el cual los cismáticos tenían todas las probabilidades de triunfar.
”El mismo Fundador estaba en peligro: se le acusaba de haber cambiado las Constituciones del Instituto, de haberse dejado engañar por el regalismo. dominante, de haber hecho más caso de la corte de Nápoles que de la autoridad pontificia. Y llegó la sentencia de Pío VI: Alfonso y sus más fieles compañeros eran separados de la Congregación.
”Al recibir la noticia, sólo dijo estas palabras: hace seis meses que hago esta sola oración: `Señor, lo que Vos queréis lo quiero yo también.' Pero tan delicada era su conciencia, que pensó en emprender un largo viaje para manifestar su sumisión al Papa." Esto provocó el asombro de los que le rodeaban porque ni siquiera era capaz, a sus años, de tenerse en pie.
La Beata María de la Pasión
La Beata María de la Pasión, Fundadora de las Franciscanas Misioneras de María, sufrió una humillación semejante, aunque durante menos tiempo. Fue depuesta del gobierno de, su Instituto en 1883 y rehabilitada al año siguiente.
Olvido y perdón
La respuesta de todos estos hombres y mujeres de Dios fue siempre el olvido y el perdón. "Yo dejo a Dios que me defienda -comentaba Santa María Micaela, conocida como la `Madre Sacramento', cuando oía a los Obispos hacerse ecos de las calumnias que propalaban contra ella- porque si lo hago yo, le quito a Dios el derecho de que lo haga y yo fío más en su defensa que en la mía"
"Este año he sido muy calumniado -escribía a su director espiritual san Antonio María Claret y perseguido por toda clase de personas, por los periódicos, por folletos, libros remedados, por fotografías y por muchas otras cosas, y hasta por los mismos demonios. Algún poquito a veces se resentía la naturaleza; pero me tranquilizaba luego y me resignaba y me conformaba con la Voluntad de Dios. Contemplaba a Jesucristo, y veía cuán lejos estaba de sufrir lo que Jesucristo sufrió por mí, y así me tranquilizaba. En este mismo año he escrito el librito titulado El consuelo de un alma calumniada”
“No puede usted formarse una idea -le escribía san Antonio María al P. José Xifre, el 15 de enero de 1864- de cuánto trabaja el infierno contra mí: calumnias las más atroces, palabras, obras, amenazas de muerte; todo lo pone en juego para ver cómo me desprestigia y me espanta; pero con la ayuda de Dios, no hago caso".
La actitud de los santos podría resumirse en los consejos que daba san Josemaría Escrivá: "callar, rezar, trabajar, sonreír." "No olvidéis que estar con Jesús es, seguramente, toparse con su Cruz. Cuando nos abandonamos en las manos de Dios, es frecuente que Él permita que saboreemos el dolor, la soledad, las contradicciones, las calumnias, las difamaciones, las burlas, por dentro y por fuera; porque quiere conformarnos, a su imagen y semejanza y tolera que nos llamen locos y que nos tomen por necios".
"Nunca le oí -recordaba un amigo de san Josemaría que está camino de los altares, el Siervo de Dios José María García Lahiguera- una palabra de mal humor, ni frases hirientes, ni siquiera quejas".
“Lo mejor es reírse de ellos –escribía santa Teresa a la Madre María de San José en 1577, a propósito de sus atacantes- y dejarlos decir" . La Santa alababa al Señor por esas persecuciones que permitía contra las carmelitas.
"Sea con vuestra paternidad, mi padre, el Espíritu Santo -le escribía al Padre Gracián-, y déle fuerzas para pasar esta batalla, que pocos hay ahora en nuestros tiempos que con tanta furia permita el Señor que los acometan los demonios y el mundo. Bendito sea su nombre, que ha querido merezca vuestra paternidad tanto y tan junto".
Se podrían citar numerosos ejemplos, desde la antigüedad cristiana hasta nuestros días. Basta recordar la vida de san José Benito Cottolengo Fundador de la Pequeña Casa de la Divina Providencia. Escribe uno de sus biógrafos: "Estremecíase de gozo por los dolores que le permitía (Dios), dichoso por poder sufrir alguna cosa por Él".
San Pedro Poveda comentaba: "He sido el tema de las tertulias, se me ha puesto en solfa; he tenido enemigos de todas clases; he recogido muchas ingratitudes."
Sin embargo, en medio de tantas penalidades, estos hombres y mujeres fueron profundamente felices, porque supieron encontrar en la Cruz el amor de Dios. "Desead sufrir injurias -le aconsejaba san Ignacio al P. Nadal-, trabajos, ofensas, vituperios, ser tenido por loco, ser despreciado de todos, tener cruz en todo por amor de Cristo nuestro Señor..."
Una lógica sobrenatural
Estas actitudes sólo se explican desde una lógica sobrenatural: más que la ofensa personal que se les hace, a los santos les duele la ofensa que esos ataques suponen contra Dios. Porque, como recuerda santa Teresa, esa ofensa "primero se hace a Dios que a mí, porque cuando llega a mí el golpe ya está dado a esta Majestad por el pecado" .
Por esa razón la Santa de Ávila no quería lamentos del tipo "razón tuve", " hiciéronme sinrazón", "no tuvo razón quien hizo esto conmigo". "De malas razones nos libre Dios -escribía con energía-. ¿Parece que había razón para que nuestro buen Jesús sufriese tantas injurias y se las hiciesen, y tantas sinrazones?"
Comentando este pasaje teresiano, san Alfonso recordaba la respuesta de Jesús a un mártir que se lamentaba por la injusticia que sufría, sin haber hecho mal alguno:
"-Y yo, ¿qué mal hice, preguntóle el Señor, para verme crucificado y muriendo por los hombres?"
Nunca el mundo ha recibido con gusto...
"Nunca el mundo ha recibido con gusto, desde un principio -afirmaba Campanella en su Libro apologético contra los impugnadores de las Escuelas Pías en San José de Calasanz-a los que Dios ha suscitado como Fundadores de grandes obras útiles para beneficio de los mortales: casi siempre lo ha hecho con indignación y repugnancia."
Tras citar a Moisés, los Profetas, los Apóstoles y al mismo Jesucristo, continuaba el dominico:
"Los que siguiéndole a Él han fundado órdenes religiosas nuevas han sufrido oposiciones no pequeñas de parte de los mismos cristianos. Testigos de ello son Santo Tomás y San Buenaventura, en los opúsculos que escribieron contra los impugnadores de la Orden dominicana y franciscana. Ni los jesuitas ni otras órdenes posteriores se vieron libres de persecuciones.
"No es pues de admiración que en nuestro tiempo el Instituto de las Escuelas Pías, utilísimo a la república y a la religión, sea perseguido por los seglares y religiosos. Nosotros que, no solamente por la historia de los demás, sino por las tribulaciones propias, hemos aprendido que no son acusaciones sino calumnias las que se lanzan contra los bienhechores del mundo (...), hemos querido acallar las murmura ciones de entrambos. Por lo cual refutaremos con razones primero a los seglares, ayunos de verdadera ciencia y verdadero celo; y después a los religiosos movidos por el celo sin ciencia"
La apasionada defensa que hace el dominico Campanella de las Escuelas Pías y de su Fundador en un momento crítico de la historia de esta Institución, pone de manifiesto que rara ha sido la institución de la Iglesia que no se ha visto envuelta, en algún período de su historia -habitualmente en el de su fundación-, por el temporal de la contradicción externa o interna.
Y del mismo modo que los verdugos han ensayado a lo largo de los tiempos, como recordaba Hamman, la práctica totalidad de las. posibilidades de martirio que la mente humana pueda imaginar, determinados verdugos morales han llevado' a cabo, a lo largo de estos veinte siglos de historia de cristianismo, todas las posibilidades denigratorias y todas las modalidades de "linchamiento moral" conocidas en contra de los hombres de Dios, en especial contra los santos.
¿Por qué contra los santos?
¿Por qué se dirige la denigración principalmente contra los hombres santos, cuando podría encontrar en el seno de la Iglesia, de origen divino pero compuesta por hombres, todas las miserias humanas imaginables? Parecería más lógico que en la diana de las críticas estuviesen aquellos cristianos -corruptos, falsarios, crueles, inmorales, perversos...- que deshonran con sus actuaciones la fe recibida en el Bautismo.
Sin ánimo de desentrañar el misterio, se vislumbran algunas de las razones de ese ensañamiento histórico contra los santos, al reflexionar sobre su función en el seno de la Iglesia.
"El escándalo –escribe Romano Guardini en El Señor-, es la expresión violenta del resentimiento del hombre contra Dios, contra la esencia misma de Dios, contra su santidad. En lo más profundo del corazón humano dormita, junto a la nostalgia de la fuente eterna, ... la rebelión contra el mismo Dios, el pecado, en su forma más elemental que espera la ocasión propicia para actuar.
Pero el escándalo se presenta raramente en estado puro, como ataque abierto contra la santidad divina en general; se oculta dirigiéndose contra un hombre de Dios: el profeta, el apóstol, el santo, el profundamente piadoso.
Un hombre así es realmente una provocación. Hay algo en nosotros que no soporta la vida de un santo, que se rebela contra ella buscando como pretexto las imperfecciones propias de todo ser humano, sus pecados, por ejemplo. ¡Éste no puede ser santo! O sus debilidades, aumentadas malévolamente por la mirada oblicua de los que le rechazan... En una palabra, el pretexto se basa en el hecho de que el santo es un hombre finito.
La santidad, sin embargo, se presenta más insoportable y es objeto de mayores objeciones y recusaciones intolerantes en 'la patria de los profetas'. ¿Cómo va a admitirse que es santo un hombre cuyos padres se conocen, que viven en la casa de al lado, que debe ser `como los otros'. El escándalo es el gran adversario de Jesús".
Como recuerda el teólogo español José Luis Illanes, la Iglesia "tal y como ella se entiende a sí misma, no es un simple grupo de creyentes que mantiene vivo a lo largo de los siglos la memoria o recuerdo de Cristo, sino una comunidad que participa de la vida de Cristo y que, en Cristo y por Cristo, tiene acceso a la intimidad con Dios, es decir, a la santidad'. Hablar de santidad, concluye el teólogo español es, en definitiva, hablar de la razón de ser de la Iglesia, de lo que la define y constituye.
"La historia de la Iglesia no es otra cosa -explica Illanes-, en su substancia última, que la historia de la santidad realizándose en el tiempo. Por eso ha podido decirse que la historia cristiana debería escribirse y estructurarse a partir de la historia de sus santos: los jalones decisivos de la historia de la Iglesia no están constituidos por las grandes gestas culturales o por la confrontación de unas u otras civilizaciones, ni tampoco por la construcción de grandes templos o por la celebración de concilios de alcance universal, sino por la real y efectiva promoción de santidad."
Desde esta perspectiva teológica se entiende mejor que cualquier ataque contra la Iglesia se dirija a los santos como a su punto álgido: los santos son dones de Dios a su Iglesia, mediante la cual impulsa su caminar; son una síntesis feliz de una iniciativa de la gracia divina con la respuesta libre y generosa del hombre a esa iniciativa. Atacar a los santos es atacar el fruto más precioso de la Iglesia.
Los ataques contra los santos y las instituciones de la Iglesia han sido "múltiples, variados y constantes", como recordaba Campanella. En los siguientes capítulos se alude sólo a las contradicciones que guardan una mayor actualidad.
-la llamada "contradicción de los buenos", en su doble versión de incomprensión por parte de las almas rectas, pero confundidas;
-la incomprensión de miembros de la Jerarquía;
-las que acaban provocando denuncias ante los Tribunales eclesiásticos y civiles;
-las que provienen de acusaciones de determinados ex-miembros de algunas instituciones hacia sus propios Fundadores.
Trataré más tarde de las persecuciones por parte del poder político, de las controversias que suscitan a veces las vocaciones jóvenes; de las acusaciones de locura contra los hombres de Dios; y de las ridiculizaciones y las difamaciones acerca del carácter de los santos.
No acaba aquí el elenco de tribulaciones: podrían citarse también los atentados y las agresiones físicas, los encarcelamientos, las torturas y las deportaciones que han sufrido los hombres de Dios a lo largo de todas las épocas.
Muchos de estos sufrimientos han tenido lugar en fechas muy recientes: están saliendo a la luz los relatos de los padecimientos morales y fisicos que ha soportado la Iglesia en los países del Este. Madjansky refiere algunas de esas penalodades en su libro Un Obispo en los campos de exterminio. Sin embargo, estos aspectos se encuentran más próximos al martirologio, y en estas páginas se analizan sólo las contradicciones más habituales de los hombres y las mujeres de Dios.
Capítulo II: contradicciones que han sufrido los santos y los hombres de Dios a lo largo de la historia
¡Mala señal!
La llamada "contradicción de los buenos" es una de las contradicciones más desconcertantes que pueden sufrir los hombres de Dios, porque proviene del interior de la propia Iglesia y la llevan a cabo personas de fe, convencidas habitualmente de la bondad de sus actuaciones.
Produce la confusión de personas bienintencionadas, con frecuencia miembros de la Jerarquía eclesiástica. "Ellos no les parece que van contra Dios -escribía Santa Teresa- porque tienen de su parte los prelados"'.
Pero no por desconcertante esta contradicción deja de ser habitual, sobre todo en los comienzos de las instituciones eclesiásticas, del tipo que sean.
Milcent recuerda que cuando Juana Jugan tenía recogidas sólo doce ancianas, "al lado de muchas simpatías, tuvieron ya entonces algunas críticas muy acerbas".
Esas críticas procedían habitualmente de personas piadosas. "Contradicción de buenos, hijas -comentaba san Enrique de Ossó-. ¡Una obra sin contradicción, mala señal!" Apuntaba el Fundador de la Compañía de santa Teresa de Jesús que la mayoría de las instituciones de la Iglesia han padecido, de un modo u otro, esta contradicción. "Uno de los mayores trabajos era el que había padecido que es contradicción de buenos", decía san Pedro de Alcántara de santa Teresa de Jesús.
Un ejemplo de "contradicción de buenos" es el que protagonizó Manuel Santaella, el buen sacerdote que tanto hizo sufrir a santa María Micaela, porque se creyó durante algún tiempo las numerosas falsedades que se contaban de la Santa.
"Se creyó las calumnias que se dijeron de mí -escribía la Santa-, me trató muy mal en una ocasión y le perdoné. Cuando se desengañó de que era falso lo que se decía de mí, sentía no poder resarcirme los perjuicios y disgustos"
Santa Micaela alude en su Autobiografía a muchos de estos detractores, que con frecuencia se arrepentían: "Fui a las arrepentidas a ver qué me quería -escribe aludiendo a Sor Regis, una religiosa que la difamó duramente durante una época-: pedirme perdón, en la plaza pública para reparar tantas calumnias y perjuicios causados por ella; la dije que yo todo lo había sufrido por Dios".
Pidiendo perdón por tener razón
No le fue fácil a santa Teresa, como recuerda en el Libro de la Vida y el Libro de las Fundaciones, llevar a cabo la reforma carmelitana. Le llovieron insultos, penalidades y contradicciones de todo tipo.
"Yo digo a vuestra reverencia -le escribía a la M. María de San José, de Sevilla, el 22 de octubre de 1577- que pasa aquí en la Encarnación una cosa que creo que no se ha visto otra de la manera. Por orden del Tostado vino aquí el provincial de los calzados a hacer la elección, ha hoy quince días; y traía grandes censuras y descomuniones para las que me diesen a mí voto.
Y con todo esto a ellas no se les dio nada, sino como si no las dijeran cosa votaron por mí cincuenta y cinco monjas, y a cada voto que daban al provincial, las descomulgaba y maldecía y con el puño machucaba los votos y les daba golpes y los quemaba. Y déjolas descomulgadas ha hoy quince días y sin oír misa ni entrar en el coro, aun cuando no se dice el oficio divino, y que no las hable nadie, ni los confesores ni sus mismos padres.
"Y lo que más cae en gracia es que otro día después de esta elección machucada volvió el provincial a llamarlas que viniesen a hacer elección, y ellas respondieron que no tenían para qué hacer más elección, que ya la habían hecho. Y de que esto vio, tornólas a descomulgar y llamó a las que habían quedado, que eran cuarenta y cuatro, y sacó otra priora y envió al Tostado por confirmación.
"Ya la tienen confirmada y las demás están fuertes y dicen que no la quieren obedecer sino por vicaria. Los letrados dicen que no están descomulgadas y que los frailes van contra el concilio en hacer la priora que han hecho con menos votos. (...) No sé en que parará" .
Aquello "paró" en una contradicción que alborotó a toda Castilla. "Son tantas las cosas -escribía la Santa- y las diligencias que ha habido para desacreditamos, en especial al Padre Gracián y a mí (que es adonde dan los golpes) -le escribía a D. Teutonio de Braganza, Arzobispo de Evora- y digo a vuestra señoría que son tantos los testimonios quede este hombre se han dicho, y los memoriales que han dado al rey y tan pesados (y de estos monasterios de descalzas) que le espantaría a vuestra señoría, si lo supiese, de cómo se pudo inventar tanta malicia" .
El nuncio Sega la calificó de "fémina inquieta y andariega, desobediente y contumaz" y dijo “que los monasterios que he hecho -le comentaba la Santa al P. Hernández- ha sido sin licencia del Papa ni del general, mire vuestra merced qué mayor perdición ni mala cristiandad podía ser"'.
Era tal el clima de animadversión que cuando la Santa quiso fundar el convento de San José, tanto el clero como otras órdenes religiosas comenzaron a atacarla violentamente: "sacerdotes, monjas y frailes -escribe Marcelle Auclair en su biografía de la Santa- se sentían amenazados por este tipo de iniciativas, sobre todo en tiempos de necesidad y pobreza crecientes. ¿No había ya en Ávila conventos más que suficientes para tener que repartir las limosnas todavía con otros?
En la iglesia de Santo Tomás, un predicador la tomó con ella durante un sermón y se puso a tronar contra ciertas monjas que `si salían de sus monasterios a fundar nuevas órdenes era para sus libertades', añadiendo otras palabras tan pesadas que doña Juana (su hermana) estaba afrentada y haciendo propósitos de irse".
Y esto no fue más que una anécdota en el conjunto de contradicciones -"cuchilladas” las llamaba la Santa-, y trabajos que acompañaronla vida de Teresa de Ávila.
"La Madre –escribe Auclair- observaba con sus calumniadores una línea de conducta digna y prudente; juzgaba que no convenía dejarse atacar, salvo cuando era posible ignorar los insultos. Ocultaba, pues, a sus adversarios, siempre que podía, que conocía sus malas artes. Pero el Rector de la Compañía había arremetido directamente contra ella y no quiso sacrificar su dignidad de una hija de Nuestra Señora, aunque pidiendo perdón humildemente por tener razón" .
"Jamás creeré -escribía la Santa- que por cosas muy graves permitirá Su Majestad que su Compañía vaya contra la Orden de su Madre, pues la tomó por medio para repararla y renovarla, cuanto más por cosa tan leve. (...) De este Rey somos todos vasallos"
Nueve meses de prisión
A raíz de parecidas incomprensiones san Juan de la Cruz fue llevado, a mediados de diciembre de 1576, con los ojos vendados, hasta un convento toledano de los carmelitas calzados.
Allí fue juzgado, declarado rebelde y contumaz por defender la reforma carmelitana y condenado primero a una cárcel conventual y más tarde a una que se creó especialmente para él: un antiguo retrete de seis pies de ancho y diez de largo, sin ventana, empotrado en la pared, que tenía, por todo mobiliario, unas tablas y dos mantas viejas.
En ese lugar inhumano soportó los fríos invernales de Toledo y los calores del verano. "Todos nueve meses -escribe santa Teresa- estuvo en una carcelilla que no cabía bien, cuan chico es, y en todos ellos no se mudó la túnica, con haber estado a la muerte." Y concluía la Santa: "tengo una envidia grandísima" .
Las penalidades que envidiaba santa Teresa -con esa lógica singular de las almas santas- eran aquellos padecimientos que sufrió su "medio fraile" -como le llamaba con humor, por su baja estatura-, durmiendo en el suelo, entre insultos, amenazas y castigos, sin higiene alguna, con un cubo pestilente para sus necesidades que le producía náuseas, enfermo, despreciado e insultado por todos.
Como fruto de aquella estancia, san Juan de la Cruz nos dejó, aparte de su perdón para los que le encarcelaron, su Cántico espiritual y las canciones de su Noche obscura, dos hitos de la lírica universal.
Ninguna Cruz, ¡qué cruz!
Algunos santos manifestaron su desconcierto –junto con su aceptación rendida a la Voluntad de Dios- ante estas pruebas, provocadas precisamente por hombres de Iglesia. "¿Es posible que se trate así a un sacerdote en un seminario?", se preguntaba san Luis María Grignion de Monfort al recordar el trato que recibió en París por parte de algunos eclesiásticos.
Esa exclamación no era una queja, sino la sorpresa de un hombre de Dios, que no entendía cómo un sacerdote como él podía, haberle tratado de aquella manera.
Recordemos la historia. San Luís María había llegado a París, después de un. fatigoso viaje a pie, pidiendo limosna, como era su costumbre, en el mes de julio de 1702, después de que las calumnias lo hubieran expulsado, por segunda vez consecutiva, de un Hospital de Poitiers.
Las murmuraciones fueron más veloces que el Santo en llegar a la capital, donde "sus heroicidades -como comenta el biógrafo- estaban consideradas como extravagancias". Apenas se presentó ante M. Brenier, Superior del Seminario, éste, temeroso de que la presencia del Santo fuera a comprometer su reputación, le despidió, delante de todos, con cajas destempladas.
Se quedó en el más completo desamparo, sin dinero, sin vivienda y con los pies llagados. No sabía dónde ir. Fue a visitar a un viejo amigo suyo, Leschassier, que se encontraba en compañía de otros eclesiásticos. La acogida no fue más cordial. Leschassier le recibió -escribe Blain,condiscípulo del Santo- "con gesto helado y desdeñoso, y le despidió altaneramente, sin querer hablarle ni oírle. Yo, que me hallaba presente, me sentí cortado y sufrí no poco ante la humillación que estaba viendo. En cuanto a él, la recibió con su dulzura y modestia acostumbrada".
Su segundo viaje a París, en otoño de 1703, no fue más halagador, como se deduce de una carta que escribió a María Luisa Trichet, el 24 de octubre de 1703, en la que le pedía oraciones: "Otra razón por la que insisto en que la alcanzaré (la divina Sabiduría) -comentaba san Luis María- son las persecuciones de que he sido ya objeto y las que de continuo me llegan día y noche".
Las tribulaciones se sucedieron sin cesar a lo largo de su vida, y la mayoría provinieron de eclesiásticos. Algunos sacerdotes jansenistas le denunciaron al Obispo de Saint Maló, también de tendencia jansenista, que le prohibió que predicara en toda la diócesis.
Tuvo que marcharse a la diócesis de Nantes, donde ni siquiera sus logros apostólicos como misionero lograron detener la campaña de bulos y patrañas contra su persona,. que el Santo juzgaba siempre desde una óptica sobrenatural: "¡Que se me calumnie, que se me ridiculice, que se haga jirones mi reputación, que se llegue a encarcelarme! ¡Qué preciosos dones!" .
Por esa razón, cuando en alguna misión apostólica, como en la de Vertou, le faltaba la murmuración, llegaba a inquietarse: "¡Esto va demasiado bien! La misión no será fructuosa. Ninguna cruz, ¡qué gran cruz!".
Durante la misión de Ponteacheau no tendría ocasión de inquietarse. Había emprendido la construcción de un gran Calvario. Era una obra gigantesca, en la que trabajaron quinientos obreros venidos de toda Europa: y ya se alzaba sobre el monte un gran cono sobre el que se pondría una gran Cruz y las estatuas de la Virgen, de San Juan y de la Magdalena. Al cabo de quince meses de duro trabajo la construcción estaba casi acabada.
Pero el día anterior a su inauguración llegó un aviso del Obispado en el que se negaba la bendición. Ante una actitud tan incomprensible fue a visitar al Prelado, que le explicó que unos antiguos enemigos suyos le habían denunciado ante el mariscal comandante de Bretaña, acusándole de que estaba levantando una especie de fortaleza en la que podían atrincherarse los ingleses en caso de desembarco.
El Obispo no le dijo lo más grave: que la acusación había llegado hasta el Rey Luis XIV, y éste había dado la orden de demoler todo el conjunto. Además, el Obispo le prohibióejercer su ministerio en toda la diócesis. Poco tiempo después el Santo se enteró de la noticia- de la demolición.
Ante esta situación, el Santo se retiró a hacer unos Ejercicios espirituales con el Padre Prefontaine. Éste recordaba, al cabo del tiempo, que su calma y su serenidad "y aun la alegría que se reflejaba en su rostro, a pesar deun golpe para él tan aplastante, me lo hicieron mirar entonces como a un santo". Pero no era ésta la opinión general. Incluso personas como Leschassier, que cambiaron de actitud, no llegaron a desterrar del todo sus prejuicios sobre el Santo: "El Sr. Grignion es muy humilde, muy pobre, muy mortificado, muy recogido -comentaba- y a pesar de todo, me cuesta creer que tenga buen espíritu".
Santa María Micaela. Con casi todo el clero madrileño en contra
Hace dos siglos santa Micaela, la Fundadora de las Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Caridad, tuvo que enfrentarse con la hostilidad del clero madrileño casi en su conjunto. Esto le producía un intenso desasosiego espiritual.
"Como el Clero, en general -escribe-, desaprobaba mi obra, y éstos eran los de más fama por su piedad y posición, no sólo me hacía daño con la gente de fuera, sino yo no sabía qué pensar y me hería el corazón de un modo cruel a lo sumo; y en verdad me hacía pasar las horas al pie del altar desecha en llanto: -Señor, si no te sirvo a ti, ¿a quién sirvo en una vida tan amarga y llena de continuos sacrificios? -¡A mí sí, a mí!, sirves -sentía yo en el fondo de mi alma como un bálsamo que curaba mi dolor".
"La mayor parte del Clero de Madrid le era hostil -cuenta un testigo presencial- y los que menos la ofendían la creían ilusa; otros, la calificaban de beata hipócrita" .
Esa hostilidad contra la Santa se manifestó de muchos modos y llegó hasta la agresión física: en una ocasión un sacerdote llegó a abofetearla.
Esto sucedió a primeros de agosto de 1849, como relata un testigo presencial, Juan García Rodríguez. El biógrafo Barrios Moneo -siguiendo la costumbre usual- no cita el nombre del ofensor, aunque en otras biografías ya aparece. Santa Micaela le insistía para que confesara a una enferma, a lo que este sacerdote se negó, diciéndole, como consigna un relato redactado antes de su beatificación:
"-Todo esto sucede porque no hay quien la domine.
-Domíneme usted si quiere, le contestó la Venerable. Y entonces el sacerdote le dio una bofetada, recibida la cual dijo la Venerable de un manera suave:
-¿Está Vd. contento?
-Sí, señora -contestó él.
-Pues yo, satisfecha; confiéseme usted la chica"
Durante años este mismo clérigo la insultó en público comparándola con otras religiosas:
"-¿A quién queréis seguir -preguntó a las colegialas de la Institución que regía la Santa-: a estas religiosas, unas santas que se desviven por vosotras o a la Vizcondesa de Jorbalán, que es un miembro podrido de la sociedad?".
Tiempo más tarde, la Fundadora tuvo una actuación decisiva en la vida de este sacerdote: impidió que huyese a Francia con una mujer y lo libró de los tribunales eclesiásticos.
Una mujer audaz
¿De qué acusaron a santa Micaela? De las cuestiones más peregrinas: decían que se iba por las noches a bailar de incógnito y que comulgaba ¡todos los días! Y por si fuera poco, que rezaba arrodillada en la tarima del altar (!).
Otro sacerdote la difamaba -recuerda su primer biógrafo, Vicente de la Fuente- "en lo relativo a su conducta y vida privada del modo más infame, suponiendo -¡vergüenza da decirlo!- que traficaba con sus acogidas. Y no fue lo peor que se inventara tan grosera calumnia sino que se creyera por personas que debieran saber que se peca creyendo ligeramente tales calumnias".
Los pocos sacerdotes que la defendían recibían duras criticas: "culpaban al párroco -comenta De la Fuente- de ser demasiado condescendiente con aquella mujer de vida relajada".
Además esos sacerdotes, como se apunta en la biografía Mujer Audaz, "la pondrán en gravísimos apuros de conciencia, que torturarán su corazón, impedirán el desarrollo normal de su Obra apostólica, retraerán vocaciones, ahuyentarán limosnas y avivarán el rescoldo de muchas aviesas intenciones y calumnias. Todo, si no con malicia, sí con ligereza excesiva por seguir, a veces, el aire de nobles y piadosas señoras, resquemadas en su orgullo y vanidad" .
Las calumnias tardaron en olvidarse, y el ambiente de animadversión que se creó contra la Santa la acompañó prácticamente a lo largo de toda su vida y se hizo presente incluso durante su Proceso de Beatificación. Influyó hasta en el Papa Benedicto XV, que estuvo a punto de retirar su Causa, que fue muy controvertida, lo mismo que la del Padre Claret.
Revolucionario, loco, hereje
San Juan Bosco evoca en sus Memorias del Oratorio un elenco de contradicciones contra el Oratorio y su propia persona. Algunas provenían de eclesiásticos. "Unos calificaban a don Bosco -escribe el Santo en tercera personade revolucionario, otros lo tomaban por loco o hereje".
Un capellán lo denunció al municipio y lo dejó literalmente en la calle "con una turba de jóvenes que seguía mis pasos por donde quiera que fuese, y yo no contaba con un palmo de terreno donde poderlos reunir". Y la marquesa de Barolo, que tanto la había ayudado, y que había promovido un Refugio para necesitados, le puso en un grave dilema, como recordaba en sus Memorias del Oratorio:
"-En fin, o deja usted la obra de sus muchachos o la del Refugio. Piénselo y ya me responderá.
-Mi respuesta está pensada. Usted tiene dinero y encontrará fácilmente cuantos sacerdotes quiera para sus obras. No ocurre lo mismo con mis pobres chicos. Si ahora yo me retiro todo se vendrá abajo; por lo tanto, seguiré haciendo lo que pueda en el Refugio, aunque cese oficialmente en el cargo, pero me daré de lleno al cuidado de mis muchachos abandonados.
-¿Y de qué va a vivir usted?
-Dios me ayudó siempre y me ayudará también en lo sucesivo.
-Pero usted no tiene salud, y su cabeza no le rige; se engolfará en deudas, vendrá a mí, y yo le aseguro desde ahora que no le he de dar ni un céntimo para sus chicos".
Ante el dilema "acepté el despido -escribiría el Santo- abandonándome a lo que Dios quisiera de mí. Entretanto se imponía cada vez más el rumor de que don Bosco se había vuelto loco. Mis amigos estaban pesarosos; otros reían, el Arzobispo dejaba hacer, don Cafasso me aconsejaba contemporizar, el teólogo Borel callaba. Así es que todos mis colaboradores me dejaron solo con mis cuatrocientos muchachos".
La respuesta de san José Benito Cottolengo
Algo parecido le sucedió a san José Benito Cottolengo al que insultaban por la calle, llamándolo iluso, imprudente, incapaz y sacacuartos. "La Cruz acompaña y distingue a las obras de Dios", escribe el biógrafo. A Cottolengo, añade, "no le faltaron las más amargas pruebas. Fueron, ante todo, las desaprobaciones de sus superiores y de sus compañeros de la Colegiata, impresionados por el desarrollo imprevisto de la Obra".
La autoridad eclesiástica le clausuró la labor apostólica que había emprendido: y le obligaron a desalojar a los enfermos que cuidaba en el pequeño Hospital de Turín, en el que trabajaban las religiosas de la Congregación que había fundado.
San José Benito aceptó la decisión con la paz habitual en los hombres santos y respondió también al modo de los santos. Cuando se cernió la amenaza del cólera sobre Turín, más que protestar o recordarles a todos lo injustos que habían sido con él en el pasado, se puso a su disposición, junto con sus religiosas, para ayudar a los atacados en los lazaretos de la ciudad...
Un pleito doloroso
San Enrique de Ossó, Fundador de la Compañía de Santa Teresa, supo también de pleitos dolorosos con otras instituciones de la Iglesia, con motivo de la construcción en Tortosa de un noviciado de la Compañía, cuando ésta contaba sólo con cinco años de existencia.
El 12 de octubre de 1879 -cuenta el Cardenal González Martín- tomaban oficialmente posesión del noviciado la M. Saturnina Jassá y un grupo de novicias venidas de Tarragona. El edificio estaba aún a medio construir. Pues bien, al día siguiente, 13, unas religiosas presentaban en el provisorato de Tortosa un recurso en el que pedían protección y justicia por los graves perjuicios que, según decían, les acarreaba la construcción del colegio-noviciado, muy próximo a su convento y en solares que pertenecían a ellas, por lo cual los reclamaban.
Pronto se supo que junto a esas religiosas "aparecían, incomprensiblemente hostiles a D. Enrique, tres sacerdotes (...) que habían sido hasta entonces incondicionales amigos suyos y devotos del Fundador de la Compañía"".
El provisor y Vicario General de Tortosa contestó al recurso reconociendo la buena fe del Santo, pero le mandó derribar a sus expensas el edificio antes de que pasaran tres años y devolverle el terreno a las Religiosas, tal y como estaba.
El Santo intentó llegar a un acuerdo amistoso, sin éxito, y se vio forzado a comenzar un largo pleito que duró quince años.
No disponemos de espacio para mencionar todos los extremos de ese pleito, en el que cada parte litigante creía contar con poderosas razones. Lo que interesa en nuestro caso, más que analizar posturas y dictaminar responsabilidades, es resaltar que durante ese período el Fundador utilizó todos los medios jurídicos a su alcance, sin perder la serenidad, sin culpar ni desprestigiar a nadie.
Cuando marchó a Roma, estaba preocupado de que durante esa estancia pudiesen despertarse entre sus hijas espirituales alguna aversión contra los que les causaban aquellas dificultades, y les escribió diciendo: "Hijas, no queráis ofender a Dios, nuestro Padre. Todos son unos santos. Todos queremos luchar sobre la verdad. La buena fe no se ha de perder".
A esas contradicciones se sumó el Entredicho en el que se puso el edificio en 1884, por el que se prohibía celebrar la Santa Misa y tener a Jesús Sacramentado en la capilla. "Para un instituto religioso que apenas ha empezado a vivir -comenta el biógrafo- el golpe era equivalente a la explosión de una mina en sus cimientos".
El entredicho
Aquel entredicho dañó la imagen de toda la fundación y la del propio Fundador. "La fama del Fundador -escribe el biógrafo-, su dignidad sacerdotal, su propio honor humano, quedaban expuestos a los más peligrosos comentarios. ¿Era un hombre de Dios o era sencillamente un ambicioso? Si lo primero, ¿por qué la autoridad eclesiástica lanzaba contra él tan duro castigo? Si lo segundo, ¿a qué pensar en futuros proyectos de extensión y arraigo de la tan ponderada Compañía? (...) ¿Y qué pensarían de todo aquello las familias que habían entregado sus hijas a D. Enrique para aquella obra que él llamaba santa?".
Sin embargo, el Santo no se desalentó. Durante aquel período las vocaciones vinieron, más numerosas todavía, y poco a poco las relaciones y los equívocos se fueron aclarando. Al fin, el 22 de abril de 1885, el Tribunal metropolitano de Tarragona dictó sentencia favorable y declaró nulo y sin efecto el Decreto de Entredicho.
Olvidamos demasiado pronto...
Un jesuita, José Antonio Ezcurdia, al comparar las tribulaciones de san Josemaría Escrivá y san Ignacio, escribía en el Diario Vasco de San Sebastián, en mayo de 1992, que ni el uno ni el otro vivieron en tiempos fáciles y "de ahí que las contradicciones, contestaciones y persecuciones jalonaran sus vidas y sus respectivas fundaciones, novedosas ambas para sus coetáneos.
Olvidamos demasiado pronto, porque se difuminan en la lejanía de la Historia, los procesos sufridos por Ignacio en Alcalá, en Salamanca, en París, en Venecia, en Roma... y el impacto que, sin duda, produjeron en sus desconcertados seguidores. Quien lo recuerde comprenderá que el fenómeno se haya repetido con don Josemaría y su quehacer" .
La lección de Guadix
Un amigo de san Josemaría, san Pedro Poveda, padeció graves contradicciones. En la Cuaresma de 1902, cuando tenía 28 años, había predicado una misión en las cuevas que rodeaban la ciudad de Guadix, en la provincia de Granada, habitadas en su gran mayoría por gitanos indigentes. Esas cuevas eran un lugar de abandono y miseria casi secular, donde los niños crecían sin instrucción ni enseñanza de ningún tipo.
Ante esa situación, el Santo, sin abandonar otras actividades sacerdotales, comenzó a desarrollar allí una gran labor apostólica y pastoral. En muy poco tiempo puso en marcha las Escuelas del Sagrado Corazón, a las que asistían cuatrocientos niños, y a pesar de los escasos medios con los que contaba, se preocupó de que tuvieran los métodos pedagógicos más renovados; y fundó la Hermandad de Santa Teresa de Jesús.
Logró además interesar de tal modo en aquel proyecto a las autoridades públicas y a los centros culturales, que, dos años más tarde, en 1904, fue nombrado hijo predilecto de la ciudad. El sentimiento general era de agradecimiento, de gratitud... y de envidia.
Se repitió la historia. "Terminadas las obras y cuando más prometía aquella fundación del Sagrado Corazón de Jesús, surgieron los disgustos que pudieron poner fin a mi vida. Jamás pensé en salir de Guadix -contaba san Pedro Poveda en sus Notas autobiográficas-. Soñé siempre que se me enterraba bajo el altar de las Cuevas; pero no sucedió así. El nombramiento de hijo adoptivo predilecto, y el poner mi nombre a la calle de Zapaterías, fueron la explosión de un estado latente, que hacía tiempo venía dominando... La serie completa de circunstancias que se dieron la mano para favorecer el plan de frailes, sacerdotes y seglares que, so pretexto de bien, obraron desprovistos de caridad, es imposible de referir. Hubo momentos en que todo se concertó contra mí.
”Mi salud se quebrantó para siempre; y el amargor de aquella vida rodeada de asechanzas, lo tengo aún en el paladar. Padecí por espacio de unos cuatro años horribles escrúpulos. Sobre todo dos de ellos fueron para perder la cabeza. No obstante, yo miro con amor los años aquellos de desolación... Sobre todo desde el 16 de julio de 1904, ya fue un perpetuo sufrimiento. No pasó día sin tener que lamentar algo.
”Mi decisión de partir fue tomada, después de pensarlo mucho, y poniendo la mira en el bien de los demás y en el mío propio. Propuse todo cuanto creí ser lo mejor para librar al prójimo de inculpaciones, pero no se me hizo caso. Había quizá empeño en destrozarme, y cuando vieron que marché y no podían saciar su odio, si era odio lo que tenían, sonó la explosión sin caridad ninguna.
”La lección de Guadix debió servirme más de lo que me sirvió; pero no me enseñaron poco aquellos días de incomparables amarguras”.
Con el apoyo de la Santa Sede
No puede concluirse de los ejemplos anteriores que, por el hecho de que muchos santos hayan sido criticados dentro del seno de la propia Iglesia, sus figuras hayan sido como unos islotes de pureza dentro de una marea corrompida. Nada más falso. Hemos citado unos ejemplos concretos, espigados entre muchos, no para mostrar la falibilidad de determinados miembros de la Iglesia -que actuaron por lo general con buena voluntad, pensando que agradaban a Dios-, sino para resaltar la actitud de los santos frente a las incomprensiones de los propios miembros de la Iglesia.
Por otra parte, no hay que olvidar que también los propios santos, movidos por su buena voluntad y por su celo apostólico, se equivocaron en ocasiones y conocieron las limitaciones propias de la condición humana.
Dios se sirvió de todas esas debilidades humanas de unos y otros -confusiones, faltas de entendimiento fruto de una mala información de los hechos, etc.- para mostrar más claramente el carácter sobrenatural de sus empeños apostólicos.
Un breve repaso a la historia de la Iglesia nos muestra que los miembros de la Jerarquía han apoyado habitualmente las propuestas innovadoras de muchos santos que chocaban fuertemente con la mentalidad de la época, y que lo hicieron en muchos casos con una sorprendente decisión y fortaleza.
Se podrían citar numerosos ejemplos, como el aliento de Pablo V a san José de Calasanz en la Fundación de las Escuelas Pías 51, o las palabras acogedoras de Pío IX a san Juan Bosco en los comienzos de la Sociedad Salesiana. Pero bastará a nuestro propósito recordar el decidido impulso que dio la Jerarquía al nacimiento de dos grandes instituciones de la Iglesia: los dominicos y los franciscanos.
Santo Domingo
La primera fundación dominicana, como comunidad de derecho diocesana totalmente consagrada a la predicación en los términos de la diócesis de Toulouse, data del año 1215. En ese mismo año santo Domingo acompañó a su Obispo, Fulco, al IV Concilio de Letrán, celebrado a fines de ese mismo año. Allí presentó su obra incipiente al Papa Inocencio III, que lo estimuló, desde el primer momento, a esa tarea. "De vuelta a Toulouse -escribe Garganta- recibió la iglesia de San Román, y su comunidad quedó constituida en casa de canónigos regulares con la misión peculiar de predicadores diocesanos".
Al año siguiente, el 22 de diciembre de 1216, Honorio III confirmó la fundación de San Román. "Un rápido proceso institucional -prosigue Garganta-, jalonado por una copiosa serie de Bulas papales, transformó la obra tolosana de San Román, tan limitada, en una Orden religiosa de carácter universal, de Derecho pontificio (...). Muy pronto esta nueva familia religiosa comenzó a llamarse oficialmente Orden de los frailes predicadores."
Dos años más tarde, santo Domingo obtuvo del Papa nuevas Bulas que alentaron la naciente institución apostólica, con el apoyo de ilustres eclesiásticos de la Curia Romana, como el Cardenal Hugolino, el futuro Papa Gregorio IX. Y durante la expansión de la Orden el Papa Honorio III le dio un apoyo fervoroso y constante.
Una muestra de ello es que en 1220 escribió a diversos monjes, pertenecientes a distintas instituciones de la Iglesia, indicándoles que se pusieran a las órdenes del Santo para llevar a cabo una gran campaña de predicación en la Italia Septentrional. Otro ejemplo plástico de ese aprecio papal fue la entrega de la iglesia de San Sixto en Roma a los dominicos y posteriormente de la de Santa Sabina, en el Aventino, que sigue siendo la sede del Maestro General de la Orden de Predicadores.
Santo Domingo falleció el 6 de agosto de 1221, y fue canonizado por el Papa Gregorio IX trece años, más tarde, el 3 de julio de 1234.
El Cardenal Hugolino apoyó decididamente también a otra Orden naciente, la franciscana, que tuvo en sus comienzos un desarrollo rapidísimo. El mismo Papa, que tanto alentaría a santo Domingo en su tarea predicadora, aprobó verbalmente en 1209 la "forma evangélica de vida" franciscana, o Regla primera, cuando se la expuso el propio san Francisco, acompañado de los primeros doce discípulos. Así nació la Orden de los Frailes o Hermanos menores.
Catorce años más tarde, el 29 de noviembre de 1223, el Papa aprobaría la segunda Regla elaborada por san Francisco, en la que tanto intervino el propio Cardenal Hugolino, aunque sin violentar nunca la originalidad de la institución. San Francisco falleció el 3 de Octubre de 1226 y fue canonizado dos años más tarde, el 16 de julio de 1228.
Estos dos ejemplos, entre los numerosísirnos que podríamos citar, muestran el decidido y pronto apoyo de la Jerarquía, que supo descubrir desde los inicios el soplo del Espíritu que se manifestaba en esas nuevas iniciativas apostólicas.
La pronta canonización de los Fundadores de esos nuevos caminos de espiritualidad -en algunos casos llevadas a cabo en fechas muy cercanas a su muerte, como la de san Francisco- muestra, además del reconocimiento de la santidad de esos hombres y mujeres por parte de toda la comunidad cristiana, el respaldo hacia sus apostolados por parte de la Jerarquía. El ejemplo reciente de la beatificación de la Madre Teresa no hace sino confirmarlo.
"Sus respectivas canonizaciones -escribe Illanes, refiriéndose a san Francisco y santo Tomás- no implicaron ciertamente, ni una sanción a la totalidad de sus acciones ni la atribución de un carácter absolutamente normativo a sus figuras -se puede ser cristiano sin inspirarse en San Francisco de Asís o sin comprometerse con la teología de Tomás de Aquino-, pero sí mostraron que el temple del alma que manifestaron y el camino que trazaron eran un temple y un camino que un cristiano podía, con segura conciencia, hacer suyos, y, de ese modo, potenciaron la fuerza que de ellos emanaba o, al menos, facilitaron su irradiación, como documenta ampliamente la historia, en los casos antes citados, y en otros muchos más".
Esta actitud de comprensión y aliento de la Jerarquía y de los miembros de la Iglesia define el marco en el que hay que encuadrar los sucesos de incomprensión a los que nos hemos referido con anterioridad -que son excepciones dentro de una conducta general-, y definen también el contexto en el que hay que situar las contradicciones a las que nos referiremos en capítulos sucesivos.
Muchos detractores rectificaron
Muchos de sus detractores rectificaron en su actitud frente a los santos, con el paso del tiempo, ya mejor informados.
Vicente de la Fuente, que tanto hizo sufrir a santa Micaela, quiso escribir tras su muerte la vida de la Fundadora "en reparación de las ofensas propaladas contra la misma". "Yo mismo que esto escribo -confesaba en su biografía- oí estas difamaciones y lo que es peor, les di crédito, siendo Secretario de la Congregación de la Doctrina cristiana en
Otros detractores fueron reconociendo la santidad de los que criticaban anteriormente de un modo gradual, como el Padre Leschassier, que tan duramente había tratado a san Luis María Grignion de Montfort. Empezó admitiendo sus dudas sobre su "buen espíritu" y, tras su muerte, se atrevió a decir: "Ya ven ustedes que yo no entiendo de Santos".
He actualizado la redacción de este libro, editado en junio de 1992, ya que durante estos años han sido canonizados o beatificados algunos de los que citaba en la edición impresa de este libro como Siervos de Dios o Beatos.
Cuando lo escribí estaba relativamente próximo el atentado que había sufrido el Papa Juan Pablo II en la plaza de San Pedro de Roma. La fotografía del Papa, en los minutos siguientes tras el atentado, muestra de forma especialmente plástica, casi paradigmática, los sufrimientos a los que son sometidos tantas veces los hombres y mujeres santos por su fidelidad al Evangelio.
He suprimido en este texto digital, para agilizar la lectura, todas las notas a pie de página y las referencias bibliográficas. Los interesados en localizar el origen de una determinada cita pueden acudir a la edición impresa, publicada por la editorial Palabra en Madrid, España.
He sustituído algunos pasajes que me parecen de menor interés, poniendo otros ejemplos de mayor actualidad.
INTRODUCCIÓN
En recuerdo del Gris,
aquel perro (?) oportuno
y magnífico.
Debo aclarar a los lectores a los que haya sorprendido la dedicatoria con la que se abre este libro, que el Gris no es ningún animalito de compañía. El Gris es aquel perrazo imponente que surgía en defensa de san Juan Bosco cuando se encontraba en apuros, y al que el Santo comparaba, por su aspecto terrible, con un lobo enfurecido.
El Gris tenía más de un metro de altura y una peculiaridad sorprendente: se presentaba en los momentos más oportunos -por ejemplo, con ocasión de un atentado- y desaparecía luego como por encanto. ¿Quién era el misterioso Gris? Cuando se lo preguntaban, Don Bosco eludía, riendo, la respuesta.
Gheón, al referirse a la naturaleza de este misterioso animal al que aludía san Juan Bosco en sus Memorias del Oratorio, decía que "la Providencia puede servirse de un perro. Un ángel tiene posibilidad de hacer surgir su forma. Lo menos que se puede decir es que este animal supo rastrear la santidad y ponerse decididamente a su favor".
Durante estos últimos años he añorado en algunas ocasiones la presencia poderosa del Gris. Se han prodigado los ataques contra algunas figuras de la iglesia y pocas voces han acudido en su defensa; y con frecuencia los afectados hansufrido la indefensión en la que el infamante suele sumir a su agredido.
No es fácil responder a la calumnia. ¿Qué actitud tomar? El que opta por no defenderse corre el riesgo de reconocer con su silencio la calumnia; y ya se sabe, "el que calla, otorga". Y el que se defiende, da pábulo a nuevas calumnias y escándalos periodísticos, que son los efectos –con frecuencia comerciales- que precisamente busca el agresor.
Los ataques que han sufrido algunas personalidades de la Iglesia contemporánea no son, desde el punto de vista histórico, excesivamente novedosos. Muchas de las acusaciones que escucho ahora contra cardenales, obispos y fundadores, me evocan viejas lecturas escolares.
Con acusaciones semejantes aguijonearon sus contemporáneos a dos grandes santos, San José de Calasanz y San Juan Bosco, fundadores de los dos colegios en los que estudié -un colegio de escolapios primero, y de salesianos después-, y de los que guardo tantos gratos recuerdos, al igual que de la Universidad de Navarra, donde conocí a san Josemaría, canonizado en el 2002.
Con el paso de los años he ido leyendo la vida de muchos hombres y mujeres santos, y he tenido oportunidad de tratar a algunas personalidades contemporáneas de la Iglesia que posiblemente veamos en el futuro en los altares. He observado que prácticamente todos, de un modo u otro –desde san Pío de Pietrelcina a la Beata Teresa de Calcuta- han tenido que morder la fruta amarga de la incomprensión o del escándalo.
Esto me ha llevado a acometer la tarea de analizar y comparar las diversas contradicciones que han sufrido algunos santos a lo largo de la historia.
Afortunadamente, aquellas antiguas hagiografías que nos presentaban a los santos envueltos en un haz de luz, avanzando pacíficamente hacia la beatitud entre la admiracióny el aplauso de los contemporáneos, reposan desde hace mucho tiempo entre las telarañas de las bibliotecas. Bien merecido tienen su letargo: son tan falsas desde el punto de vista histórico como desvirtuadoras del concepto mismo de santidad.
Sin leyendas doradas
Ya no es tiempo de las leyendas doradas: es necesario recordar que los hombres y mujeres santos de todas las épocas no caminaron jamás como ángeles alados sobre nubes de purpurina: fueronlabrando su santidad día tras día, paso a paso, a fuerza de dificultades y tropiezos.
Cayeron y se levantaron una y otra vez, entre los barrancos y el fango; se lastimaron -porque eran hombres- con las piedras de las miserias humanas y de sus propios defectos y limitaciones; y soportaron por amor a Dios, hasta llegar al heroísmo, la polvareda que formaron a su alrededor, con sus insultos y calumnias, algunos de sus contemporáneos.
Es posible que, tras la lectura de estas páginas, algún lector se plantee la posible veracidad de determinadas acusaciones contra los hombres y mujeres santos. Es comprensible: la calumnia juega astutamente con esa tendencia humana a conceder, al menos, un punto de razón al ofensor, -siguiendo el conocido dicho popular: "cuando el río suena...".
Pero a veces suena el río y sólo lleva piedras: murmuración, despecho, trapisonda y, con frecuencia, intereses inconfesables. Los católicos conocen el rigor y la prudencia con la que actúa la autoridad de la Iglesia a la hora de llevar a sus fieles a los altares. Porque, por muy grande que sea la devoción popular hacia una determinada persona, por muy extendida que esté la fama de sus virtudes, antes de reconocer su santidad públicamente -es decir, antes de proponer a esa persona como objeto de culto y de intercesión-, la Iglesia procede a una minuciosísima investigación sobre su vida –un proceso, un juicio en toda regla- donde, entre otras cuestiones, se analizan, una tras otra, con gran rigor, todas las imputaciones, acusaciones, denuncias, etcétera, que sus enemigos le hicieron en vida.
San José de Calasanz
La Causa de Canonización de san José de Calasanz es un ejemplo entre muchos. Como la sombra de la calumnia es tristemente alargada, muchas de las falsedades que se dijeron contra el Santo en vida le persiguieron tras su muerte y la Iglesia tuvo que ir aclarándolas, una tras otra, a lo largo de un proceso que duró un siglo.
Con razón afirma Giner, que ha analizado detenidamente todas las peripecias del complicado proceso del santo aragonés, que "el camino que lleva a la verdadera santidad es estrechísimo y las biografías de los santos nos lo prueban sobradamente. Pero no es menos difícil, estrecho y complicadísimo el sendero marcado por la Iglesia para conducir a los santos, en una especie de peregrinaje póstumo, hasta los altares, en donde reciban legítimamente el culto público hacia ellos destinado".
Pido disculpas a a los que pueda molestar este desescombro histórico. ¡Bastante tuvieron que soportar en vida estos hombres y mujeres de Dios -podrían argumentar- como para airear de nuevo toda esa podredumbre!El conjunto de acusaciones y calumnias contra los santos compone, con el paso de los siglos, una buena carretada de inmundicias. ¿Para qué sacar a la luz de nuevo este conjunto maloliente de falsedades, insultos y chismorreos?
No ha sido mi propósito exhumar viejas calumnias, cuya falsedad en la mayoría de los casos ha sido puesta en evidencia desde hace siglos; sino mostrar la actitud heroica de los santos frente a esas contradicciones, y recordar –ante algunos sucesos de la vida cotidiana- que no hay nada nuevo bajo el sol.
Además, por muy graves que hayan sido esas acusaciones, no han logrado empañar las figuras excelsas de los hombres y mujeres de Dios: al contrario; bajo toda esa miseria arrojada sobre sus rostros, su imagen se nos muestra aún más noble y más digna, más amable y atractiva, y resplandece en ellos, como se ha afirmado recientemente, "aún más el heroísmo que comporta la identificación con Cristo a la que llegan. La basura que algunos hombres de su tiempo les arrojaron fue el abono para llegar a la plenitud de su vida cristiana; y, paradójicamente, hace de los santos un irresistible polo de atracción hacia Cristo para muchos hombres y mujeres de todos los tiempos"
Una provocación al conformismo
Ya recordaba san Alfonso María de Ligorio que "quien quiera ser glorificado con los santos del Cielo necesita, como ellos, padecer en la tierra, pues ninguno de ellos fue querido y bien tratado por el mundo, sino que todos fueron perseguidos y despreciados, verificándose lo del propio Apóstol: 'Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos'
"Los santos -recordaba el Siervo de Dios Pablo VI el 3 de octubre de 1976 en la homilía de Canonización de santa Beatriz de Silva- representan siempre una provocación al conformismo de nuestras costumbres, que con frecuencia juzgamos prudentes sencillamente porque son cómodas. El radicalismo de su testimonio viene a ser una sacudida para nuestra pereza y una invitación a descubrir ciertos valores olvidados".
Espero que al lector le suceda lo mismo que a mí al redactar estas páginas, y que al contemplar la actitud de estos hombres y mujeres de Dios ante la persecución y la calumnia, crezca su veneración hacia ellos. Ése ha sido mi único deseo.
I. A LO LARGO DE LA HISTORIA
¡Crucifícalo!
Uno de los pasajes más desconcertantes del Evangelio es el que recoge el plebiscito popular sobre Jesús. El Evangelista Mateo nos pone en antecedentes:
"Los príncipes de los sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un falso testimonio contra Jesús para darle muerte; pero no lo encontraron a pesar de los muchos falsos testigos presentados. Por último se presentaron dos que declararon: Éste dijo: Yo puedo destruir el Templo de Dios y edificarlo en tres días" (Mt, 26,59-61).
Hasta aquí todo resulta comprensible: se entiende que dos calumniadores a sueldo declaren falsamente ante un tribunal; se entiende que por despecho o por ambición, haya jueces corruptos: son realidades que se han dado -y que se seguirán dando- a lo largo de la historia.
Lo que cuesta entender es la ira que provoca Jesús en unas gentes que tenían tantas razones para estarle agradecidas, y su inesperada simpatía hacia un criminal como Barrabás.
Ese furor desconcertó también al procurador romano, aunque "sabía -apunta el Evangelio- que le habían entregado por envidia".No hubo, entre todo el gentío, ni una vacilación, ni una voz discordante.
"¿A quién de los dos queréis que os suelte? Ellos dijeron: A Barrabás. Pilato les dijo: ¿Y qué haré con Jesús, el llamado Cristo? Todos contestaron: ¡Sea crucificado! Les preguntó: ¿Pues qué ha hecho? Pero ellos gritaban más fuerte: ¡Sea crucificado!" (Mt, 27,21-23. 3 Ibid 27, 20)
La escena -por mucho que el Evangelista explique que "los príncipes de los sacerdotes y los ancianos persuadieron a la multitud para que pidiese a Barrabás e hiciese morir a Jesús" resulta incongruente. Esas multitudes se habían beneficiado de los milagros de Jesús; muchos de aquellos hombres le habían seguido, años atrás, por los campos de Judea; y posiblemente ellos, o sus mujeres, o sus hijos, habían alfombrado el suelo a su paso, pocos días antes, durante su entrada triunfal en Jerusalén.
Los estudios acerca de la mentalidad de aquella sociedad no logran explicar de un modo definitivo esa trágica incoherencia de actitudes, ese ¡crucifícalo! irracional y furioso. Porque no hubo ni tan siquiera uno que alzara su voz para defenderle.
Esa ira casi irracional –que se da en culturas y mentalidades muy diversas- traspasa la frontera de la lógica humana: se adentra en el misterio del mal, en ese mysterium iniquitatis que rodeó la vida terrena de Jesús, yla vida de los santos en muy diversas latitudes de la tierra.
Las acusaciones que se han ido escuchando a lo largo de la historia de la Iglesia contra los hombres y mujeres de Dios, son un eco lejano de ese grito y sus consecuencias han sido las mismas: la crucifixión, física o moral, de los seguidores de Cristo.
Jesús lo anunció claramente: "Si el mundo os odia, sabed que antes de vosotros me ha odiado a mí" y sus palabras se han ido cumpliendo, siglo tras siglo. Al igual que la de Jesús, la presencia de los santos ha sido un signo inquietante y muchas veces incómodo para sus contemporáneos. Las mujeres y los hombres de Dios han experimentado, de un modo u otro, la soledad, la incomprensión o la infamia; la persecución, la calumnia o el desprecio; la Cruz, en definitiva.
"Éstos son los que de generación en generación han seguido a Cristo -recordaba Juan Pablo II en la ceremonia de Beatificación de Josemaría Escrivá y Josefina Bakhita-: a través de muchas tribulaciones han entrado en el reino de Dios".
Los primeros cristianos
Los seguidores de Jesús han ido recorriendo ese camino doloroso desde el primer siglo de la historia del Cristianismo. "Ya puede el cristiano vivir como todo el mundo -afirma Hamman en su libro La vida cotidiana de los primeros cristianos-, frecuentar las termas y las basílicas, ejercer los mismos oficios que los demás, que siempre hará las cosas con ciertos matices, incluso a veces actuará con reservas. Su fe es tachada de fanatismo, su irradiación es proselitismo, su rectitud es reproche".
Al principio era sólo un rumor, una murmuración en voz baja. "Circulan los cotilleos más inverosímiles -recuerda Hamman-, las acusaciones están calcadas de la imagen de la sociedad que las hace, es una proyección sobre los cristianos de los propios vicios"'.
Del cotilleo se pasó a la denuncia pública; y de ésta, a las persecuciones encarnizadas.
Las primeras persecuciones anticristianas fueron una desproporcionada explosión de odio, que aún hoy día resulta difícil de explicar satisfactoriamente, en todos sus extremos, desde el punto de vista histórico.
Comenzaron muy pronto, en la segunda mitad del siglo I, pero no todas tuvieron el mismo signo. En el siglo II se persiguió a los cristianos como personas privadas y sólo en la primera mitad del siglo I el objetivo fue ya la Iglesia como institución.
Al principio fue una persecución irregular y poco organizada, que se convirtió en pocos años en una represión sangrienta y ferozmente sistemática que se cobró millares de vidas. Aunque no poseamos cifras globales, las Actas de los Mártires revelan documentadamente el heroísmo de los primeros confesores de la fe y la refinada brutalidad de las torturas a las que fueron sometidos.
"En las provincias asiáticas de Capadocia y el Ponto -escribe Jedin, al relatar la persecución de Diocleciano-, los cristianos perseguidos fueron entregados a verdugos de tan refinada inventiva que arrancarles un ojo o paralizarles la pierna izquierda con hierro candente era por ellos presentado, sarcásticamente como trato humanitario, y competían entre sí en la invención de nuevas brutalidades.
”Al comprobarse que los habitantes de una pequeña ciudad frigia eran cristianos en su totalidad, se le pegó fuego con todos sus moradores. Eusebio introdujo en su descripción el relato del Obispo mártir Fileas de Tumis sobre el refinamiento de las torturas empleadas en Egipto, que explotaban todas las posibilidades de la técnica del tiempo".
Las torturas que se describen en las Actas de los Mártires rozan lo inverosímil. ¿Cómo es posible semejante crueldad? La duda se disipa,apunta Jedin, que conoció los horrores de las guerras contemporáneas, al recordar "acontecimientos recientes de un pasado recentísimo".
Felices seréis cuando...
La actitud de los cristianos ante las persecuciones sorprendía profundamente a los paganos de los primeros siglos. Aquellos hombres de fe, lejos de considerarlas un mal, las recibían como la bienaventuranza predicha en el Evangelio: "Felices seréis cuando os insulten y os persigan, y digan toda clase de calumnias contra vosotros por mi causa" .
En la actualidad, esa actitud -que nace de esa paradoja cristiana que encuentra la felicidad en la Cruz y la paz en la persecución-, sigue sorprendiendo también a los que se reconocen miembros de una sociedad post-cristiana,que se autoproclama pluralista y tolerante, pero en la que no falta, con frecuencia, la animadversión y la represión más o menos solapada contra la Iglesia y lo religioso.
Desde los primeros cristianos hasta nuestros días la Iglesia no ha dejado nunca de padecer persecuciones de un modo u otro, de propios y ajenos. Baste recordar -por limitarnos a los últimos siglos- el calvario de la Iglesia en los países asiáticos de misión, los episodios sangrientos de la Revolución francesa, o los ataques que ha padecido la Compañía de Jesús a lo largo de su historia.
"Las contradicciones que ha habido y hay -escribía San Ignacio de Loyola a Pedro Camps- no son cosa nueva para nosotros; antes, por la experiencia que tenemos de otras partes, tanto esperamos se servirá más a Cristo nuestro Señor en esta ciudad, cuantos más estorbos pone el que procura siempre impedir su servicio".
"No es nuestro propósito -se lee en un manifiesto de unos padres de familia mexicanos en defensa de la Compañía de Jesús fechado en 1855- debatir ahora la cuestión que desde hace siglos se agita en el mundo sobre el instituto de la Compañía de Jesús. La existencia de esa cuestión por tan largo espacio de tiempo, el calor con que se ha seguido, la calidad de las personas que en ella han tomado parte, prueba sin duda que en el instituto hay algo verdaderamente grande y que sale del orden común; y desde que esa observación se hace, deja de parecer extraño que los jesuitas hayan tenido notables y señalados adversarios; porque ¿qué institución de elevado carácter hubo jamás en la tierra que no fuese blanco de duras contradicciones?".
El pasado siglo xx fue especialmente pródigo en persecuciones contra la Iglesia: los nombres de san Maximiliano Kolbe o santa Teresa Benedicta (Edith Stein) -muertos en campos de concentración- están ligados para siempre con la persecución nazi; y las figuras del Cardenal Primado de Hungría Jozsef Mindszenty, o la del Primado de Polonia Stefan Wyszynski -ahora en proceso de Beatificación-, evocan todos los padecimientos de la Iglesia tras el telón de acero.
Una de las más virulentas persecuciones europeas fue la que sufrió la Iglesia Católica en toda España desde el mes de mayo de 1931 hasta el 31 de marzo de 1939.
"Durante los cinco meses de gobierno del Frente Popular -escribe Cárcel Orti en La persecución religiosa en España durante la Segunda República (1931-1939)- varios centenares de iglesias fueron incendiadas, saqueadas o afectadas por diversos asaltos; algunas quedaron incautadas por las autoridades civiles y registradas ilegalmente por los Ayuntamientos. Varias decenas de sacerdotes fueron amenazados y obligados a salir de sus respectivas parroquias, otros fueron expulsados de forma violenta; varias casas rectorales fueron incendiadas y saqueadas y otras pasaron a manos de las autoridades locales; la misma suerte corrieron algunos centros católicos y numerosas comunidades religiosas; en algunos pueblos de diversas provincias no dejaron celebrar el culto o lo limitaron, prohibiendo el toque de las campanas, la procesión con el viático y otras manifestaciones religiosas; también fueron profanados algunos cementerios"
El rumor
Esta persecución comenzó utilizando un antiguo medio denigratorio: el rumor. Se difundieron por todo el país las especies anticlericales más absurdas, como que unas religiosas salesianas habían distribuido en Madrid caramelos envenenados (sic) a sus alumnos, que eran hijos de obreros; se aseguró además que uno de esos niños agonizaba en el Colegio de La Paloma en medio de atroces sufrimientos...
Era sólo una excusa para lanzar al populacho contra esas religiosas, herirlas gravemente, e incendiar el colegio, como sucedió más tarde.
Fue tristemente tópica: se expulsó a los jesuitas, se abolió la enseñanza religiosa y se llegó, como recuerda Mondrone en su biografía sobre san Pedro Poveda, a provocar situaciones ridículas que recordaban escenas de siglos anteriores: "algún maestro exigió el saludo: `no hay Dios', al que había que responder: `ni nunca lo ha habido'".
Las víctimas eclesiásticas fueron 6.832, desde el día 18 de julio de 1936, en el que comenzó el conflicto, hasta el final de la guerra. De este total, 4.184 pertenecían al clero secular, incluidos doce Obispos, un Administrador Apostólico y varios seminaristas; 2.365 eran religiosos y 283 religiosas.
A estas cifras hay que añadir las de los millares de laicos, hombres y mujeres, que murieron por el puro hecho de declararse católicos.
Una dificultad añadida
La historiografía contemporánea empieza a disponer de estudios rigurosos sobre gran parte de las persecuciones que ha sufrido la Iglesia. Sin embargo en ocasiones los historiadores se encuentran con una dificultad que proviene, curiosamente, de la propia voluntad de los afectados.
Las exigencias de la caridad han llevado a muchos santos a padecer en silencio las ofensas y los ultrajes, y es frecuente –por ejemplo, en el caso de los Fundadores-, que hayan prohibido a sus seguidores consignar siquiera el nombre de los que los difamaron.
Eso explica que en muchas hagiografías no se consigne el nombre de los perseguidores hasta que no ha transcurrido un tiempo prudencial. Sin embargo, a pesar del esfuerzo de los santos por borrar la memoria de las ofensas, en un ejercicio heroico de la caridad y el perdón, en la mayoría de los casos los historiadores están logrando desvelar, no sin dificultades, como sucede en el caso de san Juan Bautista de la Salle, la identidad de los ofensores.
Saturnino Gallego, en su libro Vida y pensamiento de San Juan Bautista de la Salle, investiga la identidad del perseguidor del Santo. Blain, el biógrafo de san Juan Bautista, evita citar su nombre, utilizando datos confusos o ambiguos, porque afirma que obraba de buena fe, y era"de piedad sólida y probada".
San Juan de Ávila constituye un ejemplo entre muchos. Cuando se encontraba en la prisión de la Inquisición de Sevilla, a consecuencia de unas denuncias falsas, le insistía al Padre Párraga, uno de sus inquisidores, que tachase los testigos que habían depuesto en su contra. Estaba "muy confiado en Dios y en su inocencia, y que éste le salvaría" y no quería que la historia conociese aquel pecado que habían cometido contra él.
María Milena Toffoli testifica en su Introducción a la Autobiografíade la Madre Sacramento, la dificultad de los biógrafos contemporáneos de la Santa: "el hecho de que vivieran todavía muchas personas que intervienen en la historia, le obliga a callar sobre sucesos delicados y graves relacionados con las mismas".
"Pero después de más de cien años -escribe Toffoli-, cuando ya los hechos han pasado a formar parte del acervo de la historia, es preciso descorrer el velo para que la figura de la mujer, de Fundadora y de Santa, cual es María Micaela del Santísimo Sacramento adquiera su verdadera dimensión en el plano humano, sociopedagógico y espiritual".
Leer entre líneas
Del mismo modo, en su biografía sobre san Pedro Poveda, Mondrone tiene que "leer entre líneas" para intuir las maledicencias que forzaron a este santo sacerdote a abandonar, después de años de intensa dedicación apostólica, a sus queridos gitanos de Guadix.
En sus Memorias del Oratorio San Juan Bosco vela caritativamente el nombre de sus ofensores. Omite el nombre de Luis Nasi y Vicente Ponzati que intentaron -de buena fe, ya que estaban convencidos de su falta de salud mental- internarle en un manicomio, y alude a ellos llamándoles "algunas personas respetables".
Con la misma caridad habla de aquel sacerdote "respetable por su celo y su doctrina" que manifestó, en contra del criterio del Santo, su opinión política ante los jóvenes del Oratorio y de todos aquellos que mantuvieron una conducta infamante contra él.
Por su parte, san Juan de la Cruz disculpó siempre a los que le recluyeron en una cárcel improvisada y le sometieron a múltiples vejaciones: "lo hacían -comentaba el Santo, comprensivo- por entender acertaban".
"Jamás le oí -recordaba un compañero suyo- quejarse de nadie ni decir mal de los que le habían así tratado".
La actitud de los santos ante las contradicciones
Ésta es la actitud de los santos ante las contradicciones. "Los baldones e injurias -escribía san Alfonso María de Ligorio- son las delicias que anhelan los santos. San Felipe Neri padeció en su casa de San Girolamo, en Roma, treinta años de malos tratamientos que algunos le dirigían, razón por la cual no quería abandonarla e ir al nuevo oratorio de la Chiesa Nuova, por él fundado, en que vivían sus queridos hijos, que le invitaban a retirarse allí con ellos".
Los santos están convencidos, como recuerda san Alfonso, de "que todos los trabajos nos vienen de la mano de Dios, o bien directa o indirectamente por medio de los hombres. Por tanto -recomienda Ligorio- cuando nos veamos atribulados, agradezcámoselo al Señor y aceptemos con alegría de ánimo cuanto Él se sirva disponer para nuestro bien. Dios hace concurrir todas las cosas al bien de los que le aman".
El beato Juan XXIII, antes de ordenarse sacerdote, escribe en sus notas personales sobre Jesús, “tachado de ignorante, falseadas sus doctrinas, expuesto a los escarnios y las burlas de todos, calla humildemente, no confunde a sus calumniadores, se deja golpear, escupir en el rostro, azotar, tratar como loco, y no pierde su serenidad, no rompe su silencio. Yo, pues, permitiré que se diga de mí cuanto se quiera, que se me relegue al último puesto, que se echen a mala parte mis palabras y mis obras, sin dar explicaciones, sin buscar excusas, antes bien aceptando gozosamente los reproches que pudieran venirme de los superiores, sin decir palabra".
Tribulaciones sorprendentes
Entre las diversas tribulaciones soportadas por los santos, quizá una de las más sorprendentes fue las que padecieron, entre otros, san Juan Bautista de la Salle, la beata Juana Jugan, santa Rafaela María de Porras. Son sólo un ejemplo entre muchos de este tipo, como el de la beata Bonifacia Rodríguez, beatificada en 2003.
San Juan Bautista de la Salle
A finales de 1702 atribuyeron falsamente a san Juan Bautista de la Salle unos errores ajenos y tras un procedimiento tortuoso, lo destituyeron del cargo de Superior de los Hermanos de la Doctrina Cristiana.
Saturnino Gallego analiza en su biografía sobre el Santo los diversos pasos de esa insidia en la que latía, junto con la incomprensión, un deseo por influir en el gobierno y dirección propia de los Hermanos por parte de otras personas: "Su gran pecado -escribía La Grange, refiriéndose al Santo-, por lo que he podido descubrir, es que no se deja gobernar por el señor párroco de San Sulpicio".
San Juan Bautista aceptó enseguida la destitución; pero los Hermanos no, y el Santo no conseguía convencerlos. Sólo después de muchas humillaciones y desaires para el Fundador se llegó a una curiosa solución: de la Salle continuaría como Superior y el que habían nombrado en su lugar quedaría como Superior oficial, aunque "externo".
El tal "Superior oficial externo" sólo hizo acto de presencia una vez en tres meses y no regresó.
Juana Jugan
Lo que en la vida de san Juan Bautista fue un episodio, ocupó casi toda la existencia de Juana Jugan. Tras fundar el germen de las futuras Hermanitas de los Pobres y tras doce años de intensa actividad apostólica, fue despojada de todos sus cargos y relegada durante veintisiete años, hasta su muerte.
Juana Jugan había sido reelegida como Superiora por la comunidad el 8 de diciembre de 1843, pero un sacerdote, el padre Le Pailleur, dos días antes de la Navidad de ese mismo año, anuló por su cuenta la elección y nombró en su lugar como Superiora a una religiosa de 23 años.
Es más; Le Pailleur suplantó a Juana como Fundador de la Congregación y procedió a una sorprendente "reescritura" y falsificación de la historia de la propia fundación", intentando hacer creer a todos que Juana había sido la tercera religiosa en incorporarse.
La falsificación llegó hasta la propia tumba: cuando Juana murió en 1879, se escribió sobre la lápida, al lado de su nombre: "tercera Hermanita de los Pobres".
Esta leyenda, creada deliberadamente por el Padre Le Pailleur, aparecía en los textos oficiales de la época. "La primera vez -escribe Milcent- en la carta escrita por el Obispo de Rennes a la Santa Sede, para presentar a la Congregación y pedir la aprobación pontificia. La fecha del comienzo de la obra se ha convertido en el 15 de octubre de 1840 (en realidad Juana entonces ya había recogido a dos mujeres pobres desde hacía casi un año).
”Se presenta al Padre como Fundador. A Juana sólo se la nombra entre `cuatro jóvenes de humilde condición'. Se ha encontrado el borrador de esta carta en los archivos del obispado de Rennes: tiene dos correcciones que modifican sensiblemente el texto: probablemente han sido introducidas por una mano cómplice, después de que el Obispo aprobase el texto. Se ha tachado el adverbio praesertim (= en particular, especialmente) que subrayaba el papel de Juana; y se ha añadido la palabra fundatoris al lado del nombre de Le Pailleur".
El autor recuerda otras falsificaciones, que fueron posibles en el interior de la Congregación porque los primeros testigos fueron desapareciendo poco a poco, no sin ocasionar algunos asombros en las nuevas vocaciones "ya que muchas de ellas habían oído en sus familias otra versión de los hechos".
Al final, los hechos se aclararon, tras una encuesta apostólica realizada por la Jerarquía. En 1880 Le Pailleur fue llamado a Roma, donde murió en un convento, sin recobrar el cargo que se había atribuido.
Pocos años después, la Santa Sede comenzó a descubrir la verdad histórica de los sucesos. La joven religiosa que sustituyó a Juana Jugan -Mane Jamet- conoció este final, ya que ella murió en 1893; posiblemente esto la consoló. Su buena fe no puede ponerse en duda: a menudo debía sentirse desgarrada entre lo que creía la obediencia y el respeto a la verdad. Una religiosa había oído de ella la siguiente confesión: 'no soy yo la primera hermanita ni la Fundadora de la obra. Juana Jugan es la primera y la Fundadora de las Hermanitas de los Pobres'".
Para entender la actitud de Juana Jugan durante este proceso, hay que tener en cuenta, como apunta Garrone, que la Fundadora sabe durante ese periodo "que la barca está en buena ruta; la elección de la superiora que la substituye de oficio, a pesar del voto de las hermanas, no le parece contraria al bien de la comunidad y de los ancianos a quienes hay que servir”. Contempló a lo largo de su vida, durante su postergación, el gran desarrollo de la Congregación que había fundado, que contaba, pocos años antes de que muriera, con más de cien casas en diversos países y con 2.400 religiosas.
Postergada, humillada, injustamente olvidada, Juana Jugan no tuvo nunca ninguna reacción de rencor. "Nunca le oí decir -recuerda una religiosa- la menor palabra que pudiera hacer suponer que ella había sido la primera Superiora General. Hablaba con tanto respeto, con tanta deferencia de nuestras primeras buenas madres (= las superioras). Era tan pequeña, tan respetuosa en sus relaciones con ellas...".
Santa Rafaela
Ésa fue también la actitud de santa Rafaela María Porras, una de las Fundadoras del Instituto de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús, a la que unas religiosas de su Congregación desposeyeron de todos los cargos de gobierno, tras dieciséis años de Fundadora y Superiora General de su Instituto, alegando que se había vuelto loca.
La Santa vivió así hasta su muerte: fueron treinta y dos años de "aniquilación progresiva y de martirio en la sombra", como diría Pío XII el día de su Beatificación.
Santa Rafaela conservó siempre, ante estas contradicciones -como afirmaba su director espiritual, un religioso jesuita que ignoraba que aquella humilde monja a la que dirigía espiritualmente fuese la Fundadora- una "serenidad de espíritu, manifestada en su mirada límpida y en la característica sonrisa en sus labios".
No hubo en ella el mínimo movimiento de crítica. "Yo bendigo cada día más mi inutilidad -decía-; ojalá que acabe de lograr que nadie, se acuerde de mí".
San Alfonso
“¡Cómo se consuelan los santos, cuando son injuriados -escribía san Alfonso- recordando las ignominias que padeció Jesucristo por nosotros!".
En su vejez el propio san Alfonso tuvo que aplicar éstas a su propia vida: cuando volvió de Santa Águeda, donde le había nombrado Obispo el Papa, descubrió que "la Congregación atravesaba entonces una crisis profunda. Había rivalidades, intrigas y ambiciones y en la misma Curia Romana se seguía un proceso en el cual los cismáticos tenían todas las probabilidades de triunfar.
”El mismo Fundador estaba en peligro: se le acusaba de haber cambiado las Constituciones del Instituto, de haberse dejado engañar por el regalismo. dominante, de haber hecho más caso de la corte de Nápoles que de la autoridad pontificia. Y llegó la sentencia de Pío VI: Alfonso y sus más fieles compañeros eran separados de la Congregación.
”Al recibir la noticia, sólo dijo estas palabras: hace seis meses que hago esta sola oración: `Señor, lo que Vos queréis lo quiero yo también.' Pero tan delicada era su conciencia, que pensó en emprender un largo viaje para manifestar su sumisión al Papa." Esto provocó el asombro de los que le rodeaban porque ni siquiera era capaz, a sus años, de tenerse en pie.
La Beata María de la Pasión
La Beata María de la Pasión, Fundadora de las Franciscanas Misioneras de María, sufrió una humillación semejante, aunque durante menos tiempo. Fue depuesta del gobierno de, su Instituto en 1883 y rehabilitada al año siguiente.
Olvido y perdón
La respuesta de todos estos hombres y mujeres de Dios fue siempre el olvido y el perdón. "Yo dejo a Dios que me defienda -comentaba Santa María Micaela, conocida como la `Madre Sacramento', cuando oía a los Obispos hacerse ecos de las calumnias que propalaban contra ella- porque si lo hago yo, le quito a Dios el derecho de que lo haga y yo fío más en su defensa que en la mía"
"Este año he sido muy calumniado -escribía a su director espiritual san Antonio María Claret y perseguido por toda clase de personas, por los periódicos, por folletos, libros remedados, por fotografías y por muchas otras cosas, y hasta por los mismos demonios. Algún poquito a veces se resentía la naturaleza; pero me tranquilizaba luego y me resignaba y me conformaba con la Voluntad de Dios. Contemplaba a Jesucristo, y veía cuán lejos estaba de sufrir lo que Jesucristo sufrió por mí, y así me tranquilizaba. En este mismo año he escrito el librito titulado El consuelo de un alma calumniada”
“No puede usted formarse una idea -le escribía san Antonio María al P. José Xifre, el 15 de enero de 1864- de cuánto trabaja el infierno contra mí: calumnias las más atroces, palabras, obras, amenazas de muerte; todo lo pone en juego para ver cómo me desprestigia y me espanta; pero con la ayuda de Dios, no hago caso".
La actitud de los santos podría resumirse en los consejos que daba san Josemaría Escrivá: "callar, rezar, trabajar, sonreír." "No olvidéis que estar con Jesús es, seguramente, toparse con su Cruz. Cuando nos abandonamos en las manos de Dios, es frecuente que Él permita que saboreemos el dolor, la soledad, las contradicciones, las calumnias, las difamaciones, las burlas, por dentro y por fuera; porque quiere conformarnos, a su imagen y semejanza y tolera que nos llamen locos y que nos tomen por necios".
"Nunca le oí -recordaba un amigo de san Josemaría que está camino de los altares, el Siervo de Dios José María García Lahiguera- una palabra de mal humor, ni frases hirientes, ni siquiera quejas".
“Lo mejor es reírse de ellos –escribía santa Teresa a la Madre María de San José en 1577, a propósito de sus atacantes- y dejarlos decir" . La Santa alababa al Señor por esas persecuciones que permitía contra las carmelitas.
"Sea con vuestra paternidad, mi padre, el Espíritu Santo -le escribía al Padre Gracián-, y déle fuerzas para pasar esta batalla, que pocos hay ahora en nuestros tiempos que con tanta furia permita el Señor que los acometan los demonios y el mundo. Bendito sea su nombre, que ha querido merezca vuestra paternidad tanto y tan junto".
Se podrían citar numerosos ejemplos, desde la antigüedad cristiana hasta nuestros días. Basta recordar la vida de san José Benito Cottolengo Fundador de la Pequeña Casa de la Divina Providencia. Escribe uno de sus biógrafos: "Estremecíase de gozo por los dolores que le permitía (Dios), dichoso por poder sufrir alguna cosa por Él".
San Pedro Poveda comentaba: "He sido el tema de las tertulias, se me ha puesto en solfa; he tenido enemigos de todas clases; he recogido muchas ingratitudes."
Sin embargo, en medio de tantas penalidades, estos hombres y mujeres fueron profundamente felices, porque supieron encontrar en la Cruz el amor de Dios. "Desead sufrir injurias -le aconsejaba san Ignacio al P. Nadal-, trabajos, ofensas, vituperios, ser tenido por loco, ser despreciado de todos, tener cruz en todo por amor de Cristo nuestro Señor..."
Una lógica sobrenatural
Estas actitudes sólo se explican desde una lógica sobrenatural: más que la ofensa personal que se les hace, a los santos les duele la ofensa que esos ataques suponen contra Dios. Porque, como recuerda santa Teresa, esa ofensa "primero se hace a Dios que a mí, porque cuando llega a mí el golpe ya está dado a esta Majestad por el pecado" .
Por esa razón la Santa de Ávila no quería lamentos del tipo "razón tuve", " hiciéronme sinrazón", "no tuvo razón quien hizo esto conmigo". "De malas razones nos libre Dios -escribía con energía-. ¿Parece que había razón para que nuestro buen Jesús sufriese tantas injurias y se las hiciesen, y tantas sinrazones?"
Comentando este pasaje teresiano, san Alfonso recordaba la respuesta de Jesús a un mártir que se lamentaba por la injusticia que sufría, sin haber hecho mal alguno:
"-Y yo, ¿qué mal hice, preguntóle el Señor, para verme crucificado y muriendo por los hombres?"
Nunca el mundo ha recibido con gusto...
"Nunca el mundo ha recibido con gusto, desde un principio -afirmaba Campanella en su Libro apologético contra los impugnadores de las Escuelas Pías en San José de Calasanz-a los que Dios ha suscitado como Fundadores de grandes obras útiles para beneficio de los mortales: casi siempre lo ha hecho con indignación y repugnancia."
Tras citar a Moisés, los Profetas, los Apóstoles y al mismo Jesucristo, continuaba el dominico:
"Los que siguiéndole a Él han fundado órdenes religiosas nuevas han sufrido oposiciones no pequeñas de parte de los mismos cristianos. Testigos de ello son Santo Tomás y San Buenaventura, en los opúsculos que escribieron contra los impugnadores de la Orden dominicana y franciscana. Ni los jesuitas ni otras órdenes posteriores se vieron libres de persecuciones.
"No es pues de admiración que en nuestro tiempo el Instituto de las Escuelas Pías, utilísimo a la república y a la religión, sea perseguido por los seglares y religiosos. Nosotros que, no solamente por la historia de los demás, sino por las tribulaciones propias, hemos aprendido que no son acusaciones sino calumnias las que se lanzan contra los bienhechores del mundo (...), hemos querido acallar las murmura ciones de entrambos. Por lo cual refutaremos con razones primero a los seglares, ayunos de verdadera ciencia y verdadero celo; y después a los religiosos movidos por el celo sin ciencia"
La apasionada defensa que hace el dominico Campanella de las Escuelas Pías y de su Fundador en un momento crítico de la historia de esta Institución, pone de manifiesto que rara ha sido la institución de la Iglesia que no se ha visto envuelta, en algún período de su historia -habitualmente en el de su fundación-, por el temporal de la contradicción externa o interna.
Y del mismo modo que los verdugos han ensayado a lo largo de los tiempos, como recordaba Hamman, la práctica totalidad de las. posibilidades de martirio que la mente humana pueda imaginar, determinados verdugos morales han llevado' a cabo, a lo largo de estos veinte siglos de historia de cristianismo, todas las posibilidades denigratorias y todas las modalidades de "linchamiento moral" conocidas en contra de los hombres de Dios, en especial contra los santos.
¿Por qué contra los santos?
¿Por qué se dirige la denigración principalmente contra los hombres santos, cuando podría encontrar en el seno de la Iglesia, de origen divino pero compuesta por hombres, todas las miserias humanas imaginables? Parecería más lógico que en la diana de las críticas estuviesen aquellos cristianos -corruptos, falsarios, crueles, inmorales, perversos...- que deshonran con sus actuaciones la fe recibida en el Bautismo.
Sin ánimo de desentrañar el misterio, se vislumbran algunas de las razones de ese ensañamiento histórico contra los santos, al reflexionar sobre su función en el seno de la Iglesia.
"El escándalo –escribe Romano Guardini en El Señor-, es la expresión violenta del resentimiento del hombre contra Dios, contra la esencia misma de Dios, contra su santidad. En lo más profundo del corazón humano dormita, junto a la nostalgia de la fuente eterna, ... la rebelión contra el mismo Dios, el pecado, en su forma más elemental que espera la ocasión propicia para actuar.
Pero el escándalo se presenta raramente en estado puro, como ataque abierto contra la santidad divina en general; se oculta dirigiéndose contra un hombre de Dios: el profeta, el apóstol, el santo, el profundamente piadoso.
Un hombre así es realmente una provocación. Hay algo en nosotros que no soporta la vida de un santo, que se rebela contra ella buscando como pretexto las imperfecciones propias de todo ser humano, sus pecados, por ejemplo. ¡Éste no puede ser santo! O sus debilidades, aumentadas malévolamente por la mirada oblicua de los que le rechazan... En una palabra, el pretexto se basa en el hecho de que el santo es un hombre finito.
La santidad, sin embargo, se presenta más insoportable y es objeto de mayores objeciones y recusaciones intolerantes en 'la patria de los profetas'. ¿Cómo va a admitirse que es santo un hombre cuyos padres se conocen, que viven en la casa de al lado, que debe ser `como los otros'. El escándalo es el gran adversario de Jesús".
Como recuerda el teólogo español José Luis Illanes, la Iglesia "tal y como ella se entiende a sí misma, no es un simple grupo de creyentes que mantiene vivo a lo largo de los siglos la memoria o recuerdo de Cristo, sino una comunidad que participa de la vida de Cristo y que, en Cristo y por Cristo, tiene acceso a la intimidad con Dios, es decir, a la santidad'. Hablar de santidad, concluye el teólogo español es, en definitiva, hablar de la razón de ser de la Iglesia, de lo que la define y constituye.
"La historia de la Iglesia no es otra cosa -explica Illanes-, en su substancia última, que la historia de la santidad realizándose en el tiempo. Por eso ha podido decirse que la historia cristiana debería escribirse y estructurarse a partir de la historia de sus santos: los jalones decisivos de la historia de la Iglesia no están constituidos por las grandes gestas culturales o por la confrontación de unas u otras civilizaciones, ni tampoco por la construcción de grandes templos o por la celebración de concilios de alcance universal, sino por la real y efectiva promoción de santidad."
Desde esta perspectiva teológica se entiende mejor que cualquier ataque contra la Iglesia se dirija a los santos como a su punto álgido: los santos son dones de Dios a su Iglesia, mediante la cual impulsa su caminar; son una síntesis feliz de una iniciativa de la gracia divina con la respuesta libre y generosa del hombre a esa iniciativa. Atacar a los santos es atacar el fruto más precioso de la Iglesia.
Los ataques contra los santos y las instituciones de la Iglesia han sido "múltiples, variados y constantes", como recordaba Campanella. En los siguientes capítulos se alude sólo a las contradicciones que guardan una mayor actualidad.
-la llamada "contradicción de los buenos", en su doble versión de incomprensión por parte de las almas rectas, pero confundidas;
-la incomprensión de miembros de la Jerarquía;
-las que acaban provocando denuncias ante los Tribunales eclesiásticos y civiles;
-las que provienen de acusaciones de determinados ex-miembros de algunas instituciones hacia sus propios Fundadores.
Trataré más tarde de las persecuciones por parte del poder político, de las controversias que suscitan a veces las vocaciones jóvenes; de las acusaciones de locura contra los hombres de Dios; y de las ridiculizaciones y las difamaciones acerca del carácter de los santos.
No acaba aquí el elenco de tribulaciones: podrían citarse también los atentados y las agresiones físicas, los encarcelamientos, las torturas y las deportaciones que han sufrido los hombres de Dios a lo largo de todas las épocas.
Muchos de estos sufrimientos han tenido lugar en fechas muy recientes: están saliendo a la luz los relatos de los padecimientos morales y fisicos que ha soportado la Iglesia en los países del Este. Madjansky refiere algunas de esas penalodades en su libro Un Obispo en los campos de exterminio. Sin embargo, estos aspectos se encuentran más próximos al martirologio, y en estas páginas se analizan sólo las contradicciones más habituales de los hombres y las mujeres de Dios.
Capítulo II: contradicciones que han sufrido los santos y los hombres de Dios a lo largo de la historia
¡Mala señal!
La llamada "contradicción de los buenos" es una de las contradicciones más desconcertantes que pueden sufrir los hombres de Dios, porque proviene del interior de la propia Iglesia y la llevan a cabo personas de fe, convencidas habitualmente de la bondad de sus actuaciones.
Produce la confusión de personas bienintencionadas, con frecuencia miembros de la Jerarquía eclesiástica. "Ellos no les parece que van contra Dios -escribía Santa Teresa- porque tienen de su parte los prelados"'.
Pero no por desconcertante esta contradicción deja de ser habitual, sobre todo en los comienzos de las instituciones eclesiásticas, del tipo que sean.
Milcent recuerda que cuando Juana Jugan tenía recogidas sólo doce ancianas, "al lado de muchas simpatías, tuvieron ya entonces algunas críticas muy acerbas".
Esas críticas procedían habitualmente de personas piadosas. "Contradicción de buenos, hijas -comentaba san Enrique de Ossó-. ¡Una obra sin contradicción, mala señal!" Apuntaba el Fundador de la Compañía de santa Teresa de Jesús que la mayoría de las instituciones de la Iglesia han padecido, de un modo u otro, esta contradicción. "Uno de los mayores trabajos era el que había padecido que es contradicción de buenos", decía san Pedro de Alcántara de santa Teresa de Jesús.
Un ejemplo de "contradicción de buenos" es el que protagonizó Manuel Santaella, el buen sacerdote que tanto hizo sufrir a santa María Micaela, porque se creyó durante algún tiempo las numerosas falsedades que se contaban de la Santa.
"Se creyó las calumnias que se dijeron de mí -escribía la Santa-, me trató muy mal en una ocasión y le perdoné. Cuando se desengañó de que era falso lo que se decía de mí, sentía no poder resarcirme los perjuicios y disgustos"
Santa Micaela alude en su Autobiografía a muchos de estos detractores, que con frecuencia se arrepentían: "Fui a las arrepentidas a ver qué me quería -escribe aludiendo a Sor Regis, una religiosa que la difamó duramente durante una época-: pedirme perdón, en la plaza pública para reparar tantas calumnias y perjuicios causados por ella; la dije que yo todo lo había sufrido por Dios".
Pidiendo perdón por tener razón
No le fue fácil a santa Teresa, como recuerda en el Libro de la Vida y el Libro de las Fundaciones, llevar a cabo la reforma carmelitana. Le llovieron insultos, penalidades y contradicciones de todo tipo.
"Yo digo a vuestra reverencia -le escribía a la M. María de San José, de Sevilla, el 22 de octubre de 1577- que pasa aquí en la Encarnación una cosa que creo que no se ha visto otra de la manera. Por orden del Tostado vino aquí el provincial de los calzados a hacer la elección, ha hoy quince días; y traía grandes censuras y descomuniones para las que me diesen a mí voto.
Y con todo esto a ellas no se les dio nada, sino como si no las dijeran cosa votaron por mí cincuenta y cinco monjas, y a cada voto que daban al provincial, las descomulgaba y maldecía y con el puño machucaba los votos y les daba golpes y los quemaba. Y déjolas descomulgadas ha hoy quince días y sin oír misa ni entrar en el coro, aun cuando no se dice el oficio divino, y que no las hable nadie, ni los confesores ni sus mismos padres.
"Y lo que más cae en gracia es que otro día después de esta elección machucada volvió el provincial a llamarlas que viniesen a hacer elección, y ellas respondieron que no tenían para qué hacer más elección, que ya la habían hecho. Y de que esto vio, tornólas a descomulgar y llamó a las que habían quedado, que eran cuarenta y cuatro, y sacó otra priora y envió al Tostado por confirmación.
"Ya la tienen confirmada y las demás están fuertes y dicen que no la quieren obedecer sino por vicaria. Los letrados dicen que no están descomulgadas y que los frailes van contra el concilio en hacer la priora que han hecho con menos votos. (...) No sé en que parará" .
Aquello "paró" en una contradicción que alborotó a toda Castilla. "Son tantas las cosas -escribía la Santa- y las diligencias que ha habido para desacreditamos, en especial al Padre Gracián y a mí (que es adonde dan los golpes) -le escribía a D. Teutonio de Braganza, Arzobispo de Evora- y digo a vuestra señoría que son tantos los testimonios quede este hombre se han dicho, y los memoriales que han dado al rey y tan pesados (y de estos monasterios de descalzas) que le espantaría a vuestra señoría, si lo supiese, de cómo se pudo inventar tanta malicia" .
El nuncio Sega la calificó de "fémina inquieta y andariega, desobediente y contumaz" y dijo “que los monasterios que he hecho -le comentaba la Santa al P. Hernández- ha sido sin licencia del Papa ni del general, mire vuestra merced qué mayor perdición ni mala cristiandad podía ser"'.
Era tal el clima de animadversión que cuando la Santa quiso fundar el convento de San José, tanto el clero como otras órdenes religiosas comenzaron a atacarla violentamente: "sacerdotes, monjas y frailes -escribe Marcelle Auclair en su biografía de la Santa- se sentían amenazados por este tipo de iniciativas, sobre todo en tiempos de necesidad y pobreza crecientes. ¿No había ya en Ávila conventos más que suficientes para tener que repartir las limosnas todavía con otros?
En la iglesia de Santo Tomás, un predicador la tomó con ella durante un sermón y se puso a tronar contra ciertas monjas que `si salían de sus monasterios a fundar nuevas órdenes era para sus libertades', añadiendo otras palabras tan pesadas que doña Juana (su hermana) estaba afrentada y haciendo propósitos de irse".
Y esto no fue más que una anécdota en el conjunto de contradicciones -"cuchilladas” las llamaba la Santa-, y trabajos que acompañaronla vida de Teresa de Ávila.
"La Madre –escribe Auclair- observaba con sus calumniadores una línea de conducta digna y prudente; juzgaba que no convenía dejarse atacar, salvo cuando era posible ignorar los insultos. Ocultaba, pues, a sus adversarios, siempre que podía, que conocía sus malas artes. Pero el Rector de la Compañía había arremetido directamente contra ella y no quiso sacrificar su dignidad de una hija de Nuestra Señora, aunque pidiendo perdón humildemente por tener razón" .
"Jamás creeré -escribía la Santa- que por cosas muy graves permitirá Su Majestad que su Compañía vaya contra la Orden de su Madre, pues la tomó por medio para repararla y renovarla, cuanto más por cosa tan leve. (...) De este Rey somos todos vasallos"
Nueve meses de prisión
A raíz de parecidas incomprensiones san Juan de la Cruz fue llevado, a mediados de diciembre de 1576, con los ojos vendados, hasta un convento toledano de los carmelitas calzados.
Allí fue juzgado, declarado rebelde y contumaz por defender la reforma carmelitana y condenado primero a una cárcel conventual y más tarde a una que se creó especialmente para él: un antiguo retrete de seis pies de ancho y diez de largo, sin ventana, empotrado en la pared, que tenía, por todo mobiliario, unas tablas y dos mantas viejas.
En ese lugar inhumano soportó los fríos invernales de Toledo y los calores del verano. "Todos nueve meses -escribe santa Teresa- estuvo en una carcelilla que no cabía bien, cuan chico es, y en todos ellos no se mudó la túnica, con haber estado a la muerte." Y concluía la Santa: "tengo una envidia grandísima" .
Las penalidades que envidiaba santa Teresa -con esa lógica singular de las almas santas- eran aquellos padecimientos que sufrió su "medio fraile" -como le llamaba con humor, por su baja estatura-, durmiendo en el suelo, entre insultos, amenazas y castigos, sin higiene alguna, con un cubo pestilente para sus necesidades que le producía náuseas, enfermo, despreciado e insultado por todos.
Como fruto de aquella estancia, san Juan de la Cruz nos dejó, aparte de su perdón para los que le encarcelaron, su Cántico espiritual y las canciones de su Noche obscura, dos hitos de la lírica universal.
Ninguna Cruz, ¡qué cruz!
Algunos santos manifestaron su desconcierto –junto con su aceptación rendida a la Voluntad de Dios- ante estas pruebas, provocadas precisamente por hombres de Iglesia. "¿Es posible que se trate así a un sacerdote en un seminario?", se preguntaba san Luis María Grignion de Monfort al recordar el trato que recibió en París por parte de algunos eclesiásticos.
Esa exclamación no era una queja, sino la sorpresa de un hombre de Dios, que no entendía cómo un sacerdote como él podía, haberle tratado de aquella manera.
Recordemos la historia. San Luís María había llegado a París, después de un. fatigoso viaje a pie, pidiendo limosna, como era su costumbre, en el mes de julio de 1702, después de que las calumnias lo hubieran expulsado, por segunda vez consecutiva, de un Hospital de Poitiers.
Las murmuraciones fueron más veloces que el Santo en llegar a la capital, donde "sus heroicidades -como comenta el biógrafo- estaban consideradas como extravagancias". Apenas se presentó ante M. Brenier, Superior del Seminario, éste, temeroso de que la presencia del Santo fuera a comprometer su reputación, le despidió, delante de todos, con cajas destempladas.
Se quedó en el más completo desamparo, sin dinero, sin vivienda y con los pies llagados. No sabía dónde ir. Fue a visitar a un viejo amigo suyo, Leschassier, que se encontraba en compañía de otros eclesiásticos. La acogida no fue más cordial. Leschassier le recibió -escribe Blain,condiscípulo del Santo- "con gesto helado y desdeñoso, y le despidió altaneramente, sin querer hablarle ni oírle. Yo, que me hallaba presente, me sentí cortado y sufrí no poco ante la humillación que estaba viendo. En cuanto a él, la recibió con su dulzura y modestia acostumbrada".
Su segundo viaje a París, en otoño de 1703, no fue más halagador, como se deduce de una carta que escribió a María Luisa Trichet, el 24 de octubre de 1703, en la que le pedía oraciones: "Otra razón por la que insisto en que la alcanzaré (la divina Sabiduría) -comentaba san Luis María- son las persecuciones de que he sido ya objeto y las que de continuo me llegan día y noche".
Las tribulaciones se sucedieron sin cesar a lo largo de su vida, y la mayoría provinieron de eclesiásticos. Algunos sacerdotes jansenistas le denunciaron al Obispo de Saint Maló, también de tendencia jansenista, que le prohibió que predicara en toda la diócesis.
Tuvo que marcharse a la diócesis de Nantes, donde ni siquiera sus logros apostólicos como misionero lograron detener la campaña de bulos y patrañas contra su persona,. que el Santo juzgaba siempre desde una óptica sobrenatural: "¡Que se me calumnie, que se me ridiculice, que se haga jirones mi reputación, que se llegue a encarcelarme! ¡Qué preciosos dones!" .
Por esa razón, cuando en alguna misión apostólica, como en la de Vertou, le faltaba la murmuración, llegaba a inquietarse: "¡Esto va demasiado bien! La misión no será fructuosa. Ninguna cruz, ¡qué gran cruz!".
Durante la misión de Ponteacheau no tendría ocasión de inquietarse. Había emprendido la construcción de un gran Calvario. Era una obra gigantesca, en la que trabajaron quinientos obreros venidos de toda Europa: y ya se alzaba sobre el monte un gran cono sobre el que se pondría una gran Cruz y las estatuas de la Virgen, de San Juan y de la Magdalena. Al cabo de quince meses de duro trabajo la construcción estaba casi acabada.
Pero el día anterior a su inauguración llegó un aviso del Obispado en el que se negaba la bendición. Ante una actitud tan incomprensible fue a visitar al Prelado, que le explicó que unos antiguos enemigos suyos le habían denunciado ante el mariscal comandante de Bretaña, acusándole de que estaba levantando una especie de fortaleza en la que podían atrincherarse los ingleses en caso de desembarco.
El Obispo no le dijo lo más grave: que la acusación había llegado hasta el Rey Luis XIV, y éste había dado la orden de demoler todo el conjunto. Además, el Obispo le prohibióejercer su ministerio en toda la diócesis. Poco tiempo después el Santo se enteró de la noticia- de la demolición.
Ante esta situación, el Santo se retiró a hacer unos Ejercicios espirituales con el Padre Prefontaine. Éste recordaba, al cabo del tiempo, que su calma y su serenidad "y aun la alegría que se reflejaba en su rostro, a pesar deun golpe para él tan aplastante, me lo hicieron mirar entonces como a un santo". Pero no era ésta la opinión general. Incluso personas como Leschassier, que cambiaron de actitud, no llegaron a desterrar del todo sus prejuicios sobre el Santo: "El Sr. Grignion es muy humilde, muy pobre, muy mortificado, muy recogido -comentaba- y a pesar de todo, me cuesta creer que tenga buen espíritu".
Santa María Micaela. Con casi todo el clero madrileño en contra
Hace dos siglos santa Micaela, la Fundadora de las Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Caridad, tuvo que enfrentarse con la hostilidad del clero madrileño casi en su conjunto. Esto le producía un intenso desasosiego espiritual.
"Como el Clero, en general -escribe-, desaprobaba mi obra, y éstos eran los de más fama por su piedad y posición, no sólo me hacía daño con la gente de fuera, sino yo no sabía qué pensar y me hería el corazón de un modo cruel a lo sumo; y en verdad me hacía pasar las horas al pie del altar desecha en llanto: -Señor, si no te sirvo a ti, ¿a quién sirvo en una vida tan amarga y llena de continuos sacrificios? -¡A mí sí, a mí!, sirves -sentía yo en el fondo de mi alma como un bálsamo que curaba mi dolor".
"La mayor parte del Clero de Madrid le era hostil -cuenta un testigo presencial- y los que menos la ofendían la creían ilusa; otros, la calificaban de beata hipócrita" .
Esa hostilidad contra la Santa se manifestó de muchos modos y llegó hasta la agresión física: en una ocasión un sacerdote llegó a abofetearla.
Esto sucedió a primeros de agosto de 1849, como relata un testigo presencial, Juan García Rodríguez. El biógrafo Barrios Moneo -siguiendo la costumbre usual- no cita el nombre del ofensor, aunque en otras biografías ya aparece. Santa Micaela le insistía para que confesara a una enferma, a lo que este sacerdote se negó, diciéndole, como consigna un relato redactado antes de su beatificación:
"-Todo esto sucede porque no hay quien la domine.
-Domíneme usted si quiere, le contestó la Venerable. Y entonces el sacerdote le dio una bofetada, recibida la cual dijo la Venerable de un manera suave:
-¿Está Vd. contento?
-Sí, señora -contestó él.
-Pues yo, satisfecha; confiéseme usted la chica"
Durante años este mismo clérigo la insultó en público comparándola con otras religiosas:
"-¿A quién queréis seguir -preguntó a las colegialas de la Institución que regía la Santa-: a estas religiosas, unas santas que se desviven por vosotras o a la Vizcondesa de Jorbalán, que es un miembro podrido de la sociedad?".
Tiempo más tarde, la Fundadora tuvo una actuación decisiva en la vida de este sacerdote: impidió que huyese a Francia con una mujer y lo libró de los tribunales eclesiásticos.
Una mujer audaz
¿De qué acusaron a santa Micaela? De las cuestiones más peregrinas: decían que se iba por las noches a bailar de incógnito y que comulgaba ¡todos los días! Y por si fuera poco, que rezaba arrodillada en la tarima del altar (!).
Otro sacerdote la difamaba -recuerda su primer biógrafo, Vicente de la Fuente- "en lo relativo a su conducta y vida privada del modo más infame, suponiendo -¡vergüenza da decirlo!- que traficaba con sus acogidas. Y no fue lo peor que se inventara tan grosera calumnia sino que se creyera por personas que debieran saber que se peca creyendo ligeramente tales calumnias".
Los pocos sacerdotes que la defendían recibían duras criticas: "culpaban al párroco -comenta De la Fuente- de ser demasiado condescendiente con aquella mujer de vida relajada".
Además esos sacerdotes, como se apunta en la biografía Mujer Audaz, "la pondrán en gravísimos apuros de conciencia, que torturarán su corazón, impedirán el desarrollo normal de su Obra apostólica, retraerán vocaciones, ahuyentarán limosnas y avivarán el rescoldo de muchas aviesas intenciones y calumnias. Todo, si no con malicia, sí con ligereza excesiva por seguir, a veces, el aire de nobles y piadosas señoras, resquemadas en su orgullo y vanidad" .
Las calumnias tardaron en olvidarse, y el ambiente de animadversión que se creó contra la Santa la acompañó prácticamente a lo largo de toda su vida y se hizo presente incluso durante su Proceso de Beatificación. Influyó hasta en el Papa Benedicto XV, que estuvo a punto de retirar su Causa, que fue muy controvertida, lo mismo que la del Padre Claret.
Revolucionario, loco, hereje
San Juan Bosco evoca en sus Memorias del Oratorio un elenco de contradicciones contra el Oratorio y su propia persona. Algunas provenían de eclesiásticos. "Unos calificaban a don Bosco -escribe el Santo en tercera personade revolucionario, otros lo tomaban por loco o hereje".
Un capellán lo denunció al municipio y lo dejó literalmente en la calle "con una turba de jóvenes que seguía mis pasos por donde quiera que fuese, y yo no contaba con un palmo de terreno donde poderlos reunir". Y la marquesa de Barolo, que tanto la había ayudado, y que había promovido un Refugio para necesitados, le puso en un grave dilema, como recordaba en sus Memorias del Oratorio:
"-En fin, o deja usted la obra de sus muchachos o la del Refugio. Piénselo y ya me responderá.
-Mi respuesta está pensada. Usted tiene dinero y encontrará fácilmente cuantos sacerdotes quiera para sus obras. No ocurre lo mismo con mis pobres chicos. Si ahora yo me retiro todo se vendrá abajo; por lo tanto, seguiré haciendo lo que pueda en el Refugio, aunque cese oficialmente en el cargo, pero me daré de lleno al cuidado de mis muchachos abandonados.
-¿Y de qué va a vivir usted?
-Dios me ayudó siempre y me ayudará también en lo sucesivo.
-Pero usted no tiene salud, y su cabeza no le rige; se engolfará en deudas, vendrá a mí, y yo le aseguro desde ahora que no le he de dar ni un céntimo para sus chicos".
Ante el dilema "acepté el despido -escribiría el Santo- abandonándome a lo que Dios quisiera de mí. Entretanto se imponía cada vez más el rumor de que don Bosco se había vuelto loco. Mis amigos estaban pesarosos; otros reían, el Arzobispo dejaba hacer, don Cafasso me aconsejaba contemporizar, el teólogo Borel callaba. Así es que todos mis colaboradores me dejaron solo con mis cuatrocientos muchachos".
La respuesta de san José Benito Cottolengo
Algo parecido le sucedió a san José Benito Cottolengo al que insultaban por la calle, llamándolo iluso, imprudente, incapaz y sacacuartos. "La Cruz acompaña y distingue a las obras de Dios", escribe el biógrafo. A Cottolengo, añade, "no le faltaron las más amargas pruebas. Fueron, ante todo, las desaprobaciones de sus superiores y de sus compañeros de la Colegiata, impresionados por el desarrollo imprevisto de la Obra".
La autoridad eclesiástica le clausuró la labor apostólica que había emprendido: y le obligaron a desalojar a los enfermos que cuidaba en el pequeño Hospital de Turín, en el que trabajaban las religiosas de la Congregación que había fundado.
San José Benito aceptó la decisión con la paz habitual en los hombres santos y respondió también al modo de los santos. Cuando se cernió la amenaza del cólera sobre Turín, más que protestar o recordarles a todos lo injustos que habían sido con él en el pasado, se puso a su disposición, junto con sus religiosas, para ayudar a los atacados en los lazaretos de la ciudad...
Un pleito doloroso
San Enrique de Ossó, Fundador de la Compañía de Santa Teresa, supo también de pleitos dolorosos con otras instituciones de la Iglesia, con motivo de la construcción en Tortosa de un noviciado de la Compañía, cuando ésta contaba sólo con cinco años de existencia.
El 12 de octubre de 1879 -cuenta el Cardenal González Martín- tomaban oficialmente posesión del noviciado la M. Saturnina Jassá y un grupo de novicias venidas de Tarragona. El edificio estaba aún a medio construir. Pues bien, al día siguiente, 13, unas religiosas presentaban en el provisorato de Tortosa un recurso en el que pedían protección y justicia por los graves perjuicios que, según decían, les acarreaba la construcción del colegio-noviciado, muy próximo a su convento y en solares que pertenecían a ellas, por lo cual los reclamaban.
Pronto se supo que junto a esas religiosas "aparecían, incomprensiblemente hostiles a D. Enrique, tres sacerdotes (...) que habían sido hasta entonces incondicionales amigos suyos y devotos del Fundador de la Compañía"".
El provisor y Vicario General de Tortosa contestó al recurso reconociendo la buena fe del Santo, pero le mandó derribar a sus expensas el edificio antes de que pasaran tres años y devolverle el terreno a las Religiosas, tal y como estaba.
El Santo intentó llegar a un acuerdo amistoso, sin éxito, y se vio forzado a comenzar un largo pleito que duró quince años.
No disponemos de espacio para mencionar todos los extremos de ese pleito, en el que cada parte litigante creía contar con poderosas razones. Lo que interesa en nuestro caso, más que analizar posturas y dictaminar responsabilidades, es resaltar que durante ese período el Fundador utilizó todos los medios jurídicos a su alcance, sin perder la serenidad, sin culpar ni desprestigiar a nadie.
Cuando marchó a Roma, estaba preocupado de que durante esa estancia pudiesen despertarse entre sus hijas espirituales alguna aversión contra los que les causaban aquellas dificultades, y les escribió diciendo: "Hijas, no queráis ofender a Dios, nuestro Padre. Todos son unos santos. Todos queremos luchar sobre la verdad. La buena fe no se ha de perder".
A esas contradicciones se sumó el Entredicho en el que se puso el edificio en 1884, por el que se prohibía celebrar la Santa Misa y tener a Jesús Sacramentado en la capilla. "Para un instituto religioso que apenas ha empezado a vivir -comenta el biógrafo- el golpe era equivalente a la explosión de una mina en sus cimientos".
El entredicho
Aquel entredicho dañó la imagen de toda la fundación y la del propio Fundador. "La fama del Fundador -escribe el biógrafo-, su dignidad sacerdotal, su propio honor humano, quedaban expuestos a los más peligrosos comentarios. ¿Era un hombre de Dios o era sencillamente un ambicioso? Si lo primero, ¿por qué la autoridad eclesiástica lanzaba contra él tan duro castigo? Si lo segundo, ¿a qué pensar en futuros proyectos de extensión y arraigo de la tan ponderada Compañía? (...) ¿Y qué pensarían de todo aquello las familias que habían entregado sus hijas a D. Enrique para aquella obra que él llamaba santa?".
Sin embargo, el Santo no se desalentó. Durante aquel período las vocaciones vinieron, más numerosas todavía, y poco a poco las relaciones y los equívocos se fueron aclarando. Al fin, el 22 de abril de 1885, el Tribunal metropolitano de Tarragona dictó sentencia favorable y declaró nulo y sin efecto el Decreto de Entredicho.
Olvidamos demasiado pronto...
Un jesuita, José Antonio Ezcurdia, al comparar las tribulaciones de san Josemaría Escrivá y san Ignacio, escribía en el Diario Vasco de San Sebastián, en mayo de 1992, que ni el uno ni el otro vivieron en tiempos fáciles y "de ahí que las contradicciones, contestaciones y persecuciones jalonaran sus vidas y sus respectivas fundaciones, novedosas ambas para sus coetáneos.
Olvidamos demasiado pronto, porque se difuminan en la lejanía de la Historia, los procesos sufridos por Ignacio en Alcalá, en Salamanca, en París, en Venecia, en Roma... y el impacto que, sin duda, produjeron en sus desconcertados seguidores. Quien lo recuerde comprenderá que el fenómeno se haya repetido con don Josemaría y su quehacer" .
La lección de Guadix
Un amigo de san Josemaría, san Pedro Poveda, padeció graves contradicciones. En la Cuaresma de 1902, cuando tenía 28 años, había predicado una misión en las cuevas que rodeaban la ciudad de Guadix, en la provincia de Granada, habitadas en su gran mayoría por gitanos indigentes. Esas cuevas eran un lugar de abandono y miseria casi secular, donde los niños crecían sin instrucción ni enseñanza de ningún tipo.
Ante esa situación, el Santo, sin abandonar otras actividades sacerdotales, comenzó a desarrollar allí una gran labor apostólica y pastoral. En muy poco tiempo puso en marcha las Escuelas del Sagrado Corazón, a las que asistían cuatrocientos niños, y a pesar de los escasos medios con los que contaba, se preocupó de que tuvieran los métodos pedagógicos más renovados; y fundó la Hermandad de Santa Teresa de Jesús.
Logró además interesar de tal modo en aquel proyecto a las autoridades públicas y a los centros culturales, que, dos años más tarde, en 1904, fue nombrado hijo predilecto de la ciudad. El sentimiento general era de agradecimiento, de gratitud... y de envidia.
Se repitió la historia. "Terminadas las obras y cuando más prometía aquella fundación del Sagrado Corazón de Jesús, surgieron los disgustos que pudieron poner fin a mi vida. Jamás pensé en salir de Guadix -contaba san Pedro Poveda en sus Notas autobiográficas-. Soñé siempre que se me enterraba bajo el altar de las Cuevas; pero no sucedió así. El nombramiento de hijo adoptivo predilecto, y el poner mi nombre a la calle de Zapaterías, fueron la explosión de un estado latente, que hacía tiempo venía dominando... La serie completa de circunstancias que se dieron la mano para favorecer el plan de frailes, sacerdotes y seglares que, so pretexto de bien, obraron desprovistos de caridad, es imposible de referir. Hubo momentos en que todo se concertó contra mí.
”Mi salud se quebrantó para siempre; y el amargor de aquella vida rodeada de asechanzas, lo tengo aún en el paladar. Padecí por espacio de unos cuatro años horribles escrúpulos. Sobre todo dos de ellos fueron para perder la cabeza. No obstante, yo miro con amor los años aquellos de desolación... Sobre todo desde el 16 de julio de 1904, ya fue un perpetuo sufrimiento. No pasó día sin tener que lamentar algo.
”Mi decisión de partir fue tomada, después de pensarlo mucho, y poniendo la mira en el bien de los demás y en el mío propio. Propuse todo cuanto creí ser lo mejor para librar al prójimo de inculpaciones, pero no se me hizo caso. Había quizá empeño en destrozarme, y cuando vieron que marché y no podían saciar su odio, si era odio lo que tenían, sonó la explosión sin caridad ninguna.
”La lección de Guadix debió servirme más de lo que me sirvió; pero no me enseñaron poco aquellos días de incomparables amarguras”.
Con el apoyo de la Santa Sede
No puede concluirse de los ejemplos anteriores que, por el hecho de que muchos santos hayan sido criticados dentro del seno de la propia Iglesia, sus figuras hayan sido como unos islotes de pureza dentro de una marea corrompida. Nada más falso. Hemos citado unos ejemplos concretos, espigados entre muchos, no para mostrar la falibilidad de determinados miembros de la Iglesia -que actuaron por lo general con buena voluntad, pensando que agradaban a Dios-, sino para resaltar la actitud de los santos frente a las incomprensiones de los propios miembros de la Iglesia.
Por otra parte, no hay que olvidar que también los propios santos, movidos por su buena voluntad y por su celo apostólico, se equivocaron en ocasiones y conocieron las limitaciones propias de la condición humana.
Dios se sirvió de todas esas debilidades humanas de unos y otros -confusiones, faltas de entendimiento fruto de una mala información de los hechos, etc.- para mostrar más claramente el carácter sobrenatural de sus empeños apostólicos.
Un breve repaso a la historia de la Iglesia nos muestra que los miembros de la Jerarquía han apoyado habitualmente las propuestas innovadoras de muchos santos que chocaban fuertemente con la mentalidad de la época, y que lo hicieron en muchos casos con una sorprendente decisión y fortaleza.
Se podrían citar numerosos ejemplos, como el aliento de Pablo V a san José de Calasanz en la Fundación de las Escuelas Pías 51, o las palabras acogedoras de Pío IX a san Juan Bosco en los comienzos de la Sociedad Salesiana. Pero bastará a nuestro propósito recordar el decidido impulso que dio la Jerarquía al nacimiento de dos grandes instituciones de la Iglesia: los dominicos y los franciscanos.
Santo Domingo
La primera fundación dominicana, como comunidad de derecho diocesana totalmente consagrada a la predicación en los términos de la diócesis de Toulouse, data del año 1215. En ese mismo año santo Domingo acompañó a su Obispo, Fulco, al IV Concilio de Letrán, celebrado a fines de ese mismo año. Allí presentó su obra incipiente al Papa Inocencio III, que lo estimuló, desde el primer momento, a esa tarea. "De vuelta a Toulouse -escribe Garganta- recibió la iglesia de San Román, y su comunidad quedó constituida en casa de canónigos regulares con la misión peculiar de predicadores diocesanos".
Al año siguiente, el 22 de diciembre de 1216, Honorio III confirmó la fundación de San Román. "Un rápido proceso institucional -prosigue Garganta-, jalonado por una copiosa serie de Bulas papales, transformó la obra tolosana de San Román, tan limitada, en una Orden religiosa de carácter universal, de Derecho pontificio (...). Muy pronto esta nueva familia religiosa comenzó a llamarse oficialmente Orden de los frailes predicadores."
Dos años más tarde, santo Domingo obtuvo del Papa nuevas Bulas que alentaron la naciente institución apostólica, con el apoyo de ilustres eclesiásticos de la Curia Romana, como el Cardenal Hugolino, el futuro Papa Gregorio IX. Y durante la expansión de la Orden el Papa Honorio III le dio un apoyo fervoroso y constante.
Una muestra de ello es que en 1220 escribió a diversos monjes, pertenecientes a distintas instituciones de la Iglesia, indicándoles que se pusieran a las órdenes del Santo para llevar a cabo una gran campaña de predicación en la Italia Septentrional. Otro ejemplo plástico de ese aprecio papal fue la entrega de la iglesia de San Sixto en Roma a los dominicos y posteriormente de la de Santa Sabina, en el Aventino, que sigue siendo la sede del Maestro General de la Orden de Predicadores.
Santo Domingo falleció el 6 de agosto de 1221, y fue canonizado por el Papa Gregorio IX trece años, más tarde, el 3 de julio de 1234.
El Cardenal Hugolino apoyó decididamente también a otra Orden naciente, la franciscana, que tuvo en sus comienzos un desarrollo rapidísimo. El mismo Papa, que tanto alentaría a santo Domingo en su tarea predicadora, aprobó verbalmente en 1209 la "forma evangélica de vida" franciscana, o Regla primera, cuando se la expuso el propio san Francisco, acompañado de los primeros doce discípulos. Así nació la Orden de los Frailes o Hermanos menores.
Catorce años más tarde, el 29 de noviembre de 1223, el Papa aprobaría la segunda Regla elaborada por san Francisco, en la que tanto intervino el propio Cardenal Hugolino, aunque sin violentar nunca la originalidad de la institución. San Francisco falleció el 3 de Octubre de 1226 y fue canonizado dos años más tarde, el 16 de julio de 1228.
Estos dos ejemplos, entre los numerosísirnos que podríamos citar, muestran el decidido y pronto apoyo de la Jerarquía, que supo descubrir desde los inicios el soplo del Espíritu que se manifestaba en esas nuevas iniciativas apostólicas.
La pronta canonización de los Fundadores de esos nuevos caminos de espiritualidad -en algunos casos llevadas a cabo en fechas muy cercanas a su muerte, como la de san Francisco- muestra, además del reconocimiento de la santidad de esos hombres y mujeres por parte de toda la comunidad cristiana, el respaldo hacia sus apostolados por parte de la Jerarquía. El ejemplo reciente de la beatificación de la Madre Teresa no hace sino confirmarlo.
"Sus respectivas canonizaciones -escribe Illanes, refiriéndose a san Francisco y santo Tomás- no implicaron ciertamente, ni una sanción a la totalidad de sus acciones ni la atribución de un carácter absolutamente normativo a sus figuras -se puede ser cristiano sin inspirarse en San Francisco de Asís o sin comprometerse con la teología de Tomás de Aquino-, pero sí mostraron que el temple del alma que manifestaron y el camino que trazaron eran un temple y un camino que un cristiano podía, con segura conciencia, hacer suyos, y, de ese modo, potenciaron la fuerza que de ellos emanaba o, al menos, facilitaron su irradiación, como documenta ampliamente la historia, en los casos antes citados, y en otros muchos más".
Esta actitud de comprensión y aliento de la Jerarquía y de los miembros de la Iglesia define el marco en el que hay que encuadrar los sucesos de incomprensión a los que nos hemos referido con anterioridad -que son excepciones dentro de una conducta general-, y definen también el contexto en el que hay que situar las contradicciones a las que nos referiremos en capítulos sucesivos.
Muchos detractores rectificaron
Muchos de sus detractores rectificaron en su actitud frente a los santos, con el paso del tiempo, ya mejor informados.
Vicente de la Fuente, que tanto hizo sufrir a santa Micaela, quiso escribir tras su muerte la vida de la Fundadora "en reparación de las ofensas propaladas contra la misma". "Yo mismo que esto escribo -confesaba en su biografía- oí estas difamaciones y lo que es peor, les di crédito, siendo Secretario de la Congregación de la Doctrina cristiana en
Otros detractores fueron reconociendo la santidad de los que criticaban anteriormente de un modo gradual, como el Padre Leschassier, que tan duramente había tratado a san Luis María Grignion de Montfort. Empezó admitiendo sus dudas sobre su "buen espíritu" y, tras su muerte, se atrevió a decir: "Ya ven ustedes que yo no entiendo de Santos".
Capítulo III: la incomprensión de los eclesiásticos
Dificultades específicas
Como consecuencia de la "contradicción de los buenos", en algunas ocasiones determinados miembros de la Jerarquía, mal informados sobre la actuación de los hombres de Dios, o influidos por algunas campañas denigratorias promovidas contra ellos, han puesto notables inconvenientes para el desarrollo de sus labores apostólicas.
Podrían citarse, entre otros muchos ejemplos, las dificultades que tuvieron que superar santa Teresa, san Juan de la Cruz, san José de Calasanz, san Juan Bosco, san José Benito Cottolengo, santa María Micaela, san Josemaría Escrivá,... La lista es amplísima y nos referiremos sólo a algunos ejemplos significativos.
Si sabiendo lo que ahora sé...
San Juan Bosco, Fundador de la Sociedad Salesiana, se encontró, como tantos otros fundadores, con la urgente necesidad de encontrar colaboradores fijos para su labor apostólica. Concentró entonces sus energías -como señala Pietro Stella-, en la formación "de los jóvenes que frecuentaban su instituto en días festivos o que estaban allí acogidos como alumnos internos. Formó el primer núcleo de salesianos en privado el 26 de enero de 1854, pero sólo el 9 de diciembre de 1859 anunció públicamente su deseo de constituir una Congregación religiosa, fortalecido por el consejo recibido en audiencia privada de Pío IX, en abril de 1858"
Don Bosco educaba "con un optimismo radicado en la certeza de que Dios providente guiaba tanto la suerte de la Iglesia en los tiempos que aparecían sumamente borrascosos, como también a él mismo y a su obra. Con resolución vivió e hizo vivir su fe cristiana, seguro de que respondía de lleno a las aspiraciones humanas.
”Se hizo promotor de la Confesión y Comunión frecuentes, del rezo del Rosario a la Virgen, de la música sacra, del teatro recreativo y sagrado, de la prensa religiosa popular. De modo que la religión entró en su sistema educativo y pastoral como fin y como instrumento, elemento fundamental de la pedagogía y de la metodología pedagógica".
Educaba también a sus colaboradores en un espíritu de libertad, que no dejaba de extrañar a algunos, como cuenta Gustavo Martínez Zuviría, bajo el pseudónimo de Hugo Wast, en su popular biografía sobre el Santo:
"-¿Cómo les enseña a enseñar? -le preguntaban. Y él, con su frescura habitual, respondía:
-Los echo al agua, y así aprenden a nadar" .
Nuevos conflictos
Al Arzobispo de Turín, Mons. Ricardi, no le convencía demasiado aquel sistema, porque pensaba que esos futuros sacerdotes, volcados en sus tareas pedagógicas, acabarían descuidando sus estudios de Teología. Determinó por tanto que todos los colaboradores de don Bosco que siguieran la carrera eclesiástica, estudiaran en su Seminario; y que los que eran ya sacerdotes, fueran a perfeccionarse en el Convictorio.
La decisión del Arzobispo significaba en aquellos momentos, en la práctica, un golpe de muerte para la obra sa lesiana, que se encontraba en un momento decisivo de crecimiento, ya que don Bosco necesitaba urgentemente de esos brazos para educar a millares de alumnos. Aquella labor apostólica, sin unos sacerdotes que la atendieran debidamente, no podría cuajar.
Fue a ver al Arzobispo y le suplicó que cambiara de actitud. Ricardi se negó, y la situación se complicó aún más: otros Obispos le reclamaron a don Bosco los clérigos, que colaboraban con él, y le ordenaron que regresaran a sus respectivas diócesis.
"En mis escuelas -pedía don Bosco- se despiertan muchas vocaciones sacerdotales. La gran mayoría se dispersan por todas las diócesis del Piamonte. Sólo unos cuantos quedan conmigo. ¡Dejádmelos pues, a cambio de los que os doy!".
El Obispo no escatimaba sus elogios por la obra de don Bosco; pero se mostraba intransigente en este punto: no aceptaba que esos sacerdotes se preparasen fuera de los muros del Seminario. Don Bosco quería que se formasen a su lado, para infundirles su espíritu, conforme a unos planes de enseñanza propios. Pero el Obispo pensaba que aquella enseñanza sería notoriamente más pobre que la que se le podía dar en las aulas del Seminario, enriquecidas por siglos de experiencia.
Además, ¿y si en el futuro algunos dejaban de ser salesianos?, argumentaba el Prelado. Se vería dispuesto a acoger en su diócesis a unos sacerdotes poco doctos sin haberlos podido formar convenientemente. Por lo tanto...
Un Obispo amigo de don Bosco, Mons. Gastaldi, intercedió para que pudiesen ordenarse tres sacerdotes. Pero el Obispo de Turín siguió inflexible y no cambió de actitud ni siquiera cuando trece novicios salesianos se presentaron a sus exámenes de Teología en el Seminario y obtuvieron unas calificaciones excelentes.
Al final don Bosco se vio obligado a ceder, y envió sus novicios al Seminario. El resultado no pudo ser peor: "De diez estudiantes míos en Teología -le escribía a Pío X- que han frecuentado los cursos del Seminario, no me ha quedado uno solo en la Sociedad".
"El conflicto no tenía otra solución -escribe Wast- que el que la Santa Sede aprobase definitivamente las reglas de la Pía Sociedad salesiana, dándole vida independiente de los Obispos diocesanos, y, sobre todo, la facultad preciosísima de las dimisorias, esto es, acordando al Superior diocesano el derecho de conceder a los clérigos que hubieran concluido sus estudios, letras habilitantes para recibir de cualquier Obispo católico las órdenes menores y mayores".
El Santo no tuvo otra solución que apelar a Roma. Tenía en su poder numerosas cartas laudatorias de Obispos que conocían de cerca el instituto salesiano, escritas por los Cardenales Arzobispos de Pisa, Ancona, Fermo; los Arzobispos de Lucca y Génova; los Obispos de Alejandría, Novara, Susa, Mondovi, Albenga, Guastalla...
Pero a Roma llegaban también opiniones contrarias acerca de su Instituto y por si fuera poco, Mons. Svegliati, Secretario de la Congregación de Obispos y Regulares, que estudiaba el asunto, era un decidido adversario de don Bosco. Este eclesiástico consideraba que aquel proyecto albergaba demasiadas novedades; opinaba que había excesiva "democracia" en los colegios; estudios deficientes...
Pidió un informe secreto a Mons. Torlone, encargado oficioso de la Santa Sede ante el Gobierno italiano, que residía en Turín, y éste le confirmó en sus opiniones.
Aquel informe fue un golpe mortal: el 2 de octubre de 1868, Mons. Svegliati le comunicó a don Bosco que ni le aprobaban sus reglas ni le concedían las facultades que solicitaba. El Santo aceptó aquella decisión humildemente, y se encontró de la noche a la mañana con miles de niños a su cargo, y en un callejón sin salida. "¡Si, sabiendo lo que ahora sé -comentaba años más tarde-, tuviese que recomenzar el trabajo de fundar la Sociedad, no sé si tendría valor para ello!" .
Volvió a intentar, lleno de fe en Dios, que le concedieran lo que pedía y en enero de 1869 viajó de nuevo a Roma para tantear el terreno. "Era demasiado cierto -escribe en una Memoria- que muy pocos Prelados me secundarían. Todos estaban fríos, desconfiando del éxito, y las personas más influyentes me eran hostiles. Habían llegado a Roma cartas muy contrarias a la Pía Sociedad... Vi que era necesario un verdadero milagro para cambiar los corazones... Cada palabra de nuestras pobres reglas suscitaba una dificultad insuperable. Pero yo confiaba en la Virgen y en las oraciones que se hacían en el Oratorio...".
Hizo falta, efectivamente, que por intercesión de la Virgen se produjeran varios sucesos milagrosos -la curación repentina de un niño gravemente enfermo, sobrino del Cardenal y la remisión espontánea de varias enfermedades de algunos eclesiásticos muy influyentes- para que el 19 de febrero de 1869 el Papa se decidiese a aprobar la Pía Sociedad Salesiana y, con ella, la facultad de conceder las dimisorias.
A fines de 1870 falleció Mons. Ricardi y, mientras se deliberaba quién podría ser su sucesor, don Bosco acudió al Papa para decirle que aquel buen amigo suyo, Mons. Gastaldi, sería una persona idónea para ocupar el puesto. Don Bosco y Gastaldi se conocían desde hacía veinte años y gozaban de una gran amistad; hasta tal punto que Gastaldi había pedido a su propia madre que reemplazara a la madre de don Bosco, Mamá Margarita, tras su muerte, el cuidado de los biricehini, los chicos que atendía don Bosco. Gastaldi era un hombre bueno y piadoso, apasionado por la jerarquía y la disciplina, aunque quizá excesivamente impulsivo y dominante...
-"¿Vos lo queréis? -le dijo el Papa a don Bosco- ¡Sea!"
"Yo no confié bastante en la Providencia, cuando quiso poner medios humanos para facilitar mi obra" -comentaría don Bosco años más tarde-. Y escribió en otra ocasión: "Si debo decir lo que pienso, creo que el demonio previó el bien que monseñor Gastaldi habría podido hacer a nuestra Congregación, sembró cizaña secretamente, y consiguió que cundiera. Perturbación inmensa, chismes y comentarios; disminución de sacerdotes, disgustos graves al mismo monseñor que, por treinta años, fue mi mejor confidente."
Una vez nombrado, el nuevo Arzobispo comenzó a tomar en su diócesis determinaciones de una gran severidad. Una de ellas afectó especialmente a don Bosco: fue la suspensión a divinis de su viejo profesor del Seminario, don Calosso, un anciano sacerdote que cuando se vio en aquella situación acudió a don Bosco, que lo alojó en un colegio que tenía en Alassio.
Relación con el Arzobispo
La actitud comprensiva de don Bosco hacia don Calosso comenzó a envenenar las relaciones entre el Arzobispo y el Fundador. Y además, poco tiempo después de acceder al episcopado, Gastaldi se encontró sumergido de repente, como apunta Wast, en un entorno que propiciaba una atmósfera hostil a don Bosco. "¿Temía, tal vez, el Arzobispo -se pregunta don Rúa, primer sucesor de don Bosco, hoy también en los altares- que se creyese que, habiendo sido promovido a la diócesis de Turín por obra de don Bosco, se dejase guiar por él? Hubo quien lo supuso. ¿Temía, quizá, que don Bosco atrajese a su naciente Congregación jóvenes estudiantes de la carrera eclesiástica con perjuicio de los seminarios diocesanos?".
No lo sabemos. Lo cierto es que a los pocos meses el Arzobispo de Turín adoptó la misma postura contraria ante don Bosco que su predecesor. Y comenzó una larga historia de incomprensiones. Mons. Gastaldi se opuso decididamente al proyecto del Seminario de vocaciones tardías que don Bosco había emprendido con el aliento del Papa; lo prohibió en su diócesis; retrasó tres años la aceptación de las dimisorias para la ordenación de nuevos sacerdotes salesianos y puso todos los inconvenientes posibles para que se llevasen a cabo esas ordenaciones.
En esa situación, totalmente inesperada, don Bosco acudió de nuevo a la Congregación de Obispos y Regulares pidiendo que se le concedieran los privilegios sobre este particular de los que gozaban algunas congregaciones. Pero, a pesar de que el Papa se mostraba favorable, los ánimos se encontraban divididos en torno a esa cuestión. Acudió a la comisión de Cardenales. Y mientras se deliberaba el caso, uno de los Cardenales más influyentes, Mons. Bizzarri, recibió esta carta de Mons. Gastaldi:
"Espero que la Sagrada Congregación, antes de conceder al señor don Bosco lo que pide en perjuicio de los Obispos, tendrá la bondad de hacerme conocer su petitorio para formular mis observaciones.
"El espíritu de independencia, casi diré de superioridad que el señor don Bosco viene desplegando hace años contra el Arzobispo de Turín..., si fuese apoyado con nuevos privilegios contrarios a mi jurisdicción, acrecentaría mis disgustos y tribulaciones.
"Si el señor don Bosco ha merecido y merece bien de la Iglesia, yo pienso no haber desmerecido, y no veo por qué se le deben conferir privilegios que importarían castigo para mí.
"Y si se le han de conferir, en daño de mi jurisdicción, aguárdese al menos mi muerte, que no tardará mucho, o déseme tiempo de retirarme de este puesto."
Tensiones
Esa carta ponía de manifiesto que las tensiones entre el Arzobispo y el Santo habían llegado a su punto álgido; lamentablemente, habían trascendido a la prensa y se comentaban en los corrillos clericales. Y un día explotaron: la espoleta fue la, negativa del Arzobispo a darle las licencias a don Bosco para renovar su patente de confesar.
No era un episodio desconocido en la vida de la Iglesia. También san Felipe Neri se había visto desposeído de esta facultad por el Cardenal Vicario de Roma". Don Bosco reaccionó con humildad, al igual que san Felipe, pero comprendió que tras esta decisión, su situación al frente de una Congregación se volvía insostenible; al menos, en Turín. Decidió irse al Seminario que regía don Bonetti.
"Mañana me alejo de Turín -escribió al Arzobispo en las Navidades de 1875- para eludir el responder a las preguntas que ya se me hacen acerca de esto. Ahora le ruego humildemente que quiera renovarme la facultad para evitar comentarios y escándalos; y como la medida adoptada supone grave motivo, siendo un pobre sacerdote, Superior de una Congregación definitivamente aprobada y nombrado por la Santa Sede misma, le suplico respetuosamente que se digne enmendar cualquier yerro en que hubiese incurrido".
Ante el Papa
Mientras tanto don Bonetti había escrito directamente al Papa: "Vuestra Santidad -le expuso que conoce plenamente la virtud de mi superior, puede imaginarse si' será capaz de cometer un delito que merezca pena tal, como sólo se inflinge a los sacerdotes más escandalosos."
No fue necesaria la intervención del Papa, ya que el Arzobispo, al recibir al carta de don Bosco, le concedió de nuevo las facultades. Pero aquello era sólo una tregua en el combate. Siguieron circulando por los despachos de la Curia Romana informes profundamente negativos sobre los salesianos: se les tachaba de altaneros, de ignorantes, rebeldes... Se advertía la labor callada del Arzobispo, dolido por no dominar a su antojo los destinos de la Congregación.
-¡Qué le vamos a hacer! -comentaba don Bosco-. El Arzobispo quiere mandar en la Congregación y esto no es posible.
Tras un breve período de calma las aguas volvieron a alterarse con la aparición de cuatros libros anónimos en los que se criticaba duramente la figura del Arzobispo. Uno se titulaba Pequeña muestra de las doctrinas de monseñor Gastaldi; otro La cuestión rosminiana. Nadie dudó -comenzando por el propio Arzobispo- que don Bosco los había promovido para desacreditarlo.
"Solamente a los años -explica Wast- se ha sabido que el padre Ballerino, jesuita, y el canónigo Anfonsi, antiguo salesiarso, eran los autores de los dos referentes a la filosofía de monseñor". Otro era de un tal Turchi. El autor del cuarto permanece en el misterio.
Tiempo más tarde don Bosco se enteró en Roma que el Arzobispo intentaba promover un proceso contra él. Rompió entonces su silencio y envió una larga exposición de hechos a la Congregación de Cardenales:
"Hace más de diez años que el suscripto y la Congregación Salesiana sufren vejaciones graves por parte del Obispo de Turín monseñor Lorenzo Gastaldi. Hasta aquí las hemos tolerado en silencio. Los tiempos son difíciles para la Santa Iglesia y yo no quería molestar a la Congregación provocando su autorizado y supremo juicio.
”Me dolía también reclamar contra una persona a quien siempre he profesado estima y veneración. Y habríamos continuado soportando en silencio todas las molestias y dificultades; pero últimamente el Arzobispo se ha dirigido a la Sagrada Congregación del Concilio y ha publicado cosas infamantes para el suscripto y la Pía Sociedad Salesiana...".
León XIII leyó aquellas líneas con sorpresa y la Sagrada Congregación se dispuso a resolver aquel asunto en contra del Obispo. Pero el Papa opinó que era mejor, para el bien de la Iglesia, que las cosas se resolvieran de otro modo: "Don Bosco escribirá una carta a Mons. Gastaldi expresándole su desagrado por los incidentes que en los últimos años han alterado sus relaciones y causado pena al corazón del Arzobispo. Si Mons. Gastaldi ha podido creer que él o algún miembro del Instituto ha sido la causa, don Bosco pedirá perdón y rogará al Arzobispo que olvide el pasado."
Fue un acto heroico de humildad. Y don Bosco tuvo que pedir disculpas por algo que no había cometido.
Las pruebas y contradicciones acabaron sólo con la muerte del Arzobispo. Sólo entonces León XIII se decidió a concederle a don Bosco los famosos privilegios. "Ahora -le dijo el Papa en el transcurso de una audiencia- el pobre monseñor no podrá oponerse. ¡Ése sí que era un adversario! Ya veis... ni siquiera el Papa muchas veces puede hacer todo lo que quiere...".
"¿Hemos de asombrarnos? -se pregunta Wast-. No hay vida de santo, escrita con verdad, que no tenga muchas páginas iguales. Por algo se lee en el Evangelio de San Juan este anuncio de Jesús a sus discípulos: `Os arrojarán de las sinagogas y vendrá una hora en que cualquiera que os haga morir creerá servir a Dios'".
La piedra de escándalo
A santa Micaela, a la que la biógrafa Elisa Barraquer denominó La siempre calumniada, le sucedió algo similar. Una fuerte campaña de calumnias en su contra hizo que algunos Obispos le pusieran muchas dificultades a su labor apostólica con mujeres descarriadas. En su Autobiografía, la Madre Sacramento evoca una entrevista, con el Arzobispo de Burgos, que da idea de algunas de las incompresiones que tuvo que sufrir la Santa por parte de muchos otros prelados del país.
La Fundadora fue a visitar al Arzobispo acompañada de una mujer que vivía en su colegio: "El Arzobispo –recordaba Santa Micaela- la saludó a ella y la habló como si fuera sola o no hubiera hecho alto en mí.
-¿Dónde está usted al fin?
-Señor, estoy en el Colegio de las Desamparadas.
-Cómo, si se lo prohibí a usted.
-Señor, en aquel establecimiento no me podían tener y la Junta mandó que saliera.
-Y se fue a meter en el infierno. Que sin conocerlo que usted se metiera, lo comprendo; pero que a sabiendas se meta usted en el infierno, no lo comprendo. ¿No ve usted, mujer, que es una casa de desorden, sin religión, donde se vive peor que en una casa pública, donde la Superiora es la primera piedra de escándalo?".
Cuando la mujer le comentó que su acompañante era precisamente la Fundadora, el Prelado insistió con más fuerza: "Me alegro. Yo la arrancaré el velo de la hipocresía con que se cubre. ¿No ha visto usted cómo no la he querido ni saludar siquiera a su entrada? Y si no fuera por venir con usted la hubiera hecho salir de mi casa".
Y siguió recriminándola a lo largo de hora y media. Al día siguiente, ya mejor informado, el Arzobispo acudió a pedir perdón a la Santa.
En 1862 el Obispo de Valencia le hizo otra reprensión parecida. La riña fue tan acre y fuerte que a la Santa se le quebrantó la salud. Salió de aquella entrevista, cuenta la que le acompañaba, " angustiadísima y llorando amargamente. Tenía tal aflicción que hubo necesidad de dársele un vaso de agua y esperar a que estuviese algo serena para volver a casa y al momento se acostó enferma".
También se puso en su contra el Obispo de Santander y el de Barcelona, que en el transcurso de una comida, se estuvo burlando de ella con sarcasmo. La Santa, mientras tanto, no abrió los labios.
Muchos eclesiásticos compartieron esa actitud crítica o al menos reticente hacia ella. Consideraban que aquella labor que llevaba entre manos era "tiempo y dinero perdido". Algunos sacerdotes, como Vicente de la Fuente, opinaban "que aquello no podía durar".
De la Fuente, que quiso ser su primer biógrafo en acto de desagravio, intentaba explicar lo inexplicable -la difamación "por caridad" (!)- al describir la conducta de algunas personas: "Y los mismos que lo decían trabajaban para que no durase. Por supuesto que el difamarla a ella y a su empresa -concluye sorprendentemente- era por caridad" .
La Santa se hizo eco en sus escritos de los malos pronósticos de estos agoreros:
"A nadie se le ocurre más que pronosticarme que la cosa duraría mientras mi vida. Muerta yo, todo acabaría. Esta amenaza en tono de profecía me apuraba poco porque estoy persuadida de que a Dios nadie le hace falta".
"Ya tenía noticias -escribe Santa Micaela- de que el Prelado de Barcelona no nos desaprobaba; pero no éramos de su mayor agrado y ya había sucedido alguna vez que habían querido dar alguna crecida cantidad de dinero y consultando con el Señor Obispo donde la habían de dar, las aconsejó en otras partes. Y algunas personas deseaban darlo para nuestra casa. Y sé que varias veces ha dicho que estos colegios no tienen porvenir; que yo no tengo cabeza, que soy una corretona y no pienso más que en viajary me gusta estar hoy aquí, mañana allí".
Comenta el biógrato que "en Barcelona no cayó madre Sacramento muy bien. Su presentación de noble, sus modales finos, su amena conversación, su soltura envidiable no gustaron. Queríanla con las manos metidas en las bocamangas y con los ojos en el suelo, como una Fundadora de la Edad Media". "Estos falsos profetas -concluye el biógrafo- no consiguen aplanarla."
Y especifica: "a ella". Porque sus colaboradoras pronto acusaron el golpe. Como comentaba la propia Santa: "se decía que yo me arruinaba y no podía seguir y me iría aburrida a mi casa. En verdad que bien había porqué a no ser Obra de Dios. Todo esto influyó tanto en las dos Maestras que me quedaban que después de la Misa Mayor se fueron dejándome sola con mi Colegio".
Una "cueva de modernistas"
Hemos considerado algunas incomprensiones entre Fundadores y Prelados, generadas en la mayoría de las ocasiones -como le sucedió a la beata Juana Jugan- por causas ajenas a los propios interesados y por una defectuosa información de los Obispos.
Esas incomprensiones por parte de algunos miembros de la Jerarquía -tan explicables desde un punto de vista humano- hicieron sufrir profundamente a las almas santas. "Me duele mucho comprobar -escribía Roncalli, el futuro Papa Juan XXIII en sus notas personales- la distancia entre mi modo de ver las situaciones sobre el terreno y ciertas formas de apreciación de las mismas cosas en Roma: es mi única verdadera cruz".
El secretario del Papa, Loris Capovilla hace una anotación que permite adivinar la causa de esa "Cruz": la divergencia de opiniones de algunos miembros de la Jerarquía y Mons. Roncalli, durante su estancia en Turquía, sobre algunas cuestiones litúrgicas, como el "Bendito sea Dios" en turco.
En este sentido el Cardenal Ferrari, hoy en los altares, sufrió una incompresión muy dolorosa, porque provenía de la misma Santa Sede y de una persona santa con la que gozaba de amistad personal: el mismo Papa, hoy San Pío X. Ferrari había accedido al solio cardenalicio de Milán en 1894 y hasta su muerte en 1921 tuvo que soportar numerosas pruebas: las campañas anticlericales de comienzos de siglo, la turbulencia del movimiento modernista, los horrores de la guerra mundial... Pero su prueba más dolorosa le vino del propio seno de la Iglesia, de la mano de los que le enfrentaron torcidamente con la persona que más veneraba: el Vicario de Cristo.
El Cardenal pasó, como señala Domenico Mondrone, muchas humillaciones "en el seno de la Iglesia por obra de unos pocos hombres que se creían en el derecho de controlar la ortodoxia, vigilando su trabajo pastoral, acusándolo privadamente en alto o divulgando en la prensa presuntas desviaciones de las `directivas pontificias' de las cuales ellos parecían ser los únicos intérpretes ...".
En el revuelo que se formó durante la crisis modernista se acusó al Cardenal de infidelidad y deslealtad a las directrices del Papa. Se dijo que su diócesis era una "cueva de modernistas" y que su Seminario, por el que tanto velaba, era un "semillero de modernismo". Esto se contradecía con la realidad de los hechos: aunque era cierto que en los círculos culturales de Milán se respiraba ese ambiente modernista, el dato cierto es que ninguno de los dos mil sacerdotes de su archidiócesis se negó a prestar el juramento antimodernista pedido por la Iglesia.
La información llegaba muy sesgada al despacho del Papa que actuaba con fortaleza, pensando siempre en el bien de las almas, y juzgando conforme a los datos que le daban. Pesaba la amenaza modernista, el momento era crítico y cierta prensa estaba decidida a formar alboroto. Y la negativa de un joven sacerdote, Luis Fontana, a prestar el juramento antimodernista, le dio una ocasión formidable.
Fontana abandonó el sacerdocio cuatro días más tarde y un periódico, La Riscossa, concluyó tajantemente: "¿Dónde se pegó el modernismo a Fontana? Forzosamente en el Seminario. ¿Cómo es que nadie en el Seminario se percató de lo que sucedía? Porque el Seminario de Milán -concluía La Riscossa- es un `semillero de modernismo'."
La gritería fue colosal
"La gritería fue colosal -escribe un biógrafo de Pío X-. La prensa de toda Italia participó en el escándalo a favor o en contra de `La Riscossa'". Siguieron cartas de apoyo y de protesta; una pastoral de Ferrari mal interpretada, una carta personal del Papa intentando aclarar el asunto... Tiempo más tarde el Papa recibió al Cardenal con gran afecto y le dijo que "lo perdonaba una y mil veces".
Esos malentendidos se fueron haciendo cada vez mayores y se formó "entre él y el Papa San Pío X -escribe Mondrone- una cortina de humo llena de malentendidos, dudas y sospechas, que algunos, sin el conocimiento de los dos santos, en nombre de una miope intransigencia y con una desenvoltura poco escrupulosa, volvieron cada vez más densa y oscura.
”La consecuencia fue que el santo Cardenal tuvo que sufrir no sólo a causa de la Iglesia sino que la misma Iglesia fue la causante de sus sufrimientos y en concreto el Papa San Pío X. No sólo le parecía al Papa que el Arzobispo de Milán era demasiado tibio en la lucha contra el modernismo y demasiado condescendiente con los modernistas, sino que rozaba quizá la deslealtad. Lo peor es que los sentimientos del Papa corrían de boca en boca y llegaban a Milán, donde algunos miembros del clero y del laicado, para mostrarse celosos defensores del Papa, le quitaron su estima a su Arzobispo.
”Ahora el Cardenal y el Papa, ya en la gloria del Cielo, gozarán juntos al contemplar el juego de la Providencia que lo dispone todo para el bien de los que aman a Dios y le buscan con corazón sincero. Todo: incluso las dolorosas incomprensiones mutuas que acompañan el caminar humano de los santos".
Ferrari no fue el único que sufrió durante ese período. Algunos no entendieron el apostolado que hacía don Orione, Fundador de la Obra de la Divina Providencia, con sacerdotes modernistas, intentando ayudarles, y lo denunciaron, como recordaba años más tarde, al "Santo Oficio como modernista, en carta al P. Pasqualigo, que fue a dar en manos del Santo Padre Pío X; él me la hizo llegar a través del Cardenal Merry del Val: ¡con lo que significaba denunciar a alguien como modernista ante Pío X!".
Con el aliento de la Jerarquía
El propio José Melchor Sarto, futuro san Pío X, había experimentado en carne propia el peso de las incomprensiones, a las que dio siempre la respuesta de los santos: el perdón. Siendo Obispo de Mantua se difundió por la ciudad un folleto denigratorio contra él. Cuando se supo el nombre del ofensor, un comerciante, diversas gentes pidieron al Arzobispo que lo llevara a los tribunales. "Necesita más oraciones que castigos", dijo el Obispo. Tiempo más tarde el comerciante se quedó en la ruina, y el primer auxilio le vino de manos del Obispo:
-No digáis quién manda el dinero. Si pregunta, contestadle que la Virgen Auxiliadora.
Contra Josemaría Escrivá
En otras ocasiones las consecuencias revierten directamente sobre los miembros de la Jerarquía que defienden a los hombres y mujeres santos. Por ejemplo: algunos miembros de la Jerarquía española tuvieron que aclarar, durante la posguerra española, las maledicencias e insidias que se propalaban contra san Josemaría Escrivá.
El Cardenal Frings relataba cómo un día un religioso había visitado al Arzobispo de Madrid, don Leopoldo Eijo y Garay y le dijo: "'Excelencia, ya sabe que ha surgido una nueva herejía: el Opus Dei.' Pero el Obispo le respondió -cuenta Frings- que él había investigado el asunto, que le había parecido bien y que siempre había apoyado la Obra".
Antes de que san Josemaría marchara a Roma, a comienzos de los años cuarenta, se desarrolló en toda España y especialmente en Barcelona una fuerte campaña contra él. El Abad coadjutor de la Abadía de Monserrat, Dom Aurelio M. Escarré, se interesó por la veracidad de tantas murmuraciones como corrían por la ciudad y preguntó a las autoridades competentes qué era el Opus Dei. El 9 de mayo de 1941 escribió una carta a don Leopoldo, Prelado de la diócesis de Madrid, en la que había nacido el Opus Dei, para pedirle informes.
Don Leopoldo contestó al Abad el 24 de mayo de 1941:
"Ya sé -escribía- el revuelo que en Barcelona se ha levantado contra el Opus Dei (...). Lo triste es que personas muy dadas a Dios sean instrumento para el mal; claro es que putantes se obsequium praestare Deo." Y después de decirle que conocía el Opus Dei desde su fundación en 1928, concluía: "creáme, Rdmo. P. Abad, el Opus es verdaderamente Dei, desde su primera idea y en todos sus pasos y trabajos (...). Y sin embargo, son hoy los buenos quienes lo atacan. Sería para asombrarse si no nos tuviese el Señor acostumbrados a ver ese mismo fenómeno en otras obras muy suyas".
La correspondencia siguió y, en una carta del 1 de septiembre, Mons. Eijo y Garay contestó a otras dos cartas del Abad, informándole de la agudización de la campaña en contra del Opus Dei. El Obispo reiteraba su aprecio a la labor de los miembros del Opus Dei. "Va segura porque va de la mano de los Obispos -escribía-, bien asida a ellos y sin más afán que obedecerles y servir a la Iglesia."
Y proseguía más adelante:
"Dígame si no es persecución, y cruelísima, llamar a esa Obra que V. R. conoce y estima y por la que tan justamente se interesa, masonería, secta herética, hijuela de lo de Bañolas, antro tenebroso que pierde a las almas sin remedio; y a sus miembros, iconoclastas e hipnotizados, perseguidores de la Iglesia y del estado religioso, y tantas otras lindezas por el estilo; y mover contra ellos las autoridades civiles y procurar la clausura de sus centros y el encarcelamiento de su Fundador y la condenación en Roma; y lo más trágico y doloroso, encizañar por todos los medios desde el confesonario hasta la visita a domicilio a las familias de los que quieren bien al Opus Dei. Si esto no es persecución durísima -se preguntaba el Prelado-, ¿qué lo podrá ser?" .
Pueden encontrarse numerosos ejemplos de este tipo en santos canonizados en nuestra época, como santa Virginia Centurione. Se lee en su biografía:“Abandonada por las Auxiliares, desautorizada de hecho por los Protectores en el gobierno de su Obra y ocupando el último lugar ente las hermanas de la casa de Cariganno”. San Marcelino Champagnat se encuentra se encuentra con dificultades de todo tipo, en primer lugar en los medios eclesiásticos... y así, un larguísimo etcétera.
Estos malentendidos entre personas de recta intención, pero confundidas y habitualmente bienintencionadas, muestran de un modo aún más patente la virtud de los santos, y confirman las enseñanzas de San Pablo que ya hemos citado: "todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios".
"Saquen con honra -enseñaba la Santa de Ávila- a las hijas de la Virgen y hermanas suyas en esta gran persecución, que si se ayudan, el buen Jesús las ayudará, que aunque duerme en la mar, cuando crece la tormenta hace parar los vientos".
Capítulo IV. Denuncias ante los tribunales eclesiásticos
Aunque la Jerarquía de la Iglesia, como hemos señalado con anterioridad, ha alentado habitualmente a los hombres de Dios en su labor apostólica, no han faltado ocasiones en las que los santos han sido acusados falsamente ante los Tribunales eclesiásticos.
Han sido pruebas dolorosas tanto para la propia Iglesia como para los santos, que han sabido descubrir en todos esos acontecimientos la mano providente de Dios.
Las palabras de Teresa, cuando le hicieron ver la posibilidad de ser juzgada por la Iglesia, reflejan la actitud general de los hombres de Dios ante esta contradicción: confianza en Dios y confianza en la Iglesia.
"Harto mal sería para mi alma -escribía la Santa- si en ella hubiese cosa que fuere de suerte que yo temiese la Inquisición; que si pensare había para qué, yo me la iría a buscar; y que si era levantada (una calumnia), el Señor me libraría y quedaría con ganancia"
Entre los numerosos casos de acusaciones al Santo Oficio que podrían citarse –como san Pío de Pietrelcina y tantos otros-nos limitaremos a recordar las denuncias contra san Ignacio de Loyola, san Juan de Ávila, san José de Calasanz o el siervo de Dios José Kentenich.
Volveremos a lo de siempre
En el conocido relato que hizo san Ignacio de Loyola al P. Luis Goncalves da Camara, denominado habitualmente Autobiografía, se consignan las penalidades que tuvo que sufrir el Santo con los Tribunales eclesiásticos.
San Ignacio fue juzgado primero por el Vicario en Alcalá, Juan Rodríguez de Figueroa, en noviembre de 1525. En marzo de 1527 se le volvió a procesar; en abril fue encerrado en la cárcel; y en mayo comenzó su tercer proceso.
De allí fue a Salamanca, donde, tras un coloquio con los Dominicos, entró de nuevo en la cárcel a finales de julio. En agosto fue absuelto y fue a París, donde se encontró con que "se habían levantado grandes rumores acerca de él y que el inquisidor le había hecho llamar.
Mas él no quiso esperar, y se fue al inquisidor, diciéndole que había oído que lo buscaba; que estaba dispuesto a todo lo que quisiese (...), pero que rogaba que lo despachase pronto porque tenía intención de entrar por San Remigio de aquel año en el curso de Artes; que deseaba que esto pasase antes para poder mejor atender su estudios. Pero el inquisidor no le volvió a llamar, sino sólo le dijo que era verdad que le habían hablado de sus cosas" .
"En aquel tiempo del curso -prosigue la Autobiografía no le perseguían como antes. Y a este propósito una vez le dijo el doctor Frago que se maravillaba que anduviese tan tranquilo, sin que nadie lo molestase. Y él respondió:
-La causa es porque yo no hablo con nadie de las cosas de Dios; pero terminado el curso, volveremos a lo de siempre".
Ante la Inquisición de Sevilla
También san Juan de Ávila tuvo que sufrir a causa de "lo de siempre", es decir, las acusaciones falsas, las murmuraciones y las insidias. El apóstol de Andalucía fue denunciado ante la Inquisición de Sevilla en el año 1531. Se le acusaba de haber proferido en Écija algunas "proposiciones sospechosas contra la Fe católica".
Sus primeros acusadores fueron Leonor Gómez de Montenussó, que le acusó de haber dicho en confesión "que los quemados por el Santo Oficio eran mártires"; Andrés Martel, jurado de Écija, que afirmó que el Santo había dicho, en casa de Francisco Aguilar, estando presente su hermano Antonio, que no había salvación para los que volvían a pecar habiendo obtenido perdón después de estar en peligro de muerte; y un tal Felipe Labrador, que aseguraba haberle escuchado esta frase durante un sermón: "Lo que digo es verdad, y si no es verdad Dios no es verdad."
A ellos se sumó un sacerdote, Onofre Sánchez, que denunció otras proposiciones sospechosas.
Comenzó de este modo un enrevesado proceso en el que se sucedieron nuevas denuncias y testimonios contradictorios. Antonio Aguilar dijo que no había entendido lo mismo que aseguraba haber oído Andrés Martel; y mientras testigos y denunciantes se contradecían entre sí surgió una nueva denuncia, esta vez en Alcalá de Guadaira: un médico, Flores, aseguraba haberle oído hablar al Santo de "una Iglesia del demonio". Más tarde el párroco de Alcalá de Guadaira denunció al propio Flores por varias proposiciones contra fidem y por sus intentos para impedir el fruto de los sermones de Juan de Ávila en aquella localidad.
Depusieron a favor del acusado 55 testigos que denunciaron la mala voluntad, los rencores personales y el afán por retorcer tendenciosamente las palabras del Santo que movía a aquellos detractores.
El Santo Oficio escuchó las acusaciones y tras la fiesta de San Pedro de 1532, dictó la orden de prisión. Una vez encarcelado el Santo fue sometido a sucesivos interrogatorios, hasta que el 16 de junio de 1533 los inquisidores lo absolvieron plenamente, aunque, eso sí, recomendándole que, en lo sucesivo, atendiese "mucho y se modere en su manera de hablar".
Al salir le mandaron predicar en la iglesia del Salvador de Sevilla, donde "en apareciendo en el púlpito, comenzaron a sonar las trompetas, con gran aplauso y consolación de la ciudad".
A los ochenta y seis años
Más breve fue el interrogatorio que tuvo que sufrir san José de Calasanz; pero de consecuencias más trágicas. Como explica Fray Justo Pérez de Urbel, lo que sucedió en vida del Fundador en el seno de la Orden de las Escuelas Pías, fue "una de esas cosas que Dios permite para purificar un alma y levantarla a las cumbres más altas del heroísmo. Toda una Orden va a ser sacudida y zarandeada por las tormentas más furiosas de la pasión, para descubrir en toda su belleza maravillosa la paciencia y la humildad del Fundador" .
El Fundador se encontró ante una masa ingente de niños y con una notable escasez de maestros. Se intentaron varias soluciones, como la unión con la Congregación Luquesa, que fracasaron. Al fin, se fundaron las Escuelas Pías, que tuvieron un notable desarrollo. Pero en 1636 la situación se volvió borrascosa.
"Hijos míos -decía-, rogad por mí; que el Señor me dé paciencia para vencer las tribulaciones. Debo ser zarandeado intensamente. San Francisco tuvo un sólo fray Elías; yo tendré muchos."
La situación interna de la Orden en aquellos determinados momentos se deduce por las palabras del propio Calasanz: "Comunico a vuestra reverencia -escribía el Santo a un Provincial en 1635- que muchos de los nuestros se hallan en las más tristes disposiciones. No pueden ir peor las cosas y sólo de la mano de Dios espero el remedio." "En Roma -relata Pérez de Urbel- un coadjutor intentó quitarle la vida; otros le amenazaron descaradamente; otro se le acercó una vez, estando en la sacristía, para decirle que era un inútil y que debía renunciar" .
No disponemos del espacio necesario para describir el marco en el que sedesarrolló esta historia: el confuso ambiente espiritual de la época; la interrelación -confusión, tantas veces- que se daba, en algunos ambientes eclesiásticos, de las cuestiones religiosas con las temporales; la deficiente situación del clero y el delicado momento político que atravesaban los diversos Estados de la península italiana. Bastará con señalar que las contradicciones más graves que sufrió el Santo tuvieron un nombre propio: el Padre Mario Sozzi, un personaje de perfil oscuro y contradictorio.
Este sacerdote que vistió el hábito escolapio en 1630 era un hombre "inquieto, soberbio -escribe Giner-, lleno de sospechas contra sus hermanos en Religión, a los que impacientaba con sus delaciones por fútiles motivos. Después de girovagar por algunos Colegios, siempre mal soportado por los religiosos, fue mandado por segunda vez a Florencia" 8. Allí descubrió un ignominioso asunto de meretricio, en el que estaba involucrado un canónigo de la catedral. Su delación le granjeó las simpatías del inquisidor de Florencia y, posteriormente, la Inquisición Romana.
Más tarde el General lo trasladó a Narni, a instancias de su comunidad a la que hacía la vida imposible. Pero el P. Mario consiguió que por influencia del Asesor del Santo Oficio, Mons. Albizzi, se le trasladara de nuevo a Florencia.
Allí denunció de nuevo a otros escolapios de herejía, en unas turbias actuaciones en las que tuvo siempre la habilidad de presentarse como un hombre perseguido. Logró engañar al Santo Oficio, que impuso al Fundador que lo nombrara Provincial de Toscana, ante el escándalo de los religiosos, que conocían la verdad de los hechos.
Al llegar a Florencia muchos no quisieron recibirle. El P. Mario hizo recaer entonces todas las sospechas sobre el propio Fundador, lanzando el infundio de que era él, el mismo José de Calasanz, el que instigaba, desde Roma, las reticencias de los otros escolapios contra él.
En julio de 1642 se trasladó de nuevo a Roma donde siguió con sus maquinaciones. Consiguió que Mons. Albizzi enviara un notario al Padre General amenazando con graves penas a los que no le obedecieran. "Apoyado en la protección del Santo Oficio -relata Giner-, insinuó amenazas contra el Cardenal Cesarini, Protector de la Orden." Cesarini mandó entonces que se registrara la habitación del P. Mario, y a pesar de las advertencias del Santo Fundador que presagiaba consecuencias graves, los mandatarios del Cardenal llevaron a efecto el registro.
La reacción del P. Mario fue acusar al Santo ante Mons. Albizzi "como responsable del registro -continúa Giner- y violador de la jurisdicción del Santo Oficio, pues entre los documentos había algunos relacionados con el Santo Tribunal. Mons. Albizzi, fiándose de las calumnias del P. Mario se presentó en persona en la Casa de San Pantaleón" .
Era el 15 de agosto de 1642. "José, que estaba en la iglesia -relata Pérez de Urbel-, presentóse a la puerta, pero fue recibido con este lacónico saludo: `Sois preso.' Inmediatamente se encontró rodeado de soldados, que se apoderaron de él para llevarle a las prisiones de la Inquisición, sin darle tiempo para coger el capote ni el sombrero. La multitud se agolpaba en la calle atraída por el súbito infortunio de aquel anciano de ochenta y seis años".
"Marchaba el siervo de Dios -comentaba un testigo- sin turbarse, a la hora del mediodía, en lo más fuerte del calor, por la larga calle de Bianchi, con la cabeza descubierta y el semblante tranquilo y alegre".
Entraron en la cárcel a las doce, donde el Santo se quedó profundamente dormido. A las seis horas llegó Albizzi: "No saldrá de aquí en tanto no sean devueltas las escrituras que ayer tarde le fueron robadas al P. Mario."
El asunto se aclaró: ninguno estaba presente cuando se hizo el registro por orden del Cardenal Cesarini. Dejaron libre al Fundador aquella misma tarde, pero no cesaron las maquinaciones delP. Mario, que logró -con la ayuda de Albizzi- que la Inquisición le confirmase como Provincial de Toscana bajo su total jurisdicción, con plena independencia de su General 12. y allí marchó de nuevo en el mes de octubre.
En Toscana siguió promoviendo nuevos escándalos eclesiásticos, y su actitud fue mal vista por el Gran Duque que, en plena lucha entre Médicis y Barberinis, acabó desterrando al P. Mario de Toscona acusándole de vasallo infiel, embustero y espía de guerra.
De nuevo las iras del P. Mario recayeron sobre el General y se concretaron en el tristemente famoso Memorial Calumnioso que envió, según su costumbre, al Santo Oficio.
Ese Memorial, escribe Bau, "es un monumento de habilidad en lo que dice, en lo que calla, en lo que insinúa, en lo que remacha, en lo que entrelaza, en lo que pide, en lo que rehúsa, en lo que intriga...".
Engañado de nuevo, Mons. Albizzi pidió a Urbano VIII que nombrase al P. Mario Vicario General de toda la Orden con todos los derechos, facultades y honores. La intención del Papa era posiblemente -como señala Jorge Sánthaque Calasanz se quedase con el título honorífico de General y que el P. Mario asumiese el gobierno efectivo 16. Se hablaba ya de una posible extinción de la Orden.
Tras diversas peripecias se promulgó más tarde un Decreto en el que, entre otras cosas, se suspendió al Fundador de su cargo y a sus cuatro Asistentes, yse nombró a otros cuatro, el primero de los cuales sería el P. Mario.
A partir de entonces, como relata Pérez de Urbel, al Fundador "se le trataba despóticamente, se le tenía de rodillas como a un culpable, se le vigilaba como a un malhechor. `Viejo chocho -le decía el nuevo Superior-, no quieren obedecerme y usted no los sosiega.' José callaba, obedecía y se esforzaba por hacer obedecer a los demás".
Durante ese período, el P. Mario "tiranizó a la Comunidad, hasta el extremo de que los Asistentes recién elegidos renunciaron a su cargo, asqueados por la conducta altanera e insoportable del triunfante Primer Asistente.
”Pero su gloria duró poco. Todavía no se había cumplido el año de su gobierno, cuando a finales de aquel verano contrajo una terrible enfermedad, tal vez lepra, que en poco tiempo se lo llevó a la tumba. El 10 de noviembre de 1643 murió sin reconciliarse con su víctima". Sin embargo el Santo intentó "visitarle, consolarle y aconsejarle" hasta el último momento, pero el P. Mario no lo consintió.
No se acabaron las penas de san José de Calasanz tras la muerte del P. Mario. Tuvo que soportar nuevas maquinaciones y persecuciones contra él, que sobrellevó con una paciencia ejemplar. No en vano se ha comparado su figura con el santo Job. Fue elegido, como fruto de una antigua intriga del P. Mario, el P. Querubini, considerado por muchos "el trapo más sucio de todo el Instituto", que supo presentarse, al igual que el P. Mario, como una víctima inocente de las maledicencias ante los Cardenales. Ante esta situación volvió a debatirse de nuevo la extinción de la Orden.
Más tarde se consiguió una sentencia por la que el Fundador fue reintegrado oficialmente a su puesto; pero fue tanta la alegría de los escolapios fieles al conocer la noticia que, Mons. Albizzi, engañado por los seguidores de Mario y Querubini, logró qué la sentencia se sobreseyera antes de que se hiciera oficial.
Nuevas intrigas provocaron que antes de fallecer el Santo tuviese la amargura de contemplar la promulgación del Breve del Papa Inocencio X Ea quae pro felici, de 16 de marzo de 1646, que tenía como fin disolver la Orden de las Escuelas Pías.
El 25 de agosto de 1648 murió san José de Calasanz, infundiendo en todos los que le seguían su confianza en la restauración total del Instituto, como sucedió tiempo más tarde.
Desterrado en Milwaukee
No tan alejado de nosotros por el tiempo, en el siglo XX, el Padre Kentenich, cuya Causa de Canonización se incoó el 10 de febrero de 1975, también tuvo que sufrir su "contradicción de los buenos" por parte de la Jerarquía eclesiástica. Seguimos el estudio de Monnerjahnn: José Kentenich. Una vida para la Iglesia.
José Kentenich fundó el 18 de octubre de 1914 la Obra de Schonstatt y más tarde el Instituto de las Hermanas de María, persuadido de que eran Voluntad de Dios. "Si Schonstatt no fuera obra de Dios -había escrito durante los años veinte- no movería un dedo por ella".
Durante la Segunda Guerra Mundial, el Fundador arrastró numerosos padecimientos y pasó cuatro años en un campo de concentración nazi. Con el tiempo, la fundación cobró gran vitalidad y vigor apostólico, aunque el Fundador, en su humildad, decía el 8 de julio de 1950: "Tengo la impresión de que no he hecho nada en estos cuarenta años. No crean que es exageración. Es literalmente así. Hay un estado de ánimo peculiar, que el Salvador acuñó en su forma clásica: `Y cuando todo lo hayáis hecho, decid: Siervos inútiles somos."
Sin embargo, junto con ese desarrollo apostólico no faltaron críticas e incomprensiones. A algunos, aunque reconocían que con Schonstatt "había partido de una enorme ola de conciencia de misión apostólica y de profunda devoción mariana", les parecía que la dependencia del movimiento con el Padre Kentenich "excedía toda medida razonable".
En 1950, relata Engelbert Monnerjahn, "el Santo Oficio nombró un Visitador apostólico en la persona del jesuita holandés, Padre Sebastián Tromp, profesor de la Universidad Pontificia Gregoriana y consultor del Santo Oficio. En la Semana Santa de 1951 llegó el Padre Tromp a Schónstatt para una primera y breve estancia. Un encuentro entre el Visitador apostólico y el Padre Kentenich tuvo lugar a principios de mayo del mismo año, cuando de vuelta a Suramérica, el Padre Kentenich se detuvo en Roma. En la entrevista le propuso el Visitador que para solucionar las dificultades, optara por separarse voluntariamente de su Obra. Si accedía espontáneamente a la separación quedaba siempre la posibilidad de volver a ella algún día en un futuro lejano. En cambio, si se le imponía la separación no podría contar con esa posibilidad".
El Padre Kentenich oró, reflexionó y consultó con sus allegados. Al final comunicó al Visitador que por fidelidad a su Obra no podía pensar en una separación voluntaria; pero que aceptaría la autoridad eclesiástica si se la ordenaba.
El 31 de julio llegó un decreto que le deponía del cargo de Director de las Hermanas de María. Les escribió entonces una breve carta:
"Mis queridas hermanas:
(...) Declaremos de boca y corazón que nos sometemos a las órdenes de toda autoridad legítima. Esto se aplica especialmente al caso de la autoridad suprema. Todo lo demás lo dejamos en manos de Dios y la Santísima Virgen. Y luego seguimos sin amargura trabajando como hasta ahora en la obra de nuestra vida, aunque hayamos de renunciar a costumbres y formas de vida con las que nos hemos encariñado. Sea éste nuestro regalo para la gran festividad de nuestra amada Madre. No faltará la retribución.
"Con un saludo cordial y bendición sacerdotal. J. K."
El 30 de septiembre llegó otro decreto que le prohibía la estancia en Schónstatt. El 22 de octubre Kentenich partió para Suiza.
El 1 de diciembre el Visitador le ordenó que abandonara Europa y le depuso del cargo de las ramas de la Liga de Schonstatt.
En enero del 52 se le asignó como domicilio la residencia de los palotinos de Milwaukee. Pero como los visados no podían conseguirse con tanta rapidez, se le dio permiso para volar a Suramérica y esperar allí el visado suramericano.
El 21 de junio de 1952 Kentenich llegó a Milwaukee, donde estuvo trabajando durante once años como capellán de los emigrantes alemanes, sin mantener, como se había indicado, el mínimo contacto con Schonstatt.
"La consecuencia general de las circunstancias concomitantes -escribe Monnerjahn- fue que la separación de su Obra no se limitaba a un simple traslado, sino implicaba un destierro, y no sólo eso; esta separación, como era de temer, arrojó oscuras y espesas sombras sobre la persona del Padre Kentenich y sobre su Obra. En vano subrayó el Santo Oficio con énfasis que su alejamiento de Schónstatt era una simple medida administrativa, no disciplinar y, por tanto, no equivalía a la imposición de un castigo, al que ni la vida ni la doctrina del Padre Kentenich habrían dado pie.
Por más que todas estas explicaciones respondieran a la verdad, no podían impedir la propagación de rumores y calumnias que afectaban de consuno al Fundador y a la Fundación, máxime si se tiene en cuenta que, a raíz del destierro, no faltaron quienes acudieran a las autoridades eclesiásticas con testimonios agravantes contra él y contra los suyos" .
La visita apostólica no había terminado: duró casi dos años. y muchos pensaron que sería el final de la Obra de Schonstatt. "Sabemos de fuentes bien informadas -escribe Monnerjalm- que el decreto de disolución de la fundación del Padre Kentenich estaba a punto en el escritorio de Pío XII. Sin embargo el Papa no lo firmó. Por el contrario, en el verano de 1953, ordenó que se diera por terminada la visita apostólica. Además el Santo Oficio dio el 3 de agosto su nihil obstat a un Estatuto General que se había elaborado entretanto y que venía a ser una especie de ley fundamental para toda la Obra (...).
"Era claro que el Fundador tenía otra concepción del Estatuto General y que, por ejemplo, no quería verlo recargado de tantas minuciosidades jurídicas; pero en los párrafos, redactados casi todos ellos de modo muy jurídico, no dejaban de encontrarse también elementos espirituales básicos"
Comenzó un tiempo difícil para la fundación, en la que muchas personas ajenas dudaban que fueran ciertas aquellas palabras de Kentenich: "el soplo de Dios ha animado la fundación del Movimiento de Schonstatt" .
Un proceso doloroso
Fue un proceso doloroso -escribe Monnerjahn- "cuya aclaración última ha de buscarse en el misterio de la libertad humana y en los designios y gobierno de la Providencia Divina.
”A partir de ese momento empezó a concebirse la Obra de Shonstatt dependiente de la Congregación de los Palotinos, a pesar de que los miembros del Movimiento defendían su peculiaridad y reclamaban que había habido una iniciativa divina implicada en el acto fundacional del 18 de octubre.
"Más de diez años duraron las vicisitudes de la lucha, que ocupó y preocupó a Obispos, Conferencias episcopales y diversos Dicasterios romanos. Sobre ella se discutió en los pasillos del Concilio Vaticano II y de ella se llegó a hablar indirectamente en la misma aula conciliar.
”Tres Papas trataron el asunto y contribuyeron a resolverlo definitivamente: Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI. Sin exageración cabe decir que la controversia constituye uno de los capítulos más instructivos de la historia eclesiástica de nuestro siglo, y como dijo una vez el Padre Kentenich con razón: Es toda una lección ejemplar.
”Pero para la familia Schonstatt significaba más, porque era una lección vivida de la Providencia divina. Y así se comprende que, aunque aquellos años fueron un Viacrucis y un calvario para Schonstatt, la controversia y la lucha terminaron reforzando su vinculación con la Iglesia".
Con el tiempo la situación se volvió particularmente confusa. "Sé que se critica mucho a Schonstatt -dijo el Nuncio Apostólico de un país suramericano-, pero yo espero que con el tiempo la opinión pública se habitúe a Schónstatt y que las críticas vayan desapareciendo. Por lo demás, no tenéis porqué temer la crítica. Conociendo la historia de la Iglesia se sabe de antemano que movimientos como el vuestro siempre han tropezado con dificultades.
”No puede ser de otro modo, porque vuestro movimiento es de tal vitalidad y predica un cristianismo tan puro y acendrado, que provoca una instintiva reacción de defensa en la gente. No es otro el destino de los movimientos dotados de tal plétora de energía, que invaden todos los sectores de la sociedad".
El milagro de la Navidad
Al fin, se resolvió la situación. En 1963 el entonces Obispo de Münster, Joseph Hóffner, fue nombrado moderator et custos de la Obra de Schónstatt, con lo cual se le confiaba la tutela de toda la Obra.
En 1964 la Santa Sede reconoció oficialmente a Schonstatt, que quedaba desligada de los Palotinos y el 20 de octubre de 1965 los Cardenales del Santo Oficio, en sesión plenaria, suspendieron todas las resoluciones sobre el Padre Kentenich, confirmada dos días más tarde por el Papa.
El 22 de diciembre de 1965, Pablo VI lo recibió en audiencia. Dos días antes había cumplido ochenta años. El día de Navidad volvió a Schonstatt. Era el "milagro de la Navidad", presentido por Kentenich muchos años antes.
Un año más tarde, el 4 de junio de 1966, fueron aprobados los Estatutos de los sacerdotes de Schonstatt por la Santa Sede y, dos años más tarde, el 15 de septiembre de 1968, fallecía, en olor de santidad, el Siervo de Dios José Kentenich.
Hemos dado una visión sucinta de todo el proceso, que fue mucho más complejo y tuvo muchas más connotaciones, como las falsas acusaciones sobre la pretendida carencia de "sentido eclesial" de los sacerdotes miembros de este Movimiento. Sin embargo, como subrayó un Obispo, los sacerdotes de Schonstatt se habían distinguido siempre por su ejemplar "sentir con la Iglesia" y se esforzaban todo lo posible por hacer propias las intenciones del Santo Padre y de los Obispos.
Capítulo V. Acusaciones de ex-miembros contra los santos
Los Fundadores han tenido que padecer con frecuencia una tribulación cuyo precedente se encuentra en las mismas páginas del Evangelio: la defección de alguno de sus hijos espirituales. Se podrían citar numerosos ejemplos sobre este particular, que constituye un antiguo fenómeno en la vida de la Iglesia y de las fundaciones eclesiásticas. Baste con recordar las famosas cartas de san Bernardo a los monjes que abandonaban el monasterio.
A lo largo de la historia de la Iglesia no ha sido extraño que alguno de esos hombres y mujeres se haya convertido, con el tiempo, en un detractor de sus antiguos Fundadores o de las Instituciones a las que pertenecieron.
Recordemos a continuación algunos ejemplos entresacados de las vidas de santa Teresa, de san Franciso de Sales y san Josemaría Escrivá.
Canonizada por toda la ciudad
Entre las mujeres que habían esperado con impaciencia la llegada de santa Teresa a Sevilla en el año 1575, para ingresar en el Carmelo como novicias, había una, cuyo nombre silenciarían más tarde las carmelitas por caridad, que era, en palabras de la Santa -que guardaba sus reservas sobre ella-, "una gran beata que estaba ya canonizada por toda la ciudad".
"Era la pobre -en palabras de la Priora de Sevilla- mucho más santa en su opinión que en la del pueblo, y como en entrando le faltaron las alabanzas y comenzó el toque de la religión a hacer su oficio de descubrir los quilates que habían en lo que ella parecía tanto relucir, hallóse sin nada y comenzóse a descontentar y nosotras mucho más de ella, porque jamás hubo remedio a hacerla acomodar a casa de religión y por ser ya mujer de cuarenta años, de grande autoridad y sabía dar a cada cosa su salida: unas veces se excusaba con que era enferma, y así ni quería comer de nuestras comidas, sacando que cada cosa era enferma e hinchaba, que pudiera leer a Galeno; otras decía que la costumbre y gran calor de la tierra la excusaba. Nuestra Madre, pareciéndola que el tiempo la iría enmendando, y por no la apretar, mandaba la sobrellevásemos y daba licencia que a veces se confesase y hablase con los clérigos sus conocidos" .
Además de lo que señala la Priora, el comportamiento de aquella mujer dentro del convento era bastante extraño; por ejemplo, entre otras rarezas y caprichos, solía presentarse intespestivamente cuando veía que alguna novicia hablaba con la Santa en su habitación...
Tiempo después esta mujer abandonó el Carmelo,furiosa porque había comprobado que aquel género de vida era superior a sus fuerzas y descargó su rencor de modo tristemente tópico: denunció a la Santa ante la Inquisición y un día llamaron a la puerta del convento, entre un tropel de gentes, los jueces y los esribanos, mientras unos alguaciles hacían guardia ante las puertas.
Comenzaron los interrogatorios previos, en los que se acusaba a las carmelitas de seguir los principios de los alumbrados. Hay que hacer notar que por aquel entonces, esa acusación era gravísima; y más aún en una mujer como santa Teresa, cuyos escritos ya habían sido denunciados a la Inquisición y de cuyos éxtasis se hablaba por toda Castilla.
Se acusó a la Santa de que las monjas se confesaban con ella. Fue entonces cuando Teresa de Jesús comprendió quién era su acusadora y el motivo de aquellas intromisiones furtivas en su habitación.
Se acusó a las carmelitas de realizar unas "ceremonias" o "ritos sospechosos". La verdad de tales "ritos" consistía en que, como las monjas no tenían velos suficientes para presentarse en el locutorio, se los pasaban de unas a otras. Ese obligado intercambio de velos era "la ceremonia" sospechosa de herejía.
El rencor es imaginativo; y como después de comulgar las carmelitas solían ponerse en la sombra, de cara a la pared, para la acción de gracias, porque la reja del locutorio estaba en un patio abrasado por el sol, aquella mujer creyó ver allí un nuevo "rito" peligrosísimo. Llegó a asegurar que se ataban unas a otras de pies y manos; y que se flagelaban mutuamente. "Dios quiso que no hayan dicho más", comentó la Priora, María de San José.
No fructificó aquella añagaza por falta de pruebas. "Pero la situación -comenta Auclair siguió siendo grave, pues la suspensión del proceso sólo significaba que faltaban pruebas, y la Inquisición se esforzaba siempre en obtenerlas"-.
Una carta falsa
Si en el caso de santa Teresa hemos perdido el rastro del nombre de la acusadora, en el de san Francisco de Sales contamos al menos con su apellido. Difamó al Santo una tal Belot, sobrina de un Secretario de Estado que no gozaba, según el sentir general, de una reputación muy cualificada .
La señora Belot le había pedido a san Francisco de Sales la posibilidad de vivir durante un tiempo en el convento de la Visitación para cambiar de vida.
San Francisco de Sales tuvo varias conversaciones con ella y parecía que realmente había cambiado de disposiciones. Pero, poco tiempo después, aunque tanto san Francisco como santa Juana de Chantal, Superiora del convento, hicieron todo lo posible por ayudarla, se comportó de manera parecida a la de la novicia carmelitana, y, al igual que ella, abandonó primero el convento y a continuación sus propósitos de vida recta.
A continuación dio sobrados motivos de escándalo en la pequeña ciudad de Annecy, y se convirtió en la amante de uno de los caballeros del séquito del duque de Nemours. Al principio san Francisco hizo todo lo posible por reconducir a aquella mujer hacia Dios de un modo discreto. Pero todo fue en vano. Y a la vista de la dimensión que iba cobrando el escándalo, juzgó prudente recriminar el hecho en público.
Despechado, el amante de la Belot consiguió apoderarse de una carta de san Francisco, copió su letra y escribió una carta falsificada en la que el Obispo le pedía excusas a la Belot y le decía en secreto "su verdaderos sentimientos".
Luego urdieron una pequeña comedia: ella y su amante fingieron un enfado y el amante iba enseñando a todo el mundo, con un supuesto despecho, la carta falsa que había sido el origen de aquel distanciamiento amoroso. Henry-Coüannier relata el hecho con el lenguaje un tanto decimonónico pero expresivo:
"El duque de Nemours acabó por enterarse del increíble rumor y quiso ver la carta. Él había recibido muchas del Obispo, comparó ésta con aquéllas y no podía creer lo que veían sus ojos. A M. de Foras, gran amigo de Francisco, le preguntó: `¿Por qué pasa el Obispo de Ginebra?' `Por santo.' `Pues desengañaos.' M. de Foras se negó en absoluto a dar fe a aquel papel; llevólo al Obispo, que lo leyó tranquilamente y apenas pareció sorprenderse. Él tenía por principio que en las calumnias es bueno justificarse, porque se debe este homenaje a la verdad, pero si la acusación se sostiene, hay que oponer la indiferencia y el silencio. Declaró, pues, que él no era el autor de aquella carta. Se admiró de que hubieran imitado tan bien su escritura, devolvió el billete a su amigo y no se preocupó más por ello" .
La historia se complicó más tarde con un desafío a duelo que no tuvo lugar y con numerosas murmuraciones por la ciudad sobre la vida de las monjas, que acabaron reflejadas toscamente en un cartel puesto sobre la entrada del convento: "Serrallo del Obispo de Ginebra."
La Superiora del convento, santa Juana Francisca de Chantal, indignada, quiso acudir a los tribunales. Pero san Francisco se negó. Se supo luego que el autor de la inscripción era un abogado de la ciudad, llamado Pellet "que no perdonaba malediciencia alguna" contra san Francisco.
Un día se encontró con el Santo, que le saludó afectuosamente y le dijo: "Vos me queréis mal y procuráis por todos los medios ennegrecer mi reputación; no es menester que me deis excusas, porque lo sé muy bien y estoy muy seguro de ello. De todos modos, ya lo veis, si me hubierais estropeado o arrancado un ojo, yo no dejaría de miraros amorosamente con el otro".
Del mismo modo se comportó el Santo con la Belot y con una de las hijas del abogado Pellet, que entró años más tarde como religiosa en la Visitación. Se repitió de nuevo la actitud humilde y generosa de san José de Calasanz y de tantos otros santos con sus detractores.
Reescribiendo la historia
Estas contradicciones no son "un fenómeno raro en la historia de la Iglesia -precisaba el Siervo de Dios Alvaro del Portillo-: muchos santos han sido, en su tiempo y lugar `signo de contradicción', empezando por el Maestro, el propio Cristo; y lo han sido sobre todo aquellas figuras que traían al mundo grandes innovaciones, como San Francisco de Asís, Santa Teresa de Jesús, San Juan Bosco".
"Ataques sistemáticos a la fama -escribía san Josemaría en Conversaciones-, denigración de la conducta intachable: esta crítica mordaz y punzante sufrió Jesucristo, y no es raro que algunos reserven el mismo sistema a los que, conscientes de sus lógicas y naturales miserias y errores personales, menudos e inevitables (...) desean seguir al Maestro”.
"¿De dónde nace esta apreciación injusta con los demás? Parece como si algunos tuvieran continuamente puestas unas anteojeras, que les alteran la vista. No estiman, por principio, que sea posible la rectitud o, al menos, la lucha constante por portarse bien. Reciben todo, como reza el antiguo adagio filosófico, según el recipiente: en su previa deformación. Para ellos, hasta lo más recto refleja -a pesar de todo- una postura torcida que, hipócritamente, adopta apariencia de verdad. `Cuando descubren claramente el bien', escribe san Gregorio, `escudriñan para examinar si hay además algún mal oculto'( ...).
"No sería sincero si no os confesara que las anteriores consideraciones son algo más que un rápido espigueo de tratados de derecho y de moral. Se fundamentan en una experiencia que han vivido no pocos en. su propia carne; lo mismo que otros muchos han sido, con frecuencia y durante largos años, la diana de ejercicios de tiro y murmuraciones, de difamación, de calumnia".
Guardia en torno al convento
Han sido frecuentes también, a lo largo de los tiempos, las difamaciones de los santos e instituciones eclesiásticas, a través de panfletos, anónimos, etc. Los libelos calumniosos contra los dominicos que circularon por la Universidad de París, durante la época en la que santo Tomás de Aquino ejercía su docencia, son un ejemplo entre cientos.
Se debatía en la Universidad de París, cuando llegó a vivir santo Tomás, en el año 1252, una cuestión espinosa: los maestros seculares se sentían postergados dentro de la Universidad por los maestros regulares, es decir por los dominicos y los franciscanos, tras los que iban un gran número de alumnos por su gran preparación intelectual. Los dominicos, además, eran los únicos religiosos que regentaban dos cátedras, y se convirtieron pronto en la diana de todas las insidias.
En medio del fragor de la polémica, en la que tuvo que intervenir el propio Papa Inocencio IV para calmar los ánimos, los seculares "lanzan al mundo entero un libelo difamatorio, en donde acumulaban toda suerte de acusaciones contra los dominicos, verdaderos causantes, según ellos, de todo el malestar de la Universidad y hasta de la Cristiandad entera. Y, no contentos con eso, multiplican las intrigas, las difamaciones, las calumnias, de palabra y por escrito, no sólo entre los estudiantes, sino también entre el pueblo fiel" .
Siguieron nuevas intervenciones del Papa, nuevos alborotos y libelos, hasta que los enemigos de los dominicos "pasaron a los hechos. (...) Redoblaron sus esfuerzos para indisponer a todo el mundo contra los odiados dominicos y hacerles la vida imposible. Coaccionaban a los estudiantes para que no pudieran asistir a sus clases, irrumpían en ellas alborotando para que no pudieran tener lugar, apedreaban el convento de Santiago y lanzaban flechas contra sus ventanas. Los frailes no podían salir sin ser insultados, maltratados y atropellados. Las cosas llegaron a tal extremo que el Rey san Luis tuvo que poner una fuerte guardia permanente alrededor de su convento, para que los defendiese día y noche contra todo conato de asalto" .
Estos alborotos alcanzaron también a santo Tomás cuando predicaba el 6 de abril de 1259, domingo de Ramos, en la iglesia del convento de Santiago. Durante la homilía, un tal Guillot se levantó y empezó a leer en público uno de aquellos libelos, en los que se alternaban la prosa, el verso denigratorio y las canciones indecentes. Cuando Guillot acabó de leer su papel, el Santo continuó su prédica como si no hubiese pasado nada.
Una carta de san Francisco de Sales
San Francisco de Sales también tuvo que habérselas con los propagadores de libelos, como se refleja en su Epistolario:
"El ministro La Faye -dice el Santo- ha escrito un libro expresamente contra mí; no ahorra la calumnia. Pasa por alto la gran multitud de mis defectos, que son sin duda reprobables, y no me censura sino por los que no tengo, por gracia de Dios: de ambición, ocio ostensible, lujo en perros de caza y caballerizas, y locuras semejantes que no sólo están lejos de mi afición, sino que son incompatibles con la necesidad de mis quehaceres y la forma de vida que mi cargo me impone. Así bendigo a Dios que no sepa mis defectos, toda vez que no los quisiera curar sino con la maledicencia" .
Hasta el lecho de muerte
Los libelos tuvieron su apogeo en los siglos XIX y XX con el desarrollo de los medios de comunicación. Esos avances tecnológicos permitieron a los denigradores orquestar campañas de desprestigio antes inimaginadas, que han adquirido, en nuestros días un notable impacto sociológico.
San Antonio María Claret tuvo que sufrir varias de esas campañas de desprestigio. Sus enemigos provocaron una ola de difamación contra su persona en todo el país y propiciaron los catorce atentados que sufrió a lo largo de su existencia (¡!) .
Le persiguieron hasta el mismo lecho de muerte: en los últimos días de su vida se dijo que estaba en Fontfroide (Francia) reuniendo armas para los carlistas, y unos cuantos exaltados estuvieron a punto de secuestrarlo del lugar en el que se encontraba agonizante.
Desde "El Clamor Público"
También persiguieron desde la prensa a santa Micaela. Por si fueran, pocos los ataques que tuvo que sufrir por parte de parientes, alumnas y ex-alumnas, y gran número de sus contemporáneos, tuvo que enfrentarse además con la inquina de cierta Prensa madrileña.
Abrió el fuego contra ella El Observador, el día 1 de abril de 1851, con la publicación de un suelto en el que afirmaba, entre otras cosas, que la caritativa Vizcondesa consentía la convivencia entre el Capellán y las colegialas.
Era el fruto amargo de la intriga de un eclesiástico contra ella. Todo pareció quedarse ahí, pero al día siguiente, El Clamor Público publicó otro suelto bajo un título de doble sentido: Fraternidad. Pocos días después El Observador sacó a la luz un relato tendencioso que deformaba la historia de una madre que había dejado a sus hijas en el colegio y las había encontrado "convertidas en verdaderas beatas".
El relato incluía las acusaciones tópicas de falta de libertad y fanatismo religioso, y concluía denigrando a las religiosas porque "quedaron muy satisfechas en haber alcanzado un alma para el cielo a costa de las lágrimas y de la desesperación de la infeliz señora. Hemos oído que ésta piensa acudir a la autoridad competente para que desde luego proceda a sacar a su hija".
Al principio, la Santa se abstuvo de contestar: sus amigos procuraron detener la campaña. Cambió de parecer cuando los ataques provinieron de periódicos como La Esperanza, que defendía un ideario católico. Este periódico reproducía el 25 de mayo de 1853 un suelto aparecido en Novedades tres días antes, en el que se pedía que se trasladase a la sede del Colegio de la Santa la Casa nueva de la Maternidad, para utilizar un edificio que "si alguna utilidad reporta a la Beneficencia, era muy poca" .
La Santa decidió intervenir con todala resolución de su carácter. Pidió con energía una rectificación por parte del periódico, que se produjo días más tarde.
"Yo por mi parte nada sé -escribía la Santa al periódico, aludiendo al supuesto traslado de la sede del Colegio y creo que usted tampoco, porque me consta que en la Junta General nada se ha tratado de esto. Y por eso, la verdad -y permítame usted este desahogo-, he extrañado y sentido que haya usted dejado copiar en un periódico, tan magistral y acreditado como el suyo, esto... que podemos llamar una de tantas paparruchas como leemos con tanta frecuencia en algunos papeles públicos..."
Esas escaramuzas periodísticas fueron alimentando año tras año una leyenda negra en torno a su persona que tuvo una amplia resonancia popular. Se la llamó piedra de escándalo y se la difamó en tiendas, periódicos y fiestas; la calumniaron sus enemigos y hasta las señoras que la ayudaban materialmente.
Una de ellas, la Baronesa de Rocafort, propalaba por toda Barcelona que lo único que pretendía la Santa era quedarse con el dinero de las desamparadas. En las tertulias de Santander se murmuraba que la fundación era "sólo un pretexto para coger dinero".
¿Motivos?
Los motivos que impulsan a difamar suelen ser muy variados: envidia, rencor, despecho, frivolidad... Los parientes de santa Micaela parientes hablaban mal de ella porque no entendían que se hubiese desprendido de todos sus bienes de un modo tan radical; a algunas de las colegialas, de conducta poco recta durante su estancia en el Colegio, las movía el rencor; y si las expulsaban, utilizaban la calumnia para vengarse; las razones de las dueñas de las casas de prostitución se entienden más fácilmente: comola Santa siguiera recogiendo mujeres descarriadas –pensaba- se les hundía el negocio.
De estos ambientes fueron surgiendo -a tono con cada uno- infundios y patrañas. Quizá la mentira más baja y mezquina fue la que aseguraba que el Colegio de Atocha era una casa de lenocinio y que lo único que buscaba la Santa era comerciar con las jóvenes que recogía. "Lo mismo será la que pide -susurraban algunos- que las mujeres por quien pide".
Algunos de estos calumniadores se retractarían más tarde: pero como la calumnia es imparable, por muchos esfuerzos que hicieron luego por restituir la fama, fue dando frutos amargos por todas partes, y las maledicencias corrían de boca en boca, exageradas hasta el ridículo, caricaturizadas hasta el esperpento.
Se rumoreaba por todo Madrid que la Santa se entregaba a "criminales excesos" y que iba por las noches al baile,acompañada por un hombre. La audacia murmuradora llegaba incluso a describir el color de los vestidos ...
"El apostolado peculiar de Micaela -cuenta su biógrafo- le atrae el odio, la maledicencia y la persecución con todos los agravantes consiguientes. No existe mejor señal de haber cumplido su deber".
Un anónimo le avisó a la Santa que un Mayordomo de Palacio se empeñaba en enturbiar sus cordiales relaciones con la Reina Isabel II. El escrito explicaba algunas de las causas de ese odio. "Estoy aterrada -decía el anónimo, escrito con gruesos caracteres- por el odio a la su casa de usted, el cual nace de que una chica, a quien él proponía perder, se ha refugiado en su casa de usted; ha tocado todos los medios de seducción para sacarla valiéndose de tercera persona y de mil medios infames que la chica ha rechazado, siendo una de las acogidas más ejemplares, rechazando todo."
La calumniaban sus acreedores; algunas de sus alumnas; sus antiguas amistades, y todo eso llegaba a las páginas de la prensa. Lo que más le dolía a la Santa es que algunos sacerdotes participaban en eso. En una ocasión, agobiada por las deudas, tuvo que pedir dinero a un sacerdote ejemplar y éste -comentaba la Santa- "¡dudó de mi probidad! ¡Y me llegó esta duda al alma!".
"Al salir de Madrid -le escribía al Obispo de Ávila el 7 de marzo de 1863- recibí una carta de Barcelona en la que me ponen de ropa de Pascua. Lo de ladrona ya perdió su color subido. Dice el amigo escritor que me la dirige -desconocido para mí-'que soy una fiera, tan malvada, perversa, que visto un traje que desdoro con mi hipocresía y mala vida. Que no soy monja, ni menos religiosa; que son víctimas de mis furias no sólo las monjas, sino las infelices colegialas a quienes -fiera carnívora- devoro su juventud. Y que tenga entendido que han determinado varios quitarme la vida en pago de mis maldades e infamias.
"Preciso tenía que ser -comenta con humor- de quitarme (algo) había de ser la vida, porque fortuna, no, cuando me eché a robar. Crédito y reputación ya los tengo perdidos. Con que con la vida arremeten... Con que el jueves salgo para el matadero llevando en mí la víctima... Al llegar a Zaragoza me hallo con dos cartas que son más penosas que la citada, y tanto, que, siendo de gente conocida, al leerlas me dio jaqueca en el acto.
"Si vivo, escribiré. Si muero, yo lo encomendaré a mi Padre que pagará con larga vida el poquito que me quitaren en Barcelona. Yo no dije nada en casa porque no tengan miedo las Hijas y no me quiten la vida, y tengan ellas pena, estando yo tan contenta."
En otra ocasión, una de las dueñas de las casas de prostitución arruinadas atentó contra su vida y estuvo a punto de ahogarla entre sus brazos. Se salvó porque la defendió el mismísimo Ministro de la Gobernación, don Cándido Nocedal, que estaba de visita en el colegio.
Santa Micaela sufrió, como el Padre Claret, varios atentados y numerosas intentonas de asesinato. En diversas ocasiones sus colegialas intentaron envenenarla. Muchos la intimaban "con navaja en mano", como recuerda Carlos Marforí. En algunos casos la Santa desveló milagrosamente las intenciones de sus enemigos. Su modo de actuar retrata la vitalidad y valentía de aquella mujer de talla espiritual y humana excepcional:
"Vamos a la capilla -le dijo a un agresor que escondía todavía el arma- y allí me dará usted la puñalada que tenía intención de darme, porque quiero que sea delante de Jesús Sacramentado".
En otros casos se enfrentó resuelta ante sus agresores, que ennumerosas ocasiones se arrepintieron de sus intenciones delante de ella.
Pocas fundadoras...
"Pocas Fundadoras canonizadas -se lee en la biografía de la Madre Sacramento- han padecido tantos atentados". El biógrafo no exagera. Se lee en los Procesos de su Causa de Canonización que "hombres que vivían en relaciones con dichas mujeres extraviadas la amenzaban y perseguían de muerte". No se excluían las mismas chicas recogidas, y en particular las antiguas amantes. "Querían asustarnos -comenta una testigo- arrojando cohetes y dirigiéndonos gravísimas amenazas y era muy frecuente que mancharan de inmundicias las puertas y las ventanas del edificio."
En diversas ocasiones, como en Valencia, la Santa tuvo que acudir al Inspector de Policía. En febrero de 1862, estuvo a punto de ser vapuleada en Barcelona por una mujer propietaria de tres casas públicas.
En todas esas ocasiones, relata el biógrafo, "la Madre Sacramento, siempre valientísima, da la cara a sus enemigos sin arredrarse ante los anónimos amenazadores". Y no eran amenazas vanas, ya que considera seriamente la posibilidad de morir en un atentado cuando se dirige a Barcelona.
Durante las fiestas de carnaval de 1860, en el acto conocido como "el entierro de la sardina", sacaron una máscara con su efigie vestida de negro, en la que se la caricaturizaba rezando un rosario confeccionado con pequeñas patatas. Detrás marchaba otra máscara que represantaba a san Antonio María Claret .
Pero santa Micaela no tenía que esperar a los carnavales para verse injuriada: en muchas ciudades, como le pasó en Zaragoza, cuando caminaba por la calle, se burlaban deella y la silbaban.
Escribieron en su contra un panfleto “biográfico” cuyo título, estilo y extensión se deducen de esta carta de la Madre Sacramento, fechada en Burgos (23-VI-1863), a un bienhechor de Zaragoza, don Manuel Dronda, a quien seguramente habrían enviado previamente el panfleto denigratorio:
"Mis enemigos escriben manifiestos infames contra mí. El de las Flores está encarnizado... y no deja conocido ni desconocido sin sus siete pliegos de historia, donde sale su crucifijo de usted y le hacen testigo de una falsa historia".
Anécdotas amañadas
San Josemaría sufrió también campañas denigratorias. "Fue perseguido -comentaba Antonio Rodilla-, acusado falsamente y calumniado en público (...). Había ferocidad y pertinacia en la persecución. No oí ni calumnias ni acusaciones contra su vida privada, pero sí respecto de sus actuaciones apostólicas, cuyos fines se consideraban aviesos, y acerca de su ortodoxia (...). Se amañaba una anécdota mezclando datos verdaderos y evidentes con otros inventados e irritantes.
”Producida la irritación, necesitaba ésta cebarse hasta la ceguera y corría como un incendio forestal no sólo entre resentidos, siempre hambrientos de morder, sino entre los más sensibles contra las injusticias, y malos con buenos sé unían contra el inocente calumniado: don Josemaría y su Obra eran una organización secreta, clandestina y herética".
Al igual que con santa Micaela, se publicaron en vida del Santo “biografías” caricaturescas y calumniosas contra su figura o sus escritos.
San Pedro Poveda y la Institución teresiana sufrieron una fuerte campaña de desprestigio durante los años previos a la guerra civil española. La virulencia de las acusaciones que se citan a continuación no hacen más que mostrar la eficacia del servicio a la Iglesia de la Institución fundada por el Santo: "Donde hay una maestra teresiana – se lee en Trabajo, el 3 de abril de 1935-, el ultramontanismo y la caverna tendrán sus más firmes archiveros y como desgraciadamente, esta clase de maestras abundan más de lo prudente -y muy especialmente en esta provincia-, no estaría de más que los creadores de la nueva escuela pusiesen los puntos sobre las íes y obligaran a estas obstusas y desgraciadas maestras a que limitaran sus actividades contrarias a la República."
Otro periódico, La Libertad, acusaba a las teresianas, el 22 de febrero de 1935, de querer disponer "del futuro de España". Desde el Ministerio de Instrucción Pública se las acusaba de ser un "foco de contagio que infeccionaba los nuevos aires republicanos"` y el periódico Revolución se preguntaba: "¿Por qué no se castiga a las teresianas, maestras nacionales, que a las niñas que no quieren enseñanza religiosa les dan un castigo severo? Sr. Alcalde, el pueblo democrático no está dispuesto a tolerar estas inquisiciones de que son objeto las niñas por estas maestras cavernícolas, representantes de Cristo. ¡Pueblo, despierta de tu letargo; tira la pereza y rebélate contra estas maestras aliadas a los sentimientos de Torquemada! Padres que tenéis hijas, a estas teresianas no hay quien las haga justicia, hay que aplicarles la ley de fugas".
Trabajo apostillaba: "Una de las mayores calamidades que pueden haberle caído a la República es ese crudo fanatismo que los Institutos Teresianos han imbuido a sus maestras".
En nuestros días esta retórica beligerante y flamígera puede parecernos ridícula, por el tono exaltado y el conjunto de falsedades. Pero artículos como éstos fueron el caldo de cultivo del clima antirreligioso que hizo que el 28 de julio de 1936, al comienzo de la guerra civil, muriera mártir, asesinado por el odio antirreligioso, san Pedro Poveda.
Los Fundadores han tenido que padecer con frecuencia una tribulación cuyo precedente se encuentra en las mismas páginas del Evangelio: la defección de alguno de sus hijos espirituales. Se podrían citar numerosos ejemplos sobre este particular, que constituye un antiguo fenómeno en la vida de la Iglesia y de las fundaciones eclesiásticas. Baste con recordar las famosas cartas de san Bernardo a los monjes que abandonaban el monasterio.
A lo largo de la historia de la Iglesia no ha sido extraño que alguno de esos hombres y mujeres se haya convertido, con el tiempo, en un detractor de sus antiguos Fundadores o de las Instituciones a las que pertenecieron.
Recordemos a continuación algunos ejemplos entresacados de las vidas de santa Teresa, de san Franciso de Sales y san Josemaría Escrivá.
Canonizada por toda la ciudad
Entre las mujeres que habían esperado con impaciencia la llegada de santa Teresa a Sevilla en el año 1575, para ingresar en el Carmelo como novicias, había una, cuyo nombre silenciarían más tarde las carmelitas por caridad, que era, en palabras de la Santa -que guardaba sus reservas sobre ella-, "una gran beata que estaba ya canonizada por toda la ciudad".
"Era la pobre -en palabras de la Priora de Sevilla- mucho más santa en su opinión que en la del pueblo, y como en entrando le faltaron las alabanzas y comenzó el toque de la religión a hacer su oficio de descubrir los quilates que habían en lo que ella parecía tanto relucir, hallóse sin nada y comenzóse a descontentar y nosotras mucho más de ella, porque jamás hubo remedio a hacerla acomodar a casa de religión y por ser ya mujer de cuarenta años, de grande autoridad y sabía dar a cada cosa su salida: unas veces se excusaba con que era enferma, y así ni quería comer de nuestras comidas, sacando que cada cosa era enferma e hinchaba, que pudiera leer a Galeno; otras decía que la costumbre y gran calor de la tierra la excusaba. Nuestra Madre, pareciéndola que el tiempo la iría enmendando, y por no la apretar, mandaba la sobrellevásemos y daba licencia que a veces se confesase y hablase con los clérigos sus conocidos" .
Además de lo que señala la Priora, el comportamiento de aquella mujer dentro del convento era bastante extraño; por ejemplo, entre otras rarezas y caprichos, solía presentarse intespestivamente cuando veía que alguna novicia hablaba con la Santa en su habitación...
Tiempo después esta mujer abandonó el Carmelo,furiosa porque había comprobado que aquel género de vida era superior a sus fuerzas y descargó su rencor de modo tristemente tópico: denunció a la Santa ante la Inquisición y un día llamaron a la puerta del convento, entre un tropel de gentes, los jueces y los esribanos, mientras unos alguaciles hacían guardia ante las puertas.
Comenzaron los interrogatorios previos, en los que se acusaba a las carmelitas de seguir los principios de los alumbrados. Hay que hacer notar que por aquel entonces, esa acusación era gravísima; y más aún en una mujer como santa Teresa, cuyos escritos ya habían sido denunciados a la Inquisición y de cuyos éxtasis se hablaba por toda Castilla.
Se acusó a la Santa de que las monjas se confesaban con ella. Fue entonces cuando Teresa de Jesús comprendió quién era su acusadora y el motivo de aquellas intromisiones furtivas en su habitación.
Se acusó a las carmelitas de realizar unas "ceremonias" o "ritos sospechosos". La verdad de tales "ritos" consistía en que, como las monjas no tenían velos suficientes para presentarse en el locutorio, se los pasaban de unas a otras. Ese obligado intercambio de velos era "la ceremonia" sospechosa de herejía.
El rencor es imaginativo; y como después de comulgar las carmelitas solían ponerse en la sombra, de cara a la pared, para la acción de gracias, porque la reja del locutorio estaba en un patio abrasado por el sol, aquella mujer creyó ver allí un nuevo "rito" peligrosísimo. Llegó a asegurar que se ataban unas a otras de pies y manos; y que se flagelaban mutuamente. "Dios quiso que no hayan dicho más", comentó la Priora, María de San José.
No fructificó aquella añagaza por falta de pruebas. "Pero la situación -comenta Auclair siguió siendo grave, pues la suspensión del proceso sólo significaba que faltaban pruebas, y la Inquisición se esforzaba siempre en obtenerlas"-.
Una carta falsa
Si en el caso de santa Teresa hemos perdido el rastro del nombre de la acusadora, en el de san Francisco de Sales contamos al menos con su apellido. Difamó al Santo una tal Belot, sobrina de un Secretario de Estado que no gozaba, según el sentir general, de una reputación muy cualificada .
La señora Belot le había pedido a san Francisco de Sales la posibilidad de vivir durante un tiempo en el convento de la Visitación para cambiar de vida.
San Francisco de Sales tuvo varias conversaciones con ella y parecía que realmente había cambiado de disposiciones. Pero, poco tiempo después, aunque tanto san Francisco como santa Juana de Chantal, Superiora del convento, hicieron todo lo posible por ayudarla, se comportó de manera parecida a la de la novicia carmelitana, y, al igual que ella, abandonó primero el convento y a continuación sus propósitos de vida recta.
A continuación dio sobrados motivos de escándalo en la pequeña ciudad de Annecy, y se convirtió en la amante de uno de los caballeros del séquito del duque de Nemours. Al principio san Francisco hizo todo lo posible por reconducir a aquella mujer hacia Dios de un modo discreto. Pero todo fue en vano. Y a la vista de la dimensión que iba cobrando el escándalo, juzgó prudente recriminar el hecho en público.
Despechado, el amante de la Belot consiguió apoderarse de una carta de san Francisco, copió su letra y escribió una carta falsificada en la que el Obispo le pedía excusas a la Belot y le decía en secreto "su verdaderos sentimientos".
Luego urdieron una pequeña comedia: ella y su amante fingieron un enfado y el amante iba enseñando a todo el mundo, con un supuesto despecho, la carta falsa que había sido el origen de aquel distanciamiento amoroso. Henry-Coüannier relata el hecho con el lenguaje un tanto decimonónico pero expresivo:
"El duque de Nemours acabó por enterarse del increíble rumor y quiso ver la carta. Él había recibido muchas del Obispo, comparó ésta con aquéllas y no podía creer lo que veían sus ojos. A M. de Foras, gran amigo de Francisco, le preguntó: `¿Por qué pasa el Obispo de Ginebra?' `Por santo.' `Pues desengañaos.' M. de Foras se negó en absoluto a dar fe a aquel papel; llevólo al Obispo, que lo leyó tranquilamente y apenas pareció sorprenderse. Él tenía por principio que en las calumnias es bueno justificarse, porque se debe este homenaje a la verdad, pero si la acusación se sostiene, hay que oponer la indiferencia y el silencio. Declaró, pues, que él no era el autor de aquella carta. Se admiró de que hubieran imitado tan bien su escritura, devolvió el billete a su amigo y no se preocupó más por ello" .
La historia se complicó más tarde con un desafío a duelo que no tuvo lugar y con numerosas murmuraciones por la ciudad sobre la vida de las monjas, que acabaron reflejadas toscamente en un cartel puesto sobre la entrada del convento: "Serrallo del Obispo de Ginebra."
La Superiora del convento, santa Juana Francisca de Chantal, indignada, quiso acudir a los tribunales. Pero san Francisco se negó. Se supo luego que el autor de la inscripción era un abogado de la ciudad, llamado Pellet "que no perdonaba malediciencia alguna" contra san Francisco.
Un día se encontró con el Santo, que le saludó afectuosamente y le dijo: "Vos me queréis mal y procuráis por todos los medios ennegrecer mi reputación; no es menester que me deis excusas, porque lo sé muy bien y estoy muy seguro de ello. De todos modos, ya lo veis, si me hubierais estropeado o arrancado un ojo, yo no dejaría de miraros amorosamente con el otro".
Del mismo modo se comportó el Santo con la Belot y con una de las hijas del abogado Pellet, que entró años más tarde como religiosa en la Visitación. Se repitió de nuevo la actitud humilde y generosa de san José de Calasanz y de tantos otros santos con sus detractores.
Reescribiendo la historia
Estas contradicciones no son "un fenómeno raro en la historia de la Iglesia -precisaba el Siervo de Dios Alvaro del Portillo-: muchos santos han sido, en su tiempo y lugar `signo de contradicción', empezando por el Maestro, el propio Cristo; y lo han sido sobre todo aquellas figuras que traían al mundo grandes innovaciones, como San Francisco de Asís, Santa Teresa de Jesús, San Juan Bosco".
"Ataques sistemáticos a la fama -escribía san Josemaría en Conversaciones-, denigración de la conducta intachable: esta crítica mordaz y punzante sufrió Jesucristo, y no es raro que algunos reserven el mismo sistema a los que, conscientes de sus lógicas y naturales miserias y errores personales, menudos e inevitables (...) desean seguir al Maestro”.
"¿De dónde nace esta apreciación injusta con los demás? Parece como si algunos tuvieran continuamente puestas unas anteojeras, que les alteran la vista. No estiman, por principio, que sea posible la rectitud o, al menos, la lucha constante por portarse bien. Reciben todo, como reza el antiguo adagio filosófico, según el recipiente: en su previa deformación. Para ellos, hasta lo más recto refleja -a pesar de todo- una postura torcida que, hipócritamente, adopta apariencia de verdad. `Cuando descubren claramente el bien', escribe san Gregorio, `escudriñan para examinar si hay además algún mal oculto'( ...).
"No sería sincero si no os confesara que las anteriores consideraciones son algo más que un rápido espigueo de tratados de derecho y de moral. Se fundamentan en una experiencia que han vivido no pocos en. su propia carne; lo mismo que otros muchos han sido, con frecuencia y durante largos años, la diana de ejercicios de tiro y murmuraciones, de difamación, de calumnia".
Guardia en torno al convento
Han sido frecuentes también, a lo largo de los tiempos, las difamaciones de los santos e instituciones eclesiásticas, a través de panfletos, anónimos, etc. Los libelos calumniosos contra los dominicos que circularon por la Universidad de París, durante la época en la que santo Tomás de Aquino ejercía su docencia, son un ejemplo entre cientos.
Se debatía en la Universidad de París, cuando llegó a vivir santo Tomás, en el año 1252, una cuestión espinosa: los maestros seculares se sentían postergados dentro de la Universidad por los maestros regulares, es decir por los dominicos y los franciscanos, tras los que iban un gran número de alumnos por su gran preparación intelectual. Los dominicos, además, eran los únicos religiosos que regentaban dos cátedras, y se convirtieron pronto en la diana de todas las insidias.
En medio del fragor de la polémica, en la que tuvo que intervenir el propio Papa Inocencio IV para calmar los ánimos, los seculares "lanzan al mundo entero un libelo difamatorio, en donde acumulaban toda suerte de acusaciones contra los dominicos, verdaderos causantes, según ellos, de todo el malestar de la Universidad y hasta de la Cristiandad entera. Y, no contentos con eso, multiplican las intrigas, las difamaciones, las calumnias, de palabra y por escrito, no sólo entre los estudiantes, sino también entre el pueblo fiel" .
Siguieron nuevas intervenciones del Papa, nuevos alborotos y libelos, hasta que los enemigos de los dominicos "pasaron a los hechos. (...) Redoblaron sus esfuerzos para indisponer a todo el mundo contra los odiados dominicos y hacerles la vida imposible. Coaccionaban a los estudiantes para que no pudieran asistir a sus clases, irrumpían en ellas alborotando para que no pudieran tener lugar, apedreaban el convento de Santiago y lanzaban flechas contra sus ventanas. Los frailes no podían salir sin ser insultados, maltratados y atropellados. Las cosas llegaron a tal extremo que el Rey san Luis tuvo que poner una fuerte guardia permanente alrededor de su convento, para que los defendiese día y noche contra todo conato de asalto" .
Estos alborotos alcanzaron también a santo Tomás cuando predicaba el 6 de abril de 1259, domingo de Ramos, en la iglesia del convento de Santiago. Durante la homilía, un tal Guillot se levantó y empezó a leer en público uno de aquellos libelos, en los que se alternaban la prosa, el verso denigratorio y las canciones indecentes. Cuando Guillot acabó de leer su papel, el Santo continuó su prédica como si no hubiese pasado nada.
Una carta de san Francisco de Sales
San Francisco de Sales también tuvo que habérselas con los propagadores de libelos, como se refleja en su Epistolario:
"El ministro La Faye -dice el Santo- ha escrito un libro expresamente contra mí; no ahorra la calumnia. Pasa por alto la gran multitud de mis defectos, que son sin duda reprobables, y no me censura sino por los que no tengo, por gracia de Dios: de ambición, ocio ostensible, lujo en perros de caza y caballerizas, y locuras semejantes que no sólo están lejos de mi afición, sino que son incompatibles con la necesidad de mis quehaceres y la forma de vida que mi cargo me impone. Así bendigo a Dios que no sepa mis defectos, toda vez que no los quisiera curar sino con la maledicencia" .
Hasta el lecho de muerte
Los libelos tuvieron su apogeo en los siglos XIX y XX con el desarrollo de los medios de comunicación. Esos avances tecnológicos permitieron a los denigradores orquestar campañas de desprestigio antes inimaginadas, que han adquirido, en nuestros días un notable impacto sociológico.
San Antonio María Claret tuvo que sufrir varias de esas campañas de desprestigio. Sus enemigos provocaron una ola de difamación contra su persona en todo el país y propiciaron los catorce atentados que sufrió a lo largo de su existencia (¡!) .
Le persiguieron hasta el mismo lecho de muerte: en los últimos días de su vida se dijo que estaba en Fontfroide (Francia) reuniendo armas para los carlistas, y unos cuantos exaltados estuvieron a punto de secuestrarlo del lugar en el que se encontraba agonizante.
Desde "El Clamor Público"
También persiguieron desde la prensa a santa Micaela. Por si fueran, pocos los ataques que tuvo que sufrir por parte de parientes, alumnas y ex-alumnas, y gran número de sus contemporáneos, tuvo que enfrentarse además con la inquina de cierta Prensa madrileña.
Abrió el fuego contra ella El Observador, el día 1 de abril de 1851, con la publicación de un suelto en el que afirmaba, entre otras cosas, que la caritativa Vizcondesa consentía la convivencia entre el Capellán y las colegialas.
Era el fruto amargo de la intriga de un eclesiástico contra ella. Todo pareció quedarse ahí, pero al día siguiente, El Clamor Público publicó otro suelto bajo un título de doble sentido: Fraternidad. Pocos días después El Observador sacó a la luz un relato tendencioso que deformaba la historia de una madre que había dejado a sus hijas en el colegio y las había encontrado "convertidas en verdaderas beatas".
El relato incluía las acusaciones tópicas de falta de libertad y fanatismo religioso, y concluía denigrando a las religiosas porque "quedaron muy satisfechas en haber alcanzado un alma para el cielo a costa de las lágrimas y de la desesperación de la infeliz señora. Hemos oído que ésta piensa acudir a la autoridad competente para que desde luego proceda a sacar a su hija".
Al principio, la Santa se abstuvo de contestar: sus amigos procuraron detener la campaña. Cambió de parecer cuando los ataques provinieron de periódicos como La Esperanza, que defendía un ideario católico. Este periódico reproducía el 25 de mayo de 1853 un suelto aparecido en Novedades tres días antes, en el que se pedía que se trasladase a la sede del Colegio de la Santa la Casa nueva de la Maternidad, para utilizar un edificio que "si alguna utilidad reporta a la Beneficencia, era muy poca" .
La Santa decidió intervenir con todala resolución de su carácter. Pidió con energía una rectificación por parte del periódico, que se produjo días más tarde.
"Yo por mi parte nada sé -escribía la Santa al periódico, aludiendo al supuesto traslado de la sede del Colegio y creo que usted tampoco, porque me consta que en la Junta General nada se ha tratado de esto. Y por eso, la verdad -y permítame usted este desahogo-, he extrañado y sentido que haya usted dejado copiar en un periódico, tan magistral y acreditado como el suyo, esto... que podemos llamar una de tantas paparruchas como leemos con tanta frecuencia en algunos papeles públicos..."
Esas escaramuzas periodísticas fueron alimentando año tras año una leyenda negra en torno a su persona que tuvo una amplia resonancia popular. Se la llamó piedra de escándalo y se la difamó en tiendas, periódicos y fiestas; la calumniaron sus enemigos y hasta las señoras que la ayudaban materialmente.
Una de ellas, la Baronesa de Rocafort, propalaba por toda Barcelona que lo único que pretendía la Santa era quedarse con el dinero de las desamparadas. En las tertulias de Santander se murmuraba que la fundación era "sólo un pretexto para coger dinero".
¿Motivos?
Los motivos que impulsan a difamar suelen ser muy variados: envidia, rencor, despecho, frivolidad... Los parientes de santa Micaela parientes hablaban mal de ella porque no entendían que se hubiese desprendido de todos sus bienes de un modo tan radical; a algunas de las colegialas, de conducta poco recta durante su estancia en el Colegio, las movía el rencor; y si las expulsaban, utilizaban la calumnia para vengarse; las razones de las dueñas de las casas de prostitución se entienden más fácilmente: comola Santa siguiera recogiendo mujeres descarriadas –pensaba- se les hundía el negocio.
De estos ambientes fueron surgiendo -a tono con cada uno- infundios y patrañas. Quizá la mentira más baja y mezquina fue la que aseguraba que el Colegio de Atocha era una casa de lenocinio y que lo único que buscaba la Santa era comerciar con las jóvenes que recogía. "Lo mismo será la que pide -susurraban algunos- que las mujeres por quien pide".
Algunos de estos calumniadores se retractarían más tarde: pero como la calumnia es imparable, por muchos esfuerzos que hicieron luego por restituir la fama, fue dando frutos amargos por todas partes, y las maledicencias corrían de boca en boca, exageradas hasta el ridículo, caricaturizadas hasta el esperpento.
Se rumoreaba por todo Madrid que la Santa se entregaba a "criminales excesos" y que iba por las noches al baile,acompañada por un hombre. La audacia murmuradora llegaba incluso a describir el color de los vestidos ...
"El apostolado peculiar de Micaela -cuenta su biógrafo- le atrae el odio, la maledicencia y la persecución con todos los agravantes consiguientes. No existe mejor señal de haber cumplido su deber".
Un anónimo le avisó a la Santa que un Mayordomo de Palacio se empeñaba en enturbiar sus cordiales relaciones con la Reina Isabel II. El escrito explicaba algunas de las causas de ese odio. "Estoy aterrada -decía el anónimo, escrito con gruesos caracteres- por el odio a la su casa de usted, el cual nace de que una chica, a quien él proponía perder, se ha refugiado en su casa de usted; ha tocado todos los medios de seducción para sacarla valiéndose de tercera persona y de mil medios infames que la chica ha rechazado, siendo una de las acogidas más ejemplares, rechazando todo."
La calumniaban sus acreedores; algunas de sus alumnas; sus antiguas amistades, y todo eso llegaba a las páginas de la prensa. Lo que más le dolía a la Santa es que algunos sacerdotes participaban en eso. En una ocasión, agobiada por las deudas, tuvo que pedir dinero a un sacerdote ejemplar y éste -comentaba la Santa- "¡dudó de mi probidad! ¡Y me llegó esta duda al alma!".
"Al salir de Madrid -le escribía al Obispo de Ávila el 7 de marzo de 1863- recibí una carta de Barcelona en la que me ponen de ropa de Pascua. Lo de ladrona ya perdió su color subido. Dice el amigo escritor que me la dirige -desconocido para mí-'que soy una fiera, tan malvada, perversa, que visto un traje que desdoro con mi hipocresía y mala vida. Que no soy monja, ni menos religiosa; que son víctimas de mis furias no sólo las monjas, sino las infelices colegialas a quienes -fiera carnívora- devoro su juventud. Y que tenga entendido que han determinado varios quitarme la vida en pago de mis maldades e infamias.
"Preciso tenía que ser -comenta con humor- de quitarme (algo) había de ser la vida, porque fortuna, no, cuando me eché a robar. Crédito y reputación ya los tengo perdidos. Con que con la vida arremeten... Con que el jueves salgo para el matadero llevando en mí la víctima... Al llegar a Zaragoza me hallo con dos cartas que son más penosas que la citada, y tanto, que, siendo de gente conocida, al leerlas me dio jaqueca en el acto.
"Si vivo, escribiré. Si muero, yo lo encomendaré a mi Padre que pagará con larga vida el poquito que me quitaren en Barcelona. Yo no dije nada en casa porque no tengan miedo las Hijas y no me quiten la vida, y tengan ellas pena, estando yo tan contenta."
En otra ocasión, una de las dueñas de las casas de prostitución arruinadas atentó contra su vida y estuvo a punto de ahogarla entre sus brazos. Se salvó porque la defendió el mismísimo Ministro de la Gobernación, don Cándido Nocedal, que estaba de visita en el colegio.
Santa Micaela sufrió, como el Padre Claret, varios atentados y numerosas intentonas de asesinato. En diversas ocasiones sus colegialas intentaron envenenarla. Muchos la intimaban "con navaja en mano", como recuerda Carlos Marforí. En algunos casos la Santa desveló milagrosamente las intenciones de sus enemigos. Su modo de actuar retrata la vitalidad y valentía de aquella mujer de talla espiritual y humana excepcional:
"Vamos a la capilla -le dijo a un agresor que escondía todavía el arma- y allí me dará usted la puñalada que tenía intención de darme, porque quiero que sea delante de Jesús Sacramentado".
En otros casos se enfrentó resuelta ante sus agresores, que ennumerosas ocasiones se arrepintieron de sus intenciones delante de ella.
Pocas fundadoras...
"Pocas Fundadoras canonizadas -se lee en la biografía de la Madre Sacramento- han padecido tantos atentados". El biógrafo no exagera. Se lee en los Procesos de su Causa de Canonización que "hombres que vivían en relaciones con dichas mujeres extraviadas la amenzaban y perseguían de muerte". No se excluían las mismas chicas recogidas, y en particular las antiguas amantes. "Querían asustarnos -comenta una testigo- arrojando cohetes y dirigiéndonos gravísimas amenazas y era muy frecuente que mancharan de inmundicias las puertas y las ventanas del edificio."
En diversas ocasiones, como en Valencia, la Santa tuvo que acudir al Inspector de Policía. En febrero de 1862, estuvo a punto de ser vapuleada en Barcelona por una mujer propietaria de tres casas públicas.
En todas esas ocasiones, relata el biógrafo, "la Madre Sacramento, siempre valientísima, da la cara a sus enemigos sin arredrarse ante los anónimos amenazadores". Y no eran amenazas vanas, ya que considera seriamente la posibilidad de morir en un atentado cuando se dirige a Barcelona.
Durante las fiestas de carnaval de 1860, en el acto conocido como "el entierro de la sardina", sacaron una máscara con su efigie vestida de negro, en la que se la caricaturizaba rezando un rosario confeccionado con pequeñas patatas. Detrás marchaba otra máscara que represantaba a san Antonio María Claret .
Pero santa Micaela no tenía que esperar a los carnavales para verse injuriada: en muchas ciudades, como le pasó en Zaragoza, cuando caminaba por la calle, se burlaban deella y la silbaban.
Escribieron en su contra un panfleto “biográfico” cuyo título, estilo y extensión se deducen de esta carta de la Madre Sacramento, fechada en Burgos (23-VI-1863), a un bienhechor de Zaragoza, don Manuel Dronda, a quien seguramente habrían enviado previamente el panfleto denigratorio:
"Mis enemigos escriben manifiestos infames contra mí. El de las Flores está encarnizado... y no deja conocido ni desconocido sin sus siete pliegos de historia, donde sale su crucifijo de usted y le hacen testigo de una falsa historia".
Anécdotas amañadas
San Josemaría sufrió también campañas denigratorias. "Fue perseguido -comentaba Antonio Rodilla-, acusado falsamente y calumniado en público (...). Había ferocidad y pertinacia en la persecución. No oí ni calumnias ni acusaciones contra su vida privada, pero sí respecto de sus actuaciones apostólicas, cuyos fines se consideraban aviesos, y acerca de su ortodoxia (...). Se amañaba una anécdota mezclando datos verdaderos y evidentes con otros inventados e irritantes.
”Producida la irritación, necesitaba ésta cebarse hasta la ceguera y corría como un incendio forestal no sólo entre resentidos, siempre hambrientos de morder, sino entre los más sensibles contra las injusticias, y malos con buenos sé unían contra el inocente calumniado: don Josemaría y su Obra eran una organización secreta, clandestina y herética".
Al igual que con santa Micaela, se publicaron en vida del Santo “biografías” caricaturescas y calumniosas contra su figura o sus escritos.
San Pedro Poveda y la Institución teresiana sufrieron una fuerte campaña de desprestigio durante los años previos a la guerra civil española. La virulencia de las acusaciones que se citan a continuación no hacen más que mostrar la eficacia del servicio a la Iglesia de la Institución fundada por el Santo: "Donde hay una maestra teresiana – se lee en Trabajo, el 3 de abril de 1935-, el ultramontanismo y la caverna tendrán sus más firmes archiveros y como desgraciadamente, esta clase de maestras abundan más de lo prudente -y muy especialmente en esta provincia-, no estaría de más que los creadores de la nueva escuela pusiesen los puntos sobre las íes y obligaran a estas obstusas y desgraciadas maestras a que limitaran sus actividades contrarias a la República."
Otro periódico, La Libertad, acusaba a las teresianas, el 22 de febrero de 1935, de querer disponer "del futuro de España". Desde el Ministerio de Instrucción Pública se las acusaba de ser un "foco de contagio que infeccionaba los nuevos aires republicanos"` y el periódico Revolución se preguntaba: "¿Por qué no se castiga a las teresianas, maestras nacionales, que a las niñas que no quieren enseñanza religiosa les dan un castigo severo? Sr. Alcalde, el pueblo democrático no está dispuesto a tolerar estas inquisiciones de que son objeto las niñas por estas maestras cavernícolas, representantes de Cristo. ¡Pueblo, despierta de tu letargo; tira la pereza y rebélate contra estas maestras aliadas a los sentimientos de Torquemada! Padres que tenéis hijas, a estas teresianas no hay quien las haga justicia, hay que aplicarles la ley de fugas".
Trabajo apostillaba: "Una de las mayores calamidades que pueden haberle caído a la República es ese crudo fanatismo que los Institutos Teresianos han imbuido a sus maestras".
En nuestros días esta retórica beligerante y flamígera puede parecernos ridícula, por el tono exaltado y el conjunto de falsedades. Pero artículos como éstos fueron el caldo de cultivo del clima antirreligioso que hizo que el 28 de julio de 1936, al comienzo de la guerra civil, muriera mártir, asesinado por el odio antirreligioso, san Pedro Poveda.
Capítulo VI. Relaciones de los santos con el poder público
Se ha intentado con frecuencia, a lo largo de la historia, vincular a algunos santos con ciertas maniobras políticas a las que eran totalmente ajenos, para desprestigiarlos. La acusación es tan antigua como la propia cristiandad y sus consecuencias se reflejan en el diálogo entre santo Tomás Moro con Master Rich en la Torre de Londres, acerca de las competencias temporales y espirituales del Estado y de la Iglesia.
"-Master Moro, todo el mundo sabe que sois hombre discreto y sabio, y versado en las leyes del reino. Perdonadme, pues, la audacia de proponeros sin malicia alguna, Sir, una cuestión. Supongamos, Sir, que un Acta del Parlamento me hiciera rey. ¿No me tendríais por tal, Master Moro?
-Sí, Sir; lo haría.
-Supongamos ahora que un Acta del Parlamento me hiciera Papa. ¿No me tendríais por Papa, Master Moro?
-Para contestar a vuestro caso, Master Rich, os diré que el Parlamento puede muy bien intervenir en el status de los príncipes temporales. Y para contestar al segundo os pondré yo este caso. Imaginad que el Parlamento diera una leyestableciendo que Dios no debe ser Dios. ¿Diríais por ello, Master Rich, que Dios no sería Dios?" .
Este tipo de insidias recuerdan el ardid de Rich, y pretenden presentar actos que proceden de convicciones religiosas como desobediencias civiles, o como maniobras contra el poder establecido. En otros casos se presentan como injerencias de los hombres y mujeres de Dios en la política de un determinado gobernante.
Una carta al Duque
San Francisco de Sales tuvo que aclarar diversas maledicencias de este tipo, como consta en su Epistolario, del que entresacamos su carta al Duque de Saboya, Carlos Manuel:
Annecy, 12 de junio de 1611
Señor:
Enterado de que se me acusa ante vuestra alteza de ciertas tortuosas negociaciones de Estado con los extranjeros, no salgo de mi asombro, porque no puedo comprender qué apariencia de fundamento haya podido dar pie a semejante calumnia. Si recientemente mi ministerio me ha obligado a trasladarme a Gex y permanecer en esa ciudad algunos días, no es menos cierto que lo mismo que en todas partes me abstuve de nada que fuese ajeno a mi profesión: predicar, argumentando puntos doctrinales, reconciliando iglesias, consagrando altares, administrando los sacramentos .
El purgatorio del Padre Claret
En ocasiones los gobernantes han acudido a los santos en petición de consejo. San Luis, Rey de Francia, solía charlar con santo Tomás de Aquino acerca de los negocios graves desu gobierno "y cuando debía celebrar consejo, tenía costumbre de informar la víspera a fray Tomás, rogándole se sirviese darle su parecer a primera hora del día siguiente. El Santo cumplía fiel y escrupulosamente esos encargos" .
No fue este el caso de san Antonio María Claret, designado confesor de la Reina Isabel II. Su función era específicamente espiritual y no intervenía en modo alguno en ninguna cuestión de gobierno de la Corte, que se debatía con todos los conflictos propios del XIX español. El Santo no disimulaba su animadversión por el ambiente palatino; y aunque la familia real lo apreciaba, su estancia en Palacio fue, en sus propias palabras, un "purgatorio".
"Yo no sé -escribe en su Autobiografía- conformarme ni aquietarme en permanecer en Madrid. Conozco que no tengo genio de cortesano ni de palaciego; por esto, el tener que vivir en la Corte y estar continuamente en Palacio es para mí un continuo martirio". Escribe, cansado de intrigas palaciegas: "cuasi me habría alegrado de una revolución para que me hubiesen echado".
La Corte no fue sólo un purgatorio para él desde un punto de vista material, por las exigencias de carácter social de su encargo, de alcance específicamente pastoral; se convirtió en un verdadero purgatorio moral.
Empezaron a acusarle sin fundamento alguno de que se metía en política, lo que era rigurosamente falso: "En materias de política -escribía en su Autobiografía- jamás me he querido meter, ni antes que era mero sacerdote ni ahora tampoco, siendo así que varias veces me han pinchado." Y reconocía que "mi inclinación siempre me ha llamado a las misiones; sin embargo, para complacer a la Señora (la Reina) me he sujetado y me he hecho violencia a mí mismo".
Por este motivo tuvo que sufrir "toda clase de infamias, calumnias, dicterios y persecuciones hasta de muerte muchísimas veces. He sido objeto de pasquines, caricaturas, fotografías ridículas e infamatorias".
Sus enemigos escribieron dos libros con el mismo título que otros dos libros que había publicado anteriormente -Ramillete y Llave de Oro- consignándolo falsamente como autor de los mismos, e incluyendo en sus páginas, para difamarle, figuras torpes y obscenas. Algunos procedimientos actuales en la red de internet son más antiguos de lo que parece.
Su comportamiento en la Corte, sus afanes exclusivamente espirituales, se malinterpretaban torcidamente por los adversarios de la Corona o por los que querían conseguir algún provecho personal; y se inventaban intereses partidarios o injerencias en asuntos temporales que nunca tuvo.
"Antes -escribía san Antonio María de sí mismo- era admirado, apreciado y aun alabado de todos, y en el día, a excepción de muy pocos, todos me odian y dicen que el P. Claret es el peor hombre que jamás ha existido y que soy la causa de todos los males de España" .
Aunque estén demasiado próximas en el tiempo, no podemos olvidar las figuras de algunos eclesiásticos contemporáneos como los Cardenales Wyszynsky, Tomasek, Mindszenty, y de tantos hombres de nuestro tiempo que han sido verdaderos gigantes de la fe, y han escrito una página conmovedora de fidelidad a la Iglesia frente a la tiranía de los regímenes nazis y comunistas de la Europa del Este, en medio de la tribulación y, con frecuencia, de la incomprensión de algunos católicos del mundo Occidental. Uno de ellos, el Card. Wyszynsky, fallecido en 1981, se encuentra ya en proceso de Beatificación.
"Sería inconcebible -escribe el Cardenal Gagnon en su prólogo al libro de Memorias del Obispo Kazimierz Majdanski- pasar una esponja sobre los sufrimientos de millares de hombres y mujeres en los campos de concentración y no considerar como un tesoro el heroísmo demostrado por tantos cristianos sostenidos en sus tribulaciones por la fe y el amor" .
Cuenta Majdanski: "Nuestros datos personales -si bien los sabían parcialmente, pues la Gestapo tenía en su poder los ficheros diocesanos- eran anotados ahora, en la prisión. Se hablaría después frecuentemente en los medios internacionales (ya que la propaganda nazi era, evidentemente, muy activa) de una postura claramente hostil del clero polaco, `politizado' contra los agresores, y ello constituía ya un motivo de arresto. Pero esta postura de `hostilidad' era de toda la nación polaca (...). Ni yo ni mis compañeros habíamos desarrollado jamás actividad política alguna".
Recordaba Joseph Mindszenty, Cardenal Primado de Hungría:
"Los ataques y calumnias contra mi persona duraron todo el verano. Como preparación de mi encarcelamiento, en el otoño se recrudeció la campaña bajo el lema: ¡Aniquilemos el Mindszentysmo! ¡Por el bien del pueblo húngaro y la paz entre la Iglesia y el Estado! Se ordenó a la juventud estudiantil y a los obreros de las fábricas que se manifestaran en las calles contra mí. Agentes comunistas conducían a los manifestantes hasta el palacio episcopal y exigían de los Obispos que me apartaran a mí, `el obstinado y políticamente frustrado' Cardenal Primado, del vértice de la Iglesia húngara".
Se le acusó con los tópicos marxistas al uso: de ser un enemigo del pueblo; de aprovechar unas solemnidades marianas para "manejos contrarrevolucionarios", etc. El Cardenal respondió a estas falsas acusaciones diciendo que "tomados en bloque mis setenta y ocho predecesores, no fueron nunca tan difamados, cien veces calumniados y envueltos en la mentira como ocurrió en mi caso".
Fue detenido en Esztergom el 26 de diciembre de 1948, acusado de alta traición y trasladado a los calabozos de una prisión preventiva en Budapest en una situación de indefensión total. Sufrió más tarde todo tipo de vejaciones en defensa de la fe, y sólo le dejaron en libertad años después, en 1956, tras un juicio esperpéntico.
Capítulo VII. Actitudes ante la vocación de los jóvenes
Tres contra dos y dos contra tres
A pesar de lo que hemos considerado en capítulos anteriores, la mayor parte de las contradicciones que han sufrido los santos no han sido promovidas por los grandes enemigos de la fe, por los políticos sectarios o por los dirigentes de medios de comunicación anticristianos, sino por personas que pertenecen a un entorno mucho más cercano con frecuencia, por personas de la propia familia.
Esto no es de extrañar: tampoco los familiares cercanos de Jesucristo llegaron a comprender su comportamiento:
"¿Pensáis que he venido a traer la paz a la tierra?", dijo Jesús a sus discípulos. "No, os digo, sino división. Pues desde ahora, habrá cinco en una casa divididos: tres contra dos y dos contra tres, se dividirán el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra."'.
Estas palabras se entienden en toda su plenitud al contemplar las tensiones que suele provocar en el entorno doméstico la entrega a Dios de alguien de la propia familia.
La entrega no supone una quiebra en el amor entre padres e hijos: Cristo no separa las almas, no establece oposiciones, no enfrenta el primer mandamiento (amar a Dios sobre todas las cosas) contra el cuarto mandamiento (amar a los padres). Lo que queda patente en la entrega a Dios es una jerarquía del corazón: esa persona manifiesta con su decisión de entrega que el amor a Dios es lo primero, y lo que debe anteponerse a todo, en coherencia con la enseñanza constante de la Iglesia, fiel a las enseñanzas de Cristo. "Los padres han de ser honrados -recordaba San Agustín-, pero Dios debe ser obedecido".
La formulación evangélica no ofrece dudas: "Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí" . Pero con frecuencia, los padres, los hermanos, los amigos, no ven las cosas del mismo modo.
En este aspecto, los santos han tenido que padecer, como tantas otras miles de personas que se han entregado a Dios en estos veinte siglos de cristianismo, serias contradicciones. "Cuando mi madre supo mi resolución -recordaba san Juan Crisóstomo- me tomó de la mano, me llevó a su habitación, y habiéndome hecho que me sentase junto a la cama donde me había dado el ser, rompió a llorar y a decirme cosas más amargas que su llanto." Su madre, viuda, le fue recordando todo lo que había hecho por él desde su nacimiento; y le pidió, entre lágrimas, que no la abandonara en la vejez, dejándola viuda por segunda vez.
"Espera al fin de mis días -le decía Antusa-, (...) cuando me hayas entregado a la tierra y me hayas puesto junto a los huesos de tu padre, emprende entonces largos viajes (...). Yo no te he faltado en nada...".
San Juan Crisóstomo tenía 23 años y en aquella ocasión, cedió. Sólo las palabras de un amigo, le convencieron más tarde a llevar a cabo su vocación, a pesar de esa contradicción familiar.
La Iglesia enseña que no es verdadera piedad filial la que lleva a desoír la vocación, la llamada de Dios. "Dad a cada uno lo suyo -recuerda san Agustín- conforme a una escala de obligaciones; no subordinéis lo anterior a lo posterior. Amad a los padres, mas poned a Dios por delante de los padres."
En su viaje a Irlanda en 1979, Juan Pablo II recordaba a los padres que "Vuestro primer deber y vuestro mayor privilegio como padres -decía el Papa- es el de transmitir a vuestros hijos la fe que vosotros recibisteis de vuestros padres. El hogar debería ser la primera escuela de religión, así como la primera escuela de oración. (...) Dirijo por tanto un llamamiento a los padres irlandeses para que continúen fomentando vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa en sus hogares, entre sus hijos e hijas" (Limerik, 1-X-1979).
No te dejaremos en paz
Una señora de Siena, Lapa di Puccio di Piagente, prefirió las amenazas a las lágrimas. "¡Te casarás aunque se te rompa el corazón!", le dijo a su hija Catalina, cuando ésta le comunicó, a los diecisiete años, que había decidido entregarse a Dios en el celibato, permaneciendo en el propio hogar familiar. "No te dejaremos en paz -sentenció Monna Lapahasta que hagas lo que te mandamos."
Catalina permaneció irreductible ante la presión familiar: "en eso jamás obedeceré a vuestra voluntad; yo tengo que obedecer a Dios antes que a los hombres. Si vosotros queréis tenerme en casa en estas condiciones, dejadme estar como criada; haré con gozo todo lo que buenamente pueda hacer por vosotros. Pero si me echáis por haber tomado esta resolución, sabed que esto no cambiará en absoluto mi corazón".
Su padre, al oírla, apoyó su decisión: "Desde hoy –dijo nadie molestará a esta querida hija mía ni se atreverá a poner obstáculos en su camino. Dejadla servir a su Esposo con entera libertad y que pida diligentemente por nosotros. Nosotros jamás podríamos procurarle un matrimonio tan honroso; por tanto, no nos quejemos porque en vez de un mortal tengamos al Dios inmortal hecho hombre."
Se cumplían a la letra las palabras del Evangelio: la madre contra la hija... A partir de aquel día, viendo que ni siquiera su marido estaba de su parte, Monna Lapa soportó, entre miles de protestas, la decisión de Catalina de permanecer célibe, y aceptó a regañadientes sus mortificaciones, su desprendimiento, sus limosnas, su atención a los enfermos... Pero estalló en cólera cuando vinieron las inevitables maledicencias que han acompañado siempre a los santos.
La que difamaba a Catalina era una cancerosa, una de las enfermas a las que atendía con más sacrificio. Aquello fue la gota que colmó el vaso del orgullo herido de Monna Lapa: "Si no dejas de cuidarla -amenazó a Catalina-, si llego a saber que has estado cerca de donde ella vive, jamás volveré a llamarte hija mía."
Pocos años después, aquella jovenpusos los medios para cerrar uno de los capítulos más dolorosos de la historia de la Iglesia: hizo que el Papa volviera a Roma desde Aviñón.
Su madre fue testigo de la exaltación de su hija en la procesión solemne de sus reliquias que se organizó en Siena en la primavera de 1383
Un prototipo de intransigencia
Más intransigente con la vocación de su hijo fue Teodora de Theate, madre de Tomás de Aquino, que demostró no ser una mujer fácil de convencer cuando se resolvía a algo. Pérez de Urbel la retrata como una "condesa feudal, autoritaria, dura y altiva"'.
Había enviado a Tomás a Monte Casino, a los cinco años de edad, donde era Abad un pariente de su marido, Landolfo Sinibaldi, y aspiraba "a lo que parece, a que su benjamín llegase un día a ceñir la mitra abacial".
La tormenta estalló cuando, después de diversas peripecias que lo llevaron a estudiar a Nápoles, Tomás decidió, a los dieciocho años, entregarse a Dios en la Orden de Predicadores, en contra de la voluntad de su madre.
Teodora era una mujer resuelta. ¿Dónde estaba Tomás? ¿En Nápoles? Allí se dirigió. Pero Tomás se había marchado a Roma. Se fue a Roma. Al llegar, le dijeron que se había marchado a Bolonia con el Maestre General, Juan de Wildeshausen. Enfurecida, llamó a otros hijos suyos, Aimón, Felipe, Reinaldo y Adenolfo, que militaban a las órdenes de Federico II y les ordenó que fuesen en su búsqueda, que se lo trajesen preso y que lo encerrasen en la fortaleza familiar de Montesangiovanni. Ya se ve que Teodora no tenía de la libertad personal un concepto demasiado elevado.
Sus hermanos encontraron al joven Tomás camino de Bolonia, a mediados de mayo de 1244, cerca de Aquapendente, mientras descansaba junto a un manantial. Llegaron a galope, lo detuvieron, forcejearon para quitarle el hábito y se lo llevaron por la fuerza primero hasta Montesangiovanni y luego a Rocaseca, el antiguo castillo familiar, donde lo encerraron.
Allí Teodora lo tenía todo planeado: después de la fuerza viril pondría en juego la habilidad femenina. Sus hermanas Marotta y Teodora se encargarían de hacerle cambiar de opinión, ahora ya no por la fuerza, sino por la persuasión. Le sugerían que siendo benedictino podría llegar a ser Abad... Todo, todo antes que ser fraile mendicante. Pero las palabras de las dos hermanas resultaron inútiles, y lo que es peor: Marotta empezó a vacilar al ver la actitud de su hermano y resolvió entregarse a Dios en el Monasterio de benedictinas de Capua.
Al cabo de casi año y medio, Tomás seguía sin mudar de parecer. Sus hermanos intentaron entonces una solución violenta: le quitaron los libros y el hábito y lo dejaron vestido con harapos. En vano.
Su madre estaba decidida a poner todos los medios y cambió de táctica; pensó que, ya que no se podía vencer su intransigencia con palabras ni por la fuerza, habría que reducir su corazón con una mujer. Trajeron de Nápoles una cortesana a sueldo y una noche la introdujeron provocadoramente en la habitación de Tomás. Pero éste, en cuanto la vio, se acercó a la chimenea, cogió un tizón ardiente y la napolitana huyó despavorida...
Al fin, Tomás no encontró otra solución que descolgarse con una cuerda por la ventana de la fortaleza, y escaparse en dirección a Nápoles... Y no acabaron ahí las contradicciones, cuya relación sobrepasa el espacio de estas páginas.
Mi hijo no será fraile
Don Fernando, el padre de Luis Gonzaga, puso también todas las dificultades imaginables: "¡mi hijo no será fraile!", repetía. Hizo que se lo llevaran a Florencia para que sirviese de paje al gran duque Francisco de Médicis, donde esperaba que el ambiente cortesano acabara por conquistarlo.
Pero el joven Luis volvió a su hogar, en Castiglione, tan decidido a entregarse a Dios como salió. Su padre le envió entonces a la Corte del Rey de España, donde lo tuvo por espacio de tres años. A la vuelta, en 1584, Luis declaró que quería ingresar en la Compañía de Jesús. Se sucedieron escenas violentas entre padre e hijo, que cayó enfermo.
Don Fernando lo volvió a enviar a las cortes de Mantua, Ferrara, Parma y Turín... hasta que al final, cedió.
Una protesta al Arzobispo
Pietro di Bernardone, un rico mercader de paños de Umbría, se mantuvo en la misma postura irreductible: no estaba dispuesto a que su hijo Francisco hiciese más locuras. Estaba harto de verlo llegar a casa medio desnudo porque había dado a los pobres la capa, el sombrero y la camisa, no soportaba más que viviera en una gruta y mendigara por Asís; o que se dedicara a comprar piedras a cambio de las telas de su tienda para reconstruir una iglesia.
Para su padre, Francisco era, como escribe Bargellini, "el deshonor de la familia. Si se hubiera tratado de vocación religiosa, Pietro di Bernardone quizá no hubiese tenido dificultad en hacerlo entrar en el monasterio de los benedictinos del Subasio; pues, tras el novidíado, Francisco se habría convertido en un Padre respetado y honrado por todos. Comía en una asquerosa escudilla las sobras ajenas mezcladas en un abominable revoltijo. Parecía como si gozase en infamarse".
Un día Pietro di Bernardone ya no aguantó más y recurrió a un procedimiento que se ha venido repitiendo hasta nuestros días: lo denunció; quiso incapacitarlo y lo hizo citar por los magistrados de la ciudad. Pero Francisco no respondió.
Entonces su padre se presentó en la sede Arzobispal y lo hizo llamar por medio del Obispo, Guido Secundo. Al fin, su hijo compareció. Exigió. que le devolviera su dinero: ¡esas piedras que había comprado inútilmente su hijo con la venta de sus telas!
La historia es sobradamente conocida: Francisco se quitó la ropa que llevaba puesta y se la entregó, quedándose sólo con una faja de cerdas a la cintura, hizo un envoltorio y encima un montón de monedas ...
Si no, se escapará
La madre de san Francisco de Sales prefirió la habilidad femenina a las lágrimas, y las amenazas a las denuncias. La decisión de entregarse a Dios de su hijo había roto sus planes de casarlo con un buen partido, la hija del consejero del Duque de Saboya, y prefirió ganárselo por el corazón.
Durante cierto tiempo, gracias al talante conciliador de su hijo, le pareció que aquella táctica daba resultado. Todo eranevasivas y dilaciones, hasta que llegó el momento de los esponsales y Francisco dijo un rotundo "no", especialmente llamativo "en un hijo que no decía nunca a nada que no".
¿Pero quién te ha metido esa idea en la cabeza?", gritaba su padre. "Una elección de ese tipo de vida exige más tiempo que el que tú te tomas!", insistía furioso. Su madre, sin embargo, al verle tan decidido, cedió, movida en parte por el temor: "será mejor permitirle a este hijo que siga la voz de Dios -le dijo a su marido-. Si no, va a hacernos como San Bernardo de Menthon; se nos escapará..."
Y le dejaron seguir con su vocación.
Es muy duro. No resistirá
Los señores Beltrán, don Juan Luís y doña Ángela Exarch, de una de las mejores familias de Valencia, fueron mucho más comprensivos que estos padres que acabamos de mencionar. Ellos no querían interferir en la vocación de su hijo Luis. Sólo querían orientarla, y le pedían que esperara untiempo antes de tomar su decisión; y que, a causa de su salud frágil, en vez de hacerse dominico, se hicese cartujo o jerónimo.
Pero un día, a los dieciocho años, el joven Luís decidió no volver a casa e ingresar en el convento. Su padre se enfureció y pronunció las conocidas acusaciones: su hijo había sido influido por aquellos religiosos, esyaba seguro de que en el convento lo maltrataban, y además, ¡no le dejaban hablar con él!
En esa situación el joven Luís les escribió a sus padres una carta serena, redactada con un estilo recio y conciso, que revela, a pesar de su juventud, la fortaleza de su carácter:
"Una carta de vuestra merced he recibido, y, mirándola bien, hallo que en suma tiene dos cosas: la una que, ya que quiero ser religioso, su intención es que sirva a Dios en la cartuja o en la orden de San Jerónimo; la otra, que los padres de esta casa me han persuadido que sea religioso en ella. Acerca del primer punto, tenga paciencia vuestra merced, porque no sería consuelo mío...
Cuanto a lo segundo, créame vuestra merced que estos padres me han sido contrarios. Mas a la postre, vista mi importunación y perseverancia, les ha parecido que no condescender conmigo era resistir al Espíritu Santo...
Dice el Padre Maestro que me dará licencia para que vuestra merced me hable a solas, si viniera por acá. En lo demás me trata con tanta crueldad, que por mis enfermedades me ha puesto en la mejor celda, y me hace cenar tres veces a la semana, contra mi voluntad. Y por hacer tanto frío se ha quitado la ropa de que él tenía necesidad y me la ha dado.
Así que vuestra merced se consuele y descanse, que yo estoy consolado en mi espíritu, y en cuanto a las fuerzas exteriores, me siento mejor que en toda mi vida. Guarde que no se diga de vuestra merced lo que dice David: `Temblaron donde no había que temer.'
La gracia del Espíritu Santo guarde a vuestra merced y a la señora y a todos, como se lo ruego de día y de noche."
Años más tarde, aquel joven cuya salud, según sus padres, "no resistiría" las exigencias de la vocación, viajó al Nuevo Mundo, evangelizó a numerosos indios de Nueva Granada y las crónicas aseguran que llegó a bautizar a más de quince mil en un sólo día.
Y, como en tantos otros casos similares, tuvo el consuelo de escuchar de labios de su padre moribundo estas palabras: "Hijo, una de las cosas que en esta vida me han dado pena ha sido verte fraile, y lo que hoy más me consuela es que lo seas. Mi alma te encomiendo".
Ánimo contra mí
También santa Teresa tuvo que vencer la oposición familiar. La primera conversación con su padre, don Alonso, no fue muy fructífera: "Lo más que se pudo acabar con él fue que, después de muerto él, haría lo que quisiese."
Teresa hizo que intervinieran parientes y amigos, pero don Alonso seguía en sus trece, y temía que ella misma fuera capaz de resistir por mucho tiempo la negativa paterna: "Me temía a mí y a mi flaqueza." Un día, ayudada por su hermano Antonio, que también había decidido entregarse a Dios, se escapó de casa.
"Cuando salí de casa de mi padre -cuenta-, no creo será más el sentimiento cuando me muera; porque me parece cada hueso se me apartaba por sí; que, como no había amor de Dios que quitase el amor del padre y parientes, era todo haciéndome una fuerza tan grande, que si el Señor no me ayudara, no bastaran mis consideraciones para ir adelante. Aquí me dio ánimo contra mí, de manera que lo puse por obra" .
El pobre don Alonso, cuentan los biógrafos, "no sabía qué hacer. Los dominicos acababan de informarle también de la decisión de Antonio, y la piedad ponía a prueba su amor paternal. Figurándose una vez más que todo era cosa de la niña y que recuperarla a ella sería tanto como recuperar al chico, se apresuró a dirigirse a La Encarnación, temblando ante la perspectiva de enfrentarse con su hija y con Dios.
"Ya en sus primeras palabras, pronunciadas apasionadamente, Teresa planteó de tal modo sus responsabilidades a aquel buen cristiano que don Alonso no osó recurrir a las súplicas ni a su autoridad, aunque por el camino había ido rumiando alternativamente frases conmovedoras y órdenes terminantes. Comprendió que aunque ella cediera, no podría disfrutar ya sin remordimientos de la presencia de su hija queridísima. Cedió".
En la actualidad
Siguen dándose todavía estas oposiciones tenaces. Esto sorprende frente a la autonomía de la que gozan tantos jóvenes desde temprana edad –con uso de su libertad para bien y para mal- y los grandes problemas de lam sociedad actual, como la delincuencia juvenil, el terrorismo (compuesto en su mayoría por jóvenes, en ocasiones casi adolescentes), los negocios de la droga o del sexo (que cuenta con los jóvenes como sus mayores consumidores).
En algunos países se da el triste espectáculo de madres-niñas, de jóvenes que viven solos desde los quince años, frutos en algunos casos del divorcio y de un sentido de la independencia mal asimilado.
Y sin embargo, en muchos de los países donde se dan estas realidades, hay dos varas de medir:existen focos de opinión de raíz no cristiana que consideran que la edad en la que determinados programas políticos suponen como un hecho “cotidiano” las relaciones sexuales prematrimoniales, y en la que sejuzga a los adolescentes “preparados” para lo que son manifiestas aberraciones, es una edad en la que esos chicos y chicas se encuentran "psicológicamente inmaduros para la entrega".
El historiador Peter Berglar denunciaba esta incongruencia:
"¿por qué dudar -se preguntaba- de que así como hay jóvenes que son `capaces' de llevar una vida de pecado, de prostitución, de extorsión o de violencia, haya otros que también son `capaces' de todo lo contrario, es decir, de amar a Dios, de entregarse, de vivir la pureza?
No me cabe en la cabeza por qué los jóvenes, en la adolescencia, lo quieran los padres o no, han de tener derecho (por lo menos en Alemania) a dejar de asistir a las clases de Religión y no hayan de tener la posiblidad de decidirse por servir a Cristo y a su Iglesia. Esta época, la adolescencia, no es un dato arbitrario: la Iglesia sabe, por larga experiencia, que, por lo general, un cristiano adolescente es capaz de reconocer el modo y la esencia de una vocación divina y de seguirla".
Santa Ángela de la Cruz denunciaba esta incoherencia con toda la gracia y el vigor de su genio, a finales del siglo pasado: "¿por qué todo lo han de echar a peor parte?; ¿por qué al ver una joven recogida y vestida con modestia lo han de achacar a capricho, rareza y flojería; y no han de decir: tiene que hacerse violencia, pero se ha desprendido por Dios, y no hace otra cosa que estudiar su voluntad porque aprecia más su alma que su cuerpo?
”Y cuando después de conocida la Voluntad de Dios, se decide una a dejar su familia, y dicen que es abandonar su obligación, ¿por qué no se paran a considerar que la que hace esto hace mayor sacrificio que los que la critican, porque por lo regular su amor es más desinteresado y su cariño más respetuoso?
”Y en fin, mientras que les dicen ingratas, ellas padecen y se les arranca el corazón cuando ven padecer a su madre que aman más de lo que demuestran".
El "Caso Ubao"
Un ejemplo de intolerencia es el tristemente famoso "Caso Ubao". Para entenderlo adecuadamente hay que encuadrarlo dentro del contexto histórico anticlerical de comienzos de siglo en España, en el que la prensa, como señala Gómez Molleda, "aprovechó la liberalización del Régimen para mostrar ya su hostilidad a la Iglesia, y la más sectaria, incluso para instigar a las turbas, que ya en determinadas ocasiones cometieron actos delictivos contra personas y casas religiosas.
(...) La campaña se hace decididamente fuerte y `oficial' años más tarde y sobre todo a partir de 1900.( ...) Se observa en la prensa el desencadenamiento de una sistemática campaña antirreligiosa, que elige los `casos' apropiados y los airea de todos los modos posibles para llegar a los puntos más vulnerables de la masa" .
El "caso" elegido en esta ocasión fue el de Adela Ubao, una joven mujer de veintitrés años que, después de superar una fuerte oposición materna, logró entrar en el noviciado de las Esclavas del Sagrado Corazón, en la casa del Obelisco de Madrid, el 12 de marzo de 1900.
Su madre -viuda- y sus hermanos emprendieron un proceso contra ella que nos parecería ridículo si no se siguieran dando en nuestros días casos con características similares. Sólo cambia ahora la terminología y los planteamientos; salen a relucir acusaciones de "sectarismo", “juventud "extrema" (cuando los candidatos son siempre mayores de edad), “obnubilación mental” (¿cómo puede hacerse monja a los 19 años? Eso es que la han programado mentalmente las monjas de su colegio);pero la intolerancia de fondo, la falta de respeto a la libertad y la incomprensión del hecho religioso sigue siendo la misma.
La Sra. Ubao denunció el caso ante el Juez de primera instancia, que en la primavera de 1900 tomó declaración a Adela, que manifestó que había entrado en el convento a raíz de una decisión personal absolutamente libre.
En vista de los hechos, el juez sentenció en favor de Adela. La familia apelóa la Audiencia Provincial.
"Los Ubao -escribe Yáñez- buscaron la defensa de Nicolás Salmerón, y el caso, en sí intrascendente, se cargó con el peso de todos los prejuicios que enfrentaban a ultras y a anticlericales, y, desde luego, comenzó a rodearse de una atmósfera de confusión y apasionamiento típicamente decimonónica.
”El conjunto de argumentos aducidos no sólo por la familia Ubao y sus amigos, sino aún por Salmerón y otros individuos que se decían laicos, nos hace sonreír; porque, en verdad, recurrían a leyes divinas y eclesiásticas tanto o más que Adela Ubao y sus defensores".
La prensa contribuyó a caldear la polémica: "Un alma a Dios y ciento al diablo", pregonaba El Liberal de Madrid, el 19 de octubre. A él se sumaron los artículos de El Imparcial, El Heraldo de Madrid, El Siglo Futuro, El País...
La Congregación de las Esclavas del Sagrado Corazón se negó a tomar parte en el pleito. Hubo una lógica disparidad de criterios entre las religiosas a la hora de abordar el problema:la maestra de novicias era partidaria de poner resistencia al atropello, pero la Madre Pilar, una de las Fundadoras de la Congregación, no quería enfrentar madre e hija en los tribunales, y se negaba a que se le concediera vestir el hábito hasta que no hubiera terminado aquel pleito.
La Audiencia de Madrid confirmó el auto del Juez, a pesar de la catarata de concilios que Salmerón trajo a colación en su discurso. Los Ubao apelaron entonces al Tribunal Supremo, mientras que la joven seguía viviendo en el convento de acuerdo con su voluntad.
Más tarde, el 30 de enero de 1901, se estrenó en Madrid Electra, una obra oportunista de Pérez Galdós en la que se aludía al caso y que, en aquel momento de exaltación anticlerical, obtuvo bastante éxito.
En medio de ese clima, el 7 de febrero, se celebró la causa. Salmerón citó a Tertuliano, los Concilios de Maguncia y Trento, las crónicas de la Orden de San Francisco y hasta las Partidas. "No siempre ha transigido el poder de la Iglesia -dijo- con las órdenes religiosas, pues Papa ha habido como San Clemente, que consintió una expulsión de los jesuitas."
El discurso impresionó a los miembros de la sala, ignorantes de muchas cosas, entre otras de que Clemente XIV, que suprimió la Compañía de Jesús en 1773, nunca fue canonizado.
Pero esas "minucias" no parecían importarle demasiado al orador, que aludió con frecuencia a "la niña" (que ya no era tan "niña": tenía veintitrés años) y señaló como causante de todo en su origen, a un Padre de la Compañía de Jesús que había predicado en una iglesia la necesidad de la penitencia...
El tribunal notificó su fallo negativo para Adela, y el 24 de febrero se presentó el juez en el convento para recogerla y reintegrarla en la casa de su madre.
Antes de salir, la joven hizo constar en acta que lo hacía forzada y en contra de su voluntad y que volvería a entrar en el convento a los veinticinco años. Y así lo hizo, porque cumplió veinticinco años a los pocos meses.
Se podrían establecer muchos parangones contemporáneos de este caso con jóvenes ya mayores de edad que han decidido entregarse a Dios en diversas instituciones de la Iglesia, ya sea como religiosos -dentro del Carmelo por ejemplo-, o en diversas opciones de carácter laical.
EsTo confirma que "los ataques y denuncias que acusan a Movimientos, Asociaciones y órdenes afines a la Iglesia Católica son más frecuentes de lo que parece", como se dice en un reportaje en el que unos padres denuncian la actitud de sus hijas, ya mayores de edad, por haberse hecho carmelitas descalzas.
"En los siglos pasados -declaraba el Cardenal Hoffner en una ntrevista en la KNA, Colonia, 23-VIII-1984- se atacó duramente a los jesuitas, prácticamente con las mismas armas que se emplean ahora contra el Opus Dei. Como ejemplo, puedo citar algunas acusaciones publicadas por H. Meurer en 1881 que dicen que los niños y jóvenes son `amaestrados' en las instituciones educativas de los jesuitas; que los Estatutos `mantenidos secretos inicialmente' de la Compañía de Jesús exigen una obediencia ciega... Y se pregunta: '¿Cómo es posible que la Compañía de Jesús encuentre el número suficiente de novicios, que estén dispuestos a someterse a denigraciones de ese tipo...?'" .
En esa entrevista comentaba el Cardenal la alegría que experimentan la mayoría de los padres de las personas que se han entregado a Dios en el Opus Dei, aunque no falten algunos padres que no entiendan todavía la vocación de sus hijos.
"Un matrimonio -declaraba el Cardenal- escribe: 'somos padres de tres hijos, de los cuales dos son miembros del Opus Dei, y estamos muy agradecidos por la ayuda espiritual que han recibido en el Opus Dei'. Otro padre escribe: 'por propia experiencia puedo decirle que los miembros del Opus Dei crecen en el amor a sus familias de sangre, al mismo tiempo que viven las consecuencias de su vocación: es lo mismo que sucede con una persona que se casa.
”También en ese caso, nosotros, como padres, debemos aceptar la ausencia física de nuestros hijos, ya que no los hemos educado para nosotros, sino para ser miembros responsables de la Iglesia y de la sociedad. Finalmente, como padres hemos de estar agradecidos por la vocación que han recibido nuestros hijos, que no nos causan preocupaciones pues sabemos que están contentos. Le escribo estas impresiones como padre de dos hijos que pertenecen al Opus Dei desde hace muchos años, sin ser yo mismo miembro de esta Obra."
El ejemplo de los padres cristianos
De todos modos estos casos suelen ser bastante puntuales. es de justicia recordar que los padres cristianos han sabido ver a lo largo de la historia de la Iglesia la entrega de sus hijos como un privilegio y un don de Dios, y han ayudado decisivamente a la vocación de sus hijos: baste recordar las figuras de la madre de santo Domingo, del padre de santa Teresa de Lisieux, de "Mamá Margarita", la madre de san Juan Bosco, que tanto ayudó a su hijo en los comienzos del Oratorio, de los padres de san Josemaría Escrivá, y de tantos padres en la actualidad.
"Bienaventurados los que se entregan a Dios para siempre en la juventud", escribía don Bosco muy pocos días antes de su muerte, alentando a la entrega generosa en la juventud. En el Santoral se encuentran, de hecho, un buen número de santos jóvenes: la mayoría de los veintidós mártires de Uganda oscilaban entre los quince y los veintidós años. Tarsicio, Luis Gonzaga, Domingo Savio, Teresa de Lisieux, María Goretti, entre otros muchos, murieron en la adolescencia, o en plena juventud. Y en nuestro tiempo se sigue canonizando y beatificando a jóvenes -en muchos casos laicos-, como una joven polaca, Carolina Kózka; un joven francés, Marcel Callo, o dos campesinas italianas: Pierina Morosini y Antonia Mesina.
Tres contra dos y dos contra tres
A pesar de lo que hemos considerado en capítulos anteriores, la mayor parte de las contradicciones que han sufrido los santos no han sido promovidas por los grandes enemigos de la fe, por los políticos sectarios o por los dirigentes de medios de comunicación anticristianos, sino por personas que pertenecen a un entorno mucho más cercano con frecuencia, por personas de la propia familia.
Esto no es de extrañar: tampoco los familiares cercanos de Jesucristo llegaron a comprender su comportamiento:
"¿Pensáis que he venido a traer la paz a la tierra?", dijo Jesús a sus discípulos. "No, os digo, sino división. Pues desde ahora, habrá cinco en una casa divididos: tres contra dos y dos contra tres, se dividirán el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra."'.
Estas palabras se entienden en toda su plenitud al contemplar las tensiones que suele provocar en el entorno doméstico la entrega a Dios de alguien de la propia familia.
La entrega no supone una quiebra en el amor entre padres e hijos: Cristo no separa las almas, no establece oposiciones, no enfrenta el primer mandamiento (amar a Dios sobre todas las cosas) contra el cuarto mandamiento (amar a los padres). Lo que queda patente en la entrega a Dios es una jerarquía del corazón: esa persona manifiesta con su decisión de entrega que el amor a Dios es lo primero, y lo que debe anteponerse a todo, en coherencia con la enseñanza constante de la Iglesia, fiel a las enseñanzas de Cristo. "Los padres han de ser honrados -recordaba San Agustín-, pero Dios debe ser obedecido".
La formulación evangélica no ofrece dudas: "Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí" . Pero con frecuencia, los padres, los hermanos, los amigos, no ven las cosas del mismo modo.
En este aspecto, los santos han tenido que padecer, como tantas otras miles de personas que se han entregado a Dios en estos veinte siglos de cristianismo, serias contradicciones. "Cuando mi madre supo mi resolución -recordaba san Juan Crisóstomo- me tomó de la mano, me llevó a su habitación, y habiéndome hecho que me sentase junto a la cama donde me había dado el ser, rompió a llorar y a decirme cosas más amargas que su llanto." Su madre, viuda, le fue recordando todo lo que había hecho por él desde su nacimiento; y le pidió, entre lágrimas, que no la abandonara en la vejez, dejándola viuda por segunda vez.
"Espera al fin de mis días -le decía Antusa-, (...) cuando me hayas entregado a la tierra y me hayas puesto junto a los huesos de tu padre, emprende entonces largos viajes (...). Yo no te he faltado en nada...".
San Juan Crisóstomo tenía 23 años y en aquella ocasión, cedió. Sólo las palabras de un amigo, le convencieron más tarde a llevar a cabo su vocación, a pesar de esa contradicción familiar.
La Iglesia enseña que no es verdadera piedad filial la que lleva a desoír la vocación, la llamada de Dios. "Dad a cada uno lo suyo -recuerda san Agustín- conforme a una escala de obligaciones; no subordinéis lo anterior a lo posterior. Amad a los padres, mas poned a Dios por delante de los padres."
En su viaje a Irlanda en 1979, Juan Pablo II recordaba a los padres que "Vuestro primer deber y vuestro mayor privilegio como padres -decía el Papa- es el de transmitir a vuestros hijos la fe que vosotros recibisteis de vuestros padres. El hogar debería ser la primera escuela de religión, así como la primera escuela de oración. (...) Dirijo por tanto un llamamiento a los padres irlandeses para que continúen fomentando vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa en sus hogares, entre sus hijos e hijas" (Limerik, 1-X-1979).
No te dejaremos en paz
Una señora de Siena, Lapa di Puccio di Piagente, prefirió las amenazas a las lágrimas. "¡Te casarás aunque se te rompa el corazón!", le dijo a su hija Catalina, cuando ésta le comunicó, a los diecisiete años, que había decidido entregarse a Dios en el celibato, permaneciendo en el propio hogar familiar. "No te dejaremos en paz -sentenció Monna Lapahasta que hagas lo que te mandamos."
Catalina permaneció irreductible ante la presión familiar: "en eso jamás obedeceré a vuestra voluntad; yo tengo que obedecer a Dios antes que a los hombres. Si vosotros queréis tenerme en casa en estas condiciones, dejadme estar como criada; haré con gozo todo lo que buenamente pueda hacer por vosotros. Pero si me echáis por haber tomado esta resolución, sabed que esto no cambiará en absoluto mi corazón".
Su padre, al oírla, apoyó su decisión: "Desde hoy –dijo nadie molestará a esta querida hija mía ni se atreverá a poner obstáculos en su camino. Dejadla servir a su Esposo con entera libertad y que pida diligentemente por nosotros. Nosotros jamás podríamos procurarle un matrimonio tan honroso; por tanto, no nos quejemos porque en vez de un mortal tengamos al Dios inmortal hecho hombre."
Se cumplían a la letra las palabras del Evangelio: la madre contra la hija... A partir de aquel día, viendo que ni siquiera su marido estaba de su parte, Monna Lapa soportó, entre miles de protestas, la decisión de Catalina de permanecer célibe, y aceptó a regañadientes sus mortificaciones, su desprendimiento, sus limosnas, su atención a los enfermos... Pero estalló en cólera cuando vinieron las inevitables maledicencias que han acompañado siempre a los santos.
La que difamaba a Catalina era una cancerosa, una de las enfermas a las que atendía con más sacrificio. Aquello fue la gota que colmó el vaso del orgullo herido de Monna Lapa: "Si no dejas de cuidarla -amenazó a Catalina-, si llego a saber que has estado cerca de donde ella vive, jamás volveré a llamarte hija mía."
Pocos años después, aquella jovenpusos los medios para cerrar uno de los capítulos más dolorosos de la historia de la Iglesia: hizo que el Papa volviera a Roma desde Aviñón.
Su madre fue testigo de la exaltación de su hija en la procesión solemne de sus reliquias que se organizó en Siena en la primavera de 1383
Un prototipo de intransigencia
Más intransigente con la vocación de su hijo fue Teodora de Theate, madre de Tomás de Aquino, que demostró no ser una mujer fácil de convencer cuando se resolvía a algo. Pérez de Urbel la retrata como una "condesa feudal, autoritaria, dura y altiva"'.
Había enviado a Tomás a Monte Casino, a los cinco años de edad, donde era Abad un pariente de su marido, Landolfo Sinibaldi, y aspiraba "a lo que parece, a que su benjamín llegase un día a ceñir la mitra abacial".
La tormenta estalló cuando, después de diversas peripecias que lo llevaron a estudiar a Nápoles, Tomás decidió, a los dieciocho años, entregarse a Dios en la Orden de Predicadores, en contra de la voluntad de su madre.
Teodora era una mujer resuelta. ¿Dónde estaba Tomás? ¿En Nápoles? Allí se dirigió. Pero Tomás se había marchado a Roma. Se fue a Roma. Al llegar, le dijeron que se había marchado a Bolonia con el Maestre General, Juan de Wildeshausen. Enfurecida, llamó a otros hijos suyos, Aimón, Felipe, Reinaldo y Adenolfo, que militaban a las órdenes de Federico II y les ordenó que fuesen en su búsqueda, que se lo trajesen preso y que lo encerrasen en la fortaleza familiar de Montesangiovanni. Ya se ve que Teodora no tenía de la libertad personal un concepto demasiado elevado.
Sus hermanos encontraron al joven Tomás camino de Bolonia, a mediados de mayo de 1244, cerca de Aquapendente, mientras descansaba junto a un manantial. Llegaron a galope, lo detuvieron, forcejearon para quitarle el hábito y se lo llevaron por la fuerza primero hasta Montesangiovanni y luego a Rocaseca, el antiguo castillo familiar, donde lo encerraron.
Allí Teodora lo tenía todo planeado: después de la fuerza viril pondría en juego la habilidad femenina. Sus hermanas Marotta y Teodora se encargarían de hacerle cambiar de opinión, ahora ya no por la fuerza, sino por la persuasión. Le sugerían que siendo benedictino podría llegar a ser Abad... Todo, todo antes que ser fraile mendicante. Pero las palabras de las dos hermanas resultaron inútiles, y lo que es peor: Marotta empezó a vacilar al ver la actitud de su hermano y resolvió entregarse a Dios en el Monasterio de benedictinas de Capua.
Al cabo de casi año y medio, Tomás seguía sin mudar de parecer. Sus hermanos intentaron entonces una solución violenta: le quitaron los libros y el hábito y lo dejaron vestido con harapos. En vano.
Su madre estaba decidida a poner todos los medios y cambió de táctica; pensó que, ya que no se podía vencer su intransigencia con palabras ni por la fuerza, habría que reducir su corazón con una mujer. Trajeron de Nápoles una cortesana a sueldo y una noche la introdujeron provocadoramente en la habitación de Tomás. Pero éste, en cuanto la vio, se acercó a la chimenea, cogió un tizón ardiente y la napolitana huyó despavorida...
Al fin, Tomás no encontró otra solución que descolgarse con una cuerda por la ventana de la fortaleza, y escaparse en dirección a Nápoles... Y no acabaron ahí las contradicciones, cuya relación sobrepasa el espacio de estas páginas.
Mi hijo no será fraile
Don Fernando, el padre de Luis Gonzaga, puso también todas las dificultades imaginables: "¡mi hijo no será fraile!", repetía. Hizo que se lo llevaran a Florencia para que sirviese de paje al gran duque Francisco de Médicis, donde esperaba que el ambiente cortesano acabara por conquistarlo.
Pero el joven Luis volvió a su hogar, en Castiglione, tan decidido a entregarse a Dios como salió. Su padre le envió entonces a la Corte del Rey de España, donde lo tuvo por espacio de tres años. A la vuelta, en 1584, Luis declaró que quería ingresar en la Compañía de Jesús. Se sucedieron escenas violentas entre padre e hijo, que cayó enfermo.
Don Fernando lo volvió a enviar a las cortes de Mantua, Ferrara, Parma y Turín... hasta que al final, cedió.
Una protesta al Arzobispo
Pietro di Bernardone, un rico mercader de paños de Umbría, se mantuvo en la misma postura irreductible: no estaba dispuesto a que su hijo Francisco hiciese más locuras. Estaba harto de verlo llegar a casa medio desnudo porque había dado a los pobres la capa, el sombrero y la camisa, no soportaba más que viviera en una gruta y mendigara por Asís; o que se dedicara a comprar piedras a cambio de las telas de su tienda para reconstruir una iglesia.
Para su padre, Francisco era, como escribe Bargellini, "el deshonor de la familia. Si se hubiera tratado de vocación religiosa, Pietro di Bernardone quizá no hubiese tenido dificultad en hacerlo entrar en el monasterio de los benedictinos del Subasio; pues, tras el novidíado, Francisco se habría convertido en un Padre respetado y honrado por todos. Comía en una asquerosa escudilla las sobras ajenas mezcladas en un abominable revoltijo. Parecía como si gozase en infamarse".
Un día Pietro di Bernardone ya no aguantó más y recurrió a un procedimiento que se ha venido repitiendo hasta nuestros días: lo denunció; quiso incapacitarlo y lo hizo citar por los magistrados de la ciudad. Pero Francisco no respondió.
Entonces su padre se presentó en la sede Arzobispal y lo hizo llamar por medio del Obispo, Guido Secundo. Al fin, su hijo compareció. Exigió. que le devolviera su dinero: ¡esas piedras que había comprado inútilmente su hijo con la venta de sus telas!
La historia es sobradamente conocida: Francisco se quitó la ropa que llevaba puesta y se la entregó, quedándose sólo con una faja de cerdas a la cintura, hizo un envoltorio y encima un montón de monedas ...
Si no, se escapará
La madre de san Francisco de Sales prefirió la habilidad femenina a las lágrimas, y las amenazas a las denuncias. La decisión de entregarse a Dios de su hijo había roto sus planes de casarlo con un buen partido, la hija del consejero del Duque de Saboya, y prefirió ganárselo por el corazón.
Durante cierto tiempo, gracias al talante conciliador de su hijo, le pareció que aquella táctica daba resultado. Todo eranevasivas y dilaciones, hasta que llegó el momento de los esponsales y Francisco dijo un rotundo "no", especialmente llamativo "en un hijo que no decía nunca a nada que no".
¿Pero quién te ha metido esa idea en la cabeza?", gritaba su padre. "Una elección de ese tipo de vida exige más tiempo que el que tú te tomas!", insistía furioso. Su madre, sin embargo, al verle tan decidido, cedió, movida en parte por el temor: "será mejor permitirle a este hijo que siga la voz de Dios -le dijo a su marido-. Si no, va a hacernos como San Bernardo de Menthon; se nos escapará..."
Y le dejaron seguir con su vocación.
Es muy duro. No resistirá
Los señores Beltrán, don Juan Luís y doña Ángela Exarch, de una de las mejores familias de Valencia, fueron mucho más comprensivos que estos padres que acabamos de mencionar. Ellos no querían interferir en la vocación de su hijo Luis. Sólo querían orientarla, y le pedían que esperara untiempo antes de tomar su decisión; y que, a causa de su salud frágil, en vez de hacerse dominico, se hicese cartujo o jerónimo.
Pero un día, a los dieciocho años, el joven Luís decidió no volver a casa e ingresar en el convento. Su padre se enfureció y pronunció las conocidas acusaciones: su hijo había sido influido por aquellos religiosos, esyaba seguro de que en el convento lo maltrataban, y además, ¡no le dejaban hablar con él!
En esa situación el joven Luís les escribió a sus padres una carta serena, redactada con un estilo recio y conciso, que revela, a pesar de su juventud, la fortaleza de su carácter:
"Una carta de vuestra merced he recibido, y, mirándola bien, hallo que en suma tiene dos cosas: la una que, ya que quiero ser religioso, su intención es que sirva a Dios en la cartuja o en la orden de San Jerónimo; la otra, que los padres de esta casa me han persuadido que sea religioso en ella. Acerca del primer punto, tenga paciencia vuestra merced, porque no sería consuelo mío...
Cuanto a lo segundo, créame vuestra merced que estos padres me han sido contrarios. Mas a la postre, vista mi importunación y perseverancia, les ha parecido que no condescender conmigo era resistir al Espíritu Santo...
Dice el Padre Maestro que me dará licencia para que vuestra merced me hable a solas, si viniera por acá. En lo demás me trata con tanta crueldad, que por mis enfermedades me ha puesto en la mejor celda, y me hace cenar tres veces a la semana, contra mi voluntad. Y por hacer tanto frío se ha quitado la ropa de que él tenía necesidad y me la ha dado.
Así que vuestra merced se consuele y descanse, que yo estoy consolado en mi espíritu, y en cuanto a las fuerzas exteriores, me siento mejor que en toda mi vida. Guarde que no se diga de vuestra merced lo que dice David: `Temblaron donde no había que temer.'
La gracia del Espíritu Santo guarde a vuestra merced y a la señora y a todos, como se lo ruego de día y de noche."
Años más tarde, aquel joven cuya salud, según sus padres, "no resistiría" las exigencias de la vocación, viajó al Nuevo Mundo, evangelizó a numerosos indios de Nueva Granada y las crónicas aseguran que llegó a bautizar a más de quince mil en un sólo día.
Y, como en tantos otros casos similares, tuvo el consuelo de escuchar de labios de su padre moribundo estas palabras: "Hijo, una de las cosas que en esta vida me han dado pena ha sido verte fraile, y lo que hoy más me consuela es que lo seas. Mi alma te encomiendo".
Ánimo contra mí
También santa Teresa tuvo que vencer la oposición familiar. La primera conversación con su padre, don Alonso, no fue muy fructífera: "Lo más que se pudo acabar con él fue que, después de muerto él, haría lo que quisiese."
Teresa hizo que intervinieran parientes y amigos, pero don Alonso seguía en sus trece, y temía que ella misma fuera capaz de resistir por mucho tiempo la negativa paterna: "Me temía a mí y a mi flaqueza." Un día, ayudada por su hermano Antonio, que también había decidido entregarse a Dios, se escapó de casa.
"Cuando salí de casa de mi padre -cuenta-, no creo será más el sentimiento cuando me muera; porque me parece cada hueso se me apartaba por sí; que, como no había amor de Dios que quitase el amor del padre y parientes, era todo haciéndome una fuerza tan grande, que si el Señor no me ayudara, no bastaran mis consideraciones para ir adelante. Aquí me dio ánimo contra mí, de manera que lo puse por obra" .
El pobre don Alonso, cuentan los biógrafos, "no sabía qué hacer. Los dominicos acababan de informarle también de la decisión de Antonio, y la piedad ponía a prueba su amor paternal. Figurándose una vez más que todo era cosa de la niña y que recuperarla a ella sería tanto como recuperar al chico, se apresuró a dirigirse a La Encarnación, temblando ante la perspectiva de enfrentarse con su hija y con Dios.
"Ya en sus primeras palabras, pronunciadas apasionadamente, Teresa planteó de tal modo sus responsabilidades a aquel buen cristiano que don Alonso no osó recurrir a las súplicas ni a su autoridad, aunque por el camino había ido rumiando alternativamente frases conmovedoras y órdenes terminantes. Comprendió que aunque ella cediera, no podría disfrutar ya sin remordimientos de la presencia de su hija queridísima. Cedió".
En la actualidad
Siguen dándose todavía estas oposiciones tenaces. Esto sorprende frente a la autonomía de la que gozan tantos jóvenes desde temprana edad –con uso de su libertad para bien y para mal- y los grandes problemas de lam sociedad actual, como la delincuencia juvenil, el terrorismo (compuesto en su mayoría por jóvenes, en ocasiones casi adolescentes), los negocios de la droga o del sexo (que cuenta con los jóvenes como sus mayores consumidores).
En algunos países se da el triste espectáculo de madres-niñas, de jóvenes que viven solos desde los quince años, frutos en algunos casos del divorcio y de un sentido de la independencia mal asimilado.
Y sin embargo, en muchos de los países donde se dan estas realidades, hay dos varas de medir:existen focos de opinión de raíz no cristiana que consideran que la edad en la que determinados programas políticos suponen como un hecho “cotidiano” las relaciones sexuales prematrimoniales, y en la que sejuzga a los adolescentes “preparados” para lo que son manifiestas aberraciones, es una edad en la que esos chicos y chicas se encuentran "psicológicamente inmaduros para la entrega".
El historiador Peter Berglar denunciaba esta incongruencia:
"¿por qué dudar -se preguntaba- de que así como hay jóvenes que son `capaces' de llevar una vida de pecado, de prostitución, de extorsión o de violencia, haya otros que también son `capaces' de todo lo contrario, es decir, de amar a Dios, de entregarse, de vivir la pureza?
No me cabe en la cabeza por qué los jóvenes, en la adolescencia, lo quieran los padres o no, han de tener derecho (por lo menos en Alemania) a dejar de asistir a las clases de Religión y no hayan de tener la posiblidad de decidirse por servir a Cristo y a su Iglesia. Esta época, la adolescencia, no es un dato arbitrario: la Iglesia sabe, por larga experiencia, que, por lo general, un cristiano adolescente es capaz de reconocer el modo y la esencia de una vocación divina y de seguirla".
Santa Ángela de la Cruz denunciaba esta incoherencia con toda la gracia y el vigor de su genio, a finales del siglo pasado: "¿por qué todo lo han de echar a peor parte?; ¿por qué al ver una joven recogida y vestida con modestia lo han de achacar a capricho, rareza y flojería; y no han de decir: tiene que hacerse violencia, pero se ha desprendido por Dios, y no hace otra cosa que estudiar su voluntad porque aprecia más su alma que su cuerpo?
”Y cuando después de conocida la Voluntad de Dios, se decide una a dejar su familia, y dicen que es abandonar su obligación, ¿por qué no se paran a considerar que la que hace esto hace mayor sacrificio que los que la critican, porque por lo regular su amor es más desinteresado y su cariño más respetuoso?
”Y en fin, mientras que les dicen ingratas, ellas padecen y se les arranca el corazón cuando ven padecer a su madre que aman más de lo que demuestran".
El "Caso Ubao"
Un ejemplo de intolerencia es el tristemente famoso "Caso Ubao". Para entenderlo adecuadamente hay que encuadrarlo dentro del contexto histórico anticlerical de comienzos de siglo en España, en el que la prensa, como señala Gómez Molleda, "aprovechó la liberalización del Régimen para mostrar ya su hostilidad a la Iglesia, y la más sectaria, incluso para instigar a las turbas, que ya en determinadas ocasiones cometieron actos delictivos contra personas y casas religiosas.
(...) La campaña se hace decididamente fuerte y `oficial' años más tarde y sobre todo a partir de 1900.( ...) Se observa en la prensa el desencadenamiento de una sistemática campaña antirreligiosa, que elige los `casos' apropiados y los airea de todos los modos posibles para llegar a los puntos más vulnerables de la masa" .
El "caso" elegido en esta ocasión fue el de Adela Ubao, una joven mujer de veintitrés años que, después de superar una fuerte oposición materna, logró entrar en el noviciado de las Esclavas del Sagrado Corazón, en la casa del Obelisco de Madrid, el 12 de marzo de 1900.
Su madre -viuda- y sus hermanos emprendieron un proceso contra ella que nos parecería ridículo si no se siguieran dando en nuestros días casos con características similares. Sólo cambia ahora la terminología y los planteamientos; salen a relucir acusaciones de "sectarismo", “juventud "extrema" (cuando los candidatos son siempre mayores de edad), “obnubilación mental” (¿cómo puede hacerse monja a los 19 años? Eso es que la han programado mentalmente las monjas de su colegio);pero la intolerancia de fondo, la falta de respeto a la libertad y la incomprensión del hecho religioso sigue siendo la misma.
La Sra. Ubao denunció el caso ante el Juez de primera instancia, que en la primavera de 1900 tomó declaración a Adela, que manifestó que había entrado en el convento a raíz de una decisión personal absolutamente libre.
En vista de los hechos, el juez sentenció en favor de Adela. La familia apelóa la Audiencia Provincial.
"Los Ubao -escribe Yáñez- buscaron la defensa de Nicolás Salmerón, y el caso, en sí intrascendente, se cargó con el peso de todos los prejuicios que enfrentaban a ultras y a anticlericales, y, desde luego, comenzó a rodearse de una atmósfera de confusión y apasionamiento típicamente decimonónica.
”El conjunto de argumentos aducidos no sólo por la familia Ubao y sus amigos, sino aún por Salmerón y otros individuos que se decían laicos, nos hace sonreír; porque, en verdad, recurrían a leyes divinas y eclesiásticas tanto o más que Adela Ubao y sus defensores".
La prensa contribuyó a caldear la polémica: "Un alma a Dios y ciento al diablo", pregonaba El Liberal de Madrid, el 19 de octubre. A él se sumaron los artículos de El Imparcial, El Heraldo de Madrid, El Siglo Futuro, El País...
La Congregación de las Esclavas del Sagrado Corazón se negó a tomar parte en el pleito. Hubo una lógica disparidad de criterios entre las religiosas a la hora de abordar el problema:la maestra de novicias era partidaria de poner resistencia al atropello, pero la Madre Pilar, una de las Fundadoras de la Congregación, no quería enfrentar madre e hija en los tribunales, y se negaba a que se le concediera vestir el hábito hasta que no hubiera terminado aquel pleito.
La Audiencia de Madrid confirmó el auto del Juez, a pesar de la catarata de concilios que Salmerón trajo a colación en su discurso. Los Ubao apelaron entonces al Tribunal Supremo, mientras que la joven seguía viviendo en el convento de acuerdo con su voluntad.
Más tarde, el 30 de enero de 1901, se estrenó en Madrid Electra, una obra oportunista de Pérez Galdós en la que se aludía al caso y que, en aquel momento de exaltación anticlerical, obtuvo bastante éxito.
En medio de ese clima, el 7 de febrero, se celebró la causa. Salmerón citó a Tertuliano, los Concilios de Maguncia y Trento, las crónicas de la Orden de San Francisco y hasta las Partidas. "No siempre ha transigido el poder de la Iglesia -dijo- con las órdenes religiosas, pues Papa ha habido como San Clemente, que consintió una expulsión de los jesuitas."
El discurso impresionó a los miembros de la sala, ignorantes de muchas cosas, entre otras de que Clemente XIV, que suprimió la Compañía de Jesús en 1773, nunca fue canonizado.
Pero esas "minucias" no parecían importarle demasiado al orador, que aludió con frecuencia a "la niña" (que ya no era tan "niña": tenía veintitrés años) y señaló como causante de todo en su origen, a un Padre de la Compañía de Jesús que había predicado en una iglesia la necesidad de la penitencia...
El tribunal notificó su fallo negativo para Adela, y el 24 de febrero se presentó el juez en el convento para recogerla y reintegrarla en la casa de su madre.
Antes de salir, la joven hizo constar en acta que lo hacía forzada y en contra de su voluntad y que volvería a entrar en el convento a los veinticinco años. Y así lo hizo, porque cumplió veinticinco años a los pocos meses.
Se podrían establecer muchos parangones contemporáneos de este caso con jóvenes ya mayores de edad que han decidido entregarse a Dios en diversas instituciones de la Iglesia, ya sea como religiosos -dentro del Carmelo por ejemplo-, o en diversas opciones de carácter laical.
EsTo confirma que "los ataques y denuncias que acusan a Movimientos, Asociaciones y órdenes afines a la Iglesia Católica son más frecuentes de lo que parece", como se dice en un reportaje en el que unos padres denuncian la actitud de sus hijas, ya mayores de edad, por haberse hecho carmelitas descalzas.
"En los siglos pasados -declaraba el Cardenal Hoffner en una ntrevista en la KNA, Colonia, 23-VIII-1984- se atacó duramente a los jesuitas, prácticamente con las mismas armas que se emplean ahora contra el Opus Dei. Como ejemplo, puedo citar algunas acusaciones publicadas por H. Meurer en 1881 que dicen que los niños y jóvenes son `amaestrados' en las instituciones educativas de los jesuitas; que los Estatutos `mantenidos secretos inicialmente' de la Compañía de Jesús exigen una obediencia ciega... Y se pregunta: '¿Cómo es posible que la Compañía de Jesús encuentre el número suficiente de novicios, que estén dispuestos a someterse a denigraciones de ese tipo...?'" .
En esa entrevista comentaba el Cardenal la alegría que experimentan la mayoría de los padres de las personas que se han entregado a Dios en el Opus Dei, aunque no falten algunos padres que no entiendan todavía la vocación de sus hijos.
"Un matrimonio -declaraba el Cardenal- escribe: 'somos padres de tres hijos, de los cuales dos son miembros del Opus Dei, y estamos muy agradecidos por la ayuda espiritual que han recibido en el Opus Dei'. Otro padre escribe: 'por propia experiencia puedo decirle que los miembros del Opus Dei crecen en el amor a sus familias de sangre, al mismo tiempo que viven las consecuencias de su vocación: es lo mismo que sucede con una persona que se casa.
”También en ese caso, nosotros, como padres, debemos aceptar la ausencia física de nuestros hijos, ya que no los hemos educado para nosotros, sino para ser miembros responsables de la Iglesia y de la sociedad. Finalmente, como padres hemos de estar agradecidos por la vocación que han recibido nuestros hijos, que no nos causan preocupaciones pues sabemos que están contentos. Le escribo estas impresiones como padre de dos hijos que pertenecen al Opus Dei desde hace muchos años, sin ser yo mismo miembro de esta Obra."
El ejemplo de los padres cristianos
De todos modos estos casos suelen ser bastante puntuales. es de justicia recordar que los padres cristianos han sabido ver a lo largo de la historia de la Iglesia la entrega de sus hijos como un privilegio y un don de Dios, y han ayudado decisivamente a la vocación de sus hijos: baste recordar las figuras de la madre de santo Domingo, del padre de santa Teresa de Lisieux, de "Mamá Margarita", la madre de san Juan Bosco, que tanto ayudó a su hijo en los comienzos del Oratorio, de los padres de san Josemaría Escrivá, y de tantos padres en la actualidad.
"Bienaventurados los que se entregan a Dios para siempre en la juventud", escribía don Bosco muy pocos días antes de su muerte, alentando a la entrega generosa en la juventud. En el Santoral se encuentran, de hecho, un buen número de santos jóvenes: la mayoría de los veintidós mártires de Uganda oscilaban entre los quince y los veintidós años. Tarsicio, Luis Gonzaga, Domingo Savio, Teresa de Lisieux, María Goretti, entre otros muchos, murieron en la adolescencia, o en plena juventud. Y en nuestro tiempo se sigue canonizando y beatificando a jóvenes -en muchos casos laicos-, como una joven polaca, Carolina Kózka; un joven francés, Marcel Callo, o dos campesinas italianas: Pierina Morosini y Antonia Mesina.
Capítulo VIII: Carácter y personalidad de los santos
Una imagen deformada de la personalidad de los santos -más ligada a cierta iconografía de pasta flora que a la realidad- los imagina desgajados del mundo, con un talante seráfico y nebuloso, casi irreal, como si no fueran hombres de carne y hueso, y no hubiesen tenido que luchar con las mismas pasiones que el resto de los mortales.
Esa imagen lleva a considerar la santidad como algo dulzón y etéreo, que todo el mundo debe aplaudir, y se escandaliza ante los defectos de los santos, cuando precisamente lo que prueba su santidad es la lucha heroica de estos hombres y mujeres contra esos mismos defectos, soportando con caridad y paciencia, entre otras cosas, las incomprensiones de sus contemporáneos.
Algunos críticos de la personalidad de determinados santos parecen adolecer de un raro angelismo y de un desconocimiento de la naturaleza humana, y por tanto del concepto mismo de santidad. Quizá por esa razón han creído encontrar un obstáculo serio para la santidad al descubrir en sus vidas limitaciones de carácter claras y evidentes.
Conviene recordar las miserias patentes de los Apóstoles que relatan con crudeza las páginas del Evangelio: la infidelidad de Pedro; la irascibilidad de los hijos del Zebedeo; la incredulidad de Tomás; o la cobardía de todos, a la hora de la Cruz, salvo Juan.
Esas debilidades humanas no impidieron a los Apóstoles, tras el arrepentimiento, convertirse en columnas firmes de la Iglesia y, a la hora de la muerte, dar su vida heroicamente en el martirio.
Esto manifiesta que todas las imperfecciones humanas pueden ser purificadas por el amor total y pleno a Cristo, como se desprende del martirologio y del santoral. Un Agustín, o un Jerónimo Emiliano (dos ejemplos entre muchos de santos que no llevaron durante su juventud uan conducta edificante) no fueron santos por haber nacido confirmados en gracia -que no lo fueron-, sino por haber superado las tendencias más bajas de la naturaleza en las que habían caído.
Esa victoria sobre el hombre viejo hizo del libertino un Obispo santo y convirtió a aquel joven aristócrata del Renacimiento, arrogante, pendenciero, impetuoso, duelista y vanidoso, en un hombre virtuoso que la Iglesia elevó a los altares.
En su obra Los defectos de los Santos, Jesús Urteaga recuerda las conocidas miserias y limitaciones de los Apóstoles y algunos defectos de los santos.
Todos tuvieron que luchar con su carácter, con defectos que habitualmente constituían la otra cara de la moneda de una virtud sobresaliente. Santa Teresa de Lisieux fue admirable por su constancia, pero tuvo que superar algunas aristas de su terquedad natural; y san Alfonso María de Ligorio, maestro de moralistas, conservó siempre -genio y figura hasta la sepultura- aquel temperamento fogoso que le hacía exclamar a los ochenta años, mientras charlaba con un conocido: "Si hemos de discutir, dejemos que la mesa esté entre los dos; que yo tengo sangre en las venas."
Es obvio que los santos fueron hombres con defectos y que su vida no pudo ser ajena a las debilidades que todos los hombres poseen. Fueron hombres, no ángeles. No tiene sentido escandalizarseante sus defectos y miserias. Un santo no es un superhombre o una supermujer, sino una persona con limitaciones, que se enamora profundamente de Jesucristo y que por eso llega a vivir heroicamente -fruto de ese amor y de la gracia de Dios- las virtudes cristianas a lo largo de su vida (en el caso de los mártires, es una persona capaz de dar la vida por Dios en un momento preciso). La clave de la santidad radica en el amor a Dios, no en la ausencia de defectos.
La grandeza de los santos no estuvo exenta de esas pequeñas manías, filias y fobias de las que adolece todo ser humano. Santa Ángela de la Cruz tuvo que luchar durante años por moderar aquel temperamento "volcánico, violento" que "saltaba a propósito de cualquier pretexto: pequeños traspiés con una compañera de trabajo y con la maestra, una displicencia de su hermano que está en casa, un descuido de su madre, que olvidó poner al fuego el puchero con agua para las sopas"'.
Santa Margarita María de Alacoque tardó en superar algunas manías, como su aversión al queso, nada menos que... ocho años.
Un tópico: la acusación de locura
Esto no quiere decir que todos los defectos que se han achacado a los santos sean reales. Algunos calumniadores se los han inventado o los han exagerado hasta tal punto que han convertido una pequeña verruga en un cáncer que daña toda la piel.
"El santo es más caricaturizable por sus adversarios que persona alguna" –afirmaba el Siervo de Dios Álvaro del Portillo, refiriéndose a determinadas críticas contra grandes fundadores, como san Francisco de Asís, santa Teresa de Jesús, san Juan Bosco o san Josemaría-. "Pueden convertir su mansedumbre en debilidad, o al revés, su energía vital o su celo de la casa de Dios en mal carácter, o su fe heroica en fanatismo" .
Algunos denigradores cargan tanto las tintas que los pintan como monstruos de maldad. Los extremos se tocan: esas "caricaturas de monstruos" son tan falsas como las que pintan a los santos guardando ayuno desde el el regazo materno.
Por lo que se refiere a la acusación de locura, Dios ha permitido que algunas almas egregias padecieran realmente esta enfermedad, como el padre de santa Teresa de Lisieux al final de su vida. Pero lo habitual es que los santos hayan sido acusados de "locura" por haber amado heroicamente a Dios o haber llevado a cabo empresas humanamente descabelladas aunque lógicas desde una perspectiva espiritual.
"Es una locura" -exclamó la señora de la Corbiniére, esposa de un alto funcionario de Rennes, al ver los proyectos de Juana Jugan y calcular sus recursos. Desde un punto de vista meramente económico la Sra. Corbiniére tenía toda la razón. Y a san Juan de Dios, tras su conversión, no sólo le consideraron loco: lo llegaron a encerrar en un manicomio.
Santa Rafaela
A santa Rafaela María de Porras, Fundadora de las Esclavas del Sagrado Corazón, algunas religiosas de su Congregación laquitaron del gobierno y relegaron con la falsa excusa de que estaba loca. "Fue dejada totalmente al margen -declaró en su Proceso de Beatificación la M. Matilde Erice-, olvidada y a veces tratada con poca consideración.
Basta decir que algunas religiosas profesas (y hago notar que entre nosotras no se llega a la profesión perpetua sino después de cinco y a veces hasta siete años de permanencia en el Instituto) ignoraban ordinariamente incluso que existiese la M. Sagrado Corazón".
Se hizo creer a todos que estaba loca y como afirma su biógrafo, "en los procesos de Beatificación había de ser ésta una de las cuestiones más difíciles de resolver. Del estudio atento de todos los datos, realizado en primer lugar por el Padre Bidagor y luego por una comisión especial, resultó la conclusión no sólo de la virtud extraordinaria de la M. Sagrado Corazón, sino de su perfecto equilibrio mental" .
La insidia llegó a tal punto que su director espiritual, el jesuita P. Marchetti, que ignoraba que fuese la Fundadora, estaba firmemente convencido de su desequilibrio, ya que la Santa le decía que le abrían sus escritos de conciencia -cosa que sucedía realmente- y el religioso consideraba aquello fruto de una obsesión.
Contra toda lógica, ni siquiera en el Proceso de Beatificación se retractó el P. Marchetti de su opinión sobre el estado psíquico de la Fundadora, aunque reconociera en ella la heroicidad de virtudes.
"Lo de menos era llamarme loca"
Hubo un dicho tristemente célebre en el Madrid de mediados del siglo xix: "la loca de Micaela". Aún puede escucharse, como frase del argot popular, en algún ambientes.
Lo popularizó en los ambientes cortesanos el Duque de Pinohermoso, que no entendía la empresa disparatada, vista desde una perspectiva puramente humana, que había acometido su prima la Vizcondesa de Jorbalán, Fundadora de las Adoratrices: redimir a mujeres descarriadas.
No le cabía en la cabeza que una mujer de la nobleza española, rica y acomodada, pudiera dedicarse a esas tareas hasta llegar al extremo de endeudarse económicamente y convertirse en el hazmerreír de todos sus antiguos amigos de la Corte. Aquello, en la mentalidad del Duque, no podía ser sino desazón, desequilibrio, rareza, locura.
Y otros muchos contemporáneos -que mudaron luego de opinión- la juzgaban del mismo modo. "Tú te quieres hacer célebre a lo tonto", le decían sus amigas; unos pensaban "que obraba por manía" y otros se creían en el deber de ponerle los pies en el suelo, como el Marqués de Arenal, que le dijo a la Fundadora cuando fue a visitarle al Ministerio:
"-¿Es posible que haya usted perdido la cabeza? ¿Está usted loca? Déjese de tonterías. Tiene usted a su familia y amigos desolados" .
No exageraba. comentaba una Adoratriz, Catalina de Cristo, en su Proceso de Beatificación, que "sufrió la Venerable muchas contradicciones por razón de su Instituto u Obra por ella fundada, ya de parte de su familia, ya de otras personas amigas y conocidas que consideraban esta empresa como descabellada, creyendo imposible la conversión y permanencia de las jóvenes que son el objeto principal del Instituto y hasta se avergonzaban de la Obra como de una cosa mala y de ninguna duración.
”El P. Carasa obligó a la Venerable a ir en coche por Madrid para evitar que cuantas personas conocidas la encontraban por la calle la arguyesen e increpasen contra su plan" l
Opinaban lo mismo algunos de sus confesores. Recuerda un testigo del hecho: "Oí decir al P. Labarta de la Compañía de Jesús, confesor que fue de la Venerable, que el Instituto fundado por ésta era una fervoreta procedente del deseo que tenía de gastar su dinero en cosas buenas".
En los ambientes palaciegos, que la habían conocido con sus mejores galas, se reían de ella cuando la veían aparecer -"mirad, mirad la loca"- con sus alpargatas blancas y su vestido de estameña.
Un diálogo entre la Reina Isabel IIy su camarera mayor, pone de manifiesto aquel ambiente.
"-¿No es amiga tuya la de Jorbalán?
-Sí, señora.
-¿Y cómo se volvió loca?
-¿Qué? Señora, no está loca.
-Pues sus parientes lo dicen.
-Es, señora, que se ha dedicado a salvar mujeres de mal vivir y es a disgusto de sus hermanos y parientes, y la llaman loca por esto, pero está muy cuerda y es muy buena"
Con el tiempo, la acusación se hizo tan habitual que cuando la Santa iba a pedir dinero para el mantenimiento de sus colegios, “lo de menos -contaba- era llamarme loca"
¡De prisa! ¡Al manicomio!
San Juan Bosco tuvo que sufrir situaciones parecidas. Refiere el Santo en sus Memorias del Oratorio, hablando de sí mismo en tercera persona, que, en noviembre de 1845, cuando comenzó sus primeras escuelas nocturnas,
"se propagaron habladurías muy extrañas. Unos calificaban a don Bosco de revolucionario, otros lo tomaban por loco o hereje. Pensaban así: el Oratorio lo que hace es alejar a los chicos de las parroquias; por consiguiente, el párroco se encontrará con la iglesia vacía y no podrá conocer a unos chicos de quienes habrá de dar cuenta a Dios" .
De poco les servía a sus detractores las explicaciones de don Bosco, que les recordaba que aquellos chicos eran de fuera, y no tenían párroco ni parroquia. La marquesa de Barolo, antes de despedirle de su pequeño hospital, también hizo mención a su supuesta locura; y la murmuración llegó a tal punto que dos teólogos amigos suyos, Vicente Ponzati y Luis Nasi, llevados por la caridad hacia el santo -estaban convencidos de su enfermedad-, intentaron encerrarle en un manicomio.
Aquel intento de encerramiento en el psiquiátrico tuvo visos cómicos: "Me di cuenta entonces de su juego -escribe don Bosco-, y, sin darme por enterado, les acompañé hasta el carruaje. Insistí en que entraran ellos los primeros a tomar asiento. Y cuando lo hicieron cerré de golpe la portezuela y grité al cochero:
-¡De prisa! ¡Al galope! ¡Al manicomio, en donde aguardan a estos dos curas!" .
¡Ese es un loco!
También aludieron a la locura algunos conocidos de san Josemaría Escrivá cuando éste comenzó su primera labor apostólica: la Academia DYA. Era una academia con clases para estudiantes de Derecho y Arquitectura, que luego se amplió y se convirtió en Residencia Universitaria.
Desde el punto de vista meramente humano aquello tenía visos de locura: yel Santo, que confiaba sobre todo en la Providencia divina, en cuanto la Residencia comenzó a funcionar, empezó a verse ahogado por las dificultades y las deudas.
En vez de apurarse, abordó aquella situación con fe y confianza en Dios. Un conocido suyo comentó que todo aquello era como tirarse desde una gran altura sin paracaídas: una empresa de locos. Algunos lo decían en voz alta por los corrillos del Seminario: "¡ése es un loco!".
Esa acusación le acompañaría durante parte de su vida. Durante sus viajes de catequesis por Suramérica un muchacho brasileño le preguntó en Sáo Paulo por el sentido de unas palabras recogidas en Camino en las que comparaba la vocación a la locura.
"¿No has visto nunca nadie que esté loco? ¡Mírame a mí! Hace muchos años decían de mí: ¡está loco! Tenían razón. Yo nunca he dicho que no estaba loco. Estoy loquito perdido, pero de amor de Dios.
"Los santos se parecen todos a Cristo -escribe Douillet- y sin embargo cada uno de ellos tiene fisonomía propia". En su libro Los santos también son hombres, Bargellini destaca la cualidad característica de algunos santos: elogia el optimismo de san Vicente de Paúl, la tenacidad de san Juan Bosco, la sencillez de san Pío X, la generosidad de san Camilo de Lelis, el valor de san Ignacio de Loyola, la prudencia de santo Tomás Moro, la sabiduría de San Benito...
Sin detenernos a considerar el acierto en la calificación de uno y otro santo, lo que pone de relieve el estudio de Bargellini es que la santidad es "amplia" y difícilmente encasillable en esquemas demasiado estrechos. No hay un modelo unívoco de santidad, salvo la imitación a Jesucristo.
Esa imitación puede revestir formas muy diversas, tanta como temperamentos humanos. Piénsese, por ejemplo, en el contraste que ofrecen la figura de un San Jerónimo comparada con Santa Teresita de Lisieux
Sin embargo, de una lectura de las páginas de la historia de la Iglesia, se desprende que, junto a numerosos santos y santas detalante apacible, han abundado los santos de temperamento tendente a la fogosidad, de modo especialentre los fundadores.
Esa fogosidad hace que algunos de esos hombres y mujeres –hombres y mujeres de carácter vibrante y recio- experimentaran durante su vida cierta tendencia -en algunos casos notable- hacia la irascibilidad.
El ejemplo más elocuente es el de un santo que ha pasado a la historia de la Iglesia paradójicamente -y esto constituye también una manifestación de la victoria admirable de la gracia sobre los defectos del propio carácter-, como el prototipo de la amabilidad y de la dulzura en el trato: san Francisco de Sales.
"A la menor palabra la sangre le venía al rostro" -recuerdan sus biógrafos-. Y sentía, como confesaría en diversas ocasiones, "erguirse la cólera en mi ánimo como el agua en el fuego".
El temperamento tempetuoso de algunos santos ha sido fuente de algunas incomprensiones, especialmente por los que conciben la santidad como desgajada de las emociones humanas. Las almas de los santos no se parecen, como afirma Roche, al "Mar Muerto, cuyas aguas no riza nunca el soplo de la brisa y en el que la vida no agita las pesadas aguas. Se asemejan más bien al lago de Genesaret, encrespado por fuertes tormentas y en calma solamente a la voz del Maestro".
"Tuvieron flaquezas y tentaciones, y defectos también. (...) Los defectos de Santa Gertrudis -escribe Roche- eran tan notorios que Santa Matilde preguntaba a Nuestro Señor cómo podía amarla tanto. San Francisco de Asis `que puso siempre gran atención en no ser hipócrita a los ojos de Dios', no hizo secreto de sus tentaciones de vanagloria y confesó a sus hermanos que sintió siempre un movimiento de vanidad cada vez que hacía limosna.
”Esta sencillez y franqueza es, en realidad, una de las mejores notas de los siervos de Dios y la prueba de que jamás fingieran" .
San Jerónimo, el "dálmata semibárbaro"
En las cartas de San Jerónimo se revela un temperamento ardiente, casi violento, que, como atestiguaban sus mejores amigos, podía explotar en cualquier instante.
"Esas cartas son un vivo retrato -escribe Pérez de Urbel-, son él mismo, amable, admirable y magnífico aun en medio de sus asperezas, de sus susceptibilidades y de sus terribles cóleras. A veces nos hace arrugar el entrecejo, como le pasaba a su amigo Marcelo, o nos sonreímos con aquella sonrisa que debía dibujarse en los labios de San Agustín cuando recibía sus cartas; pero, indulgentes con estos arrebatos del dálmata semibárbaro, nos sentimos conquistados por la violencia de aquel gran corazón, por la fuerza de aquel carácter de hierro, por la austeridad y sinceridad de aquella vida".
"Realmente -escribe Roche- San Jerónimo reprimía o disimulaba mal sus simpatías y antipatías. Su corazón podía con frecuencia más que la razón y hasta más que sus buenos propósitos. Era un péndulo que iba de un extremo a otro".
Sin embargo,guardaba también la riqueza de matices propia de las almas grandes y muy especialmente de las almas santas. Y una vez reprimido el hervor natural de su temperamento, era capaz de escribir a santa Paula con estas palabras cariñosas referidas a su nieta: "Si me la enviáis, seré para ella tutor y niñera. La llevaré en mis brazos, aunque soy viejo, y juntos charlaremos de cosas de niños, más orgulloso de mi ocupación de lo que jamás Aristóteles lo fue de la suya" .
Este rasgo de ternura en una personalidad como la de san Jerónimo nos muestra la falsedad de algunas hagiografías excesivamente devotas y la exageración de muchas denigraciones exaltadas, que acaban mutilando, en su aversión o en su malentendido fervor, la complejidad humana y espiritual de los santos.
La rica personalidad de los hombres y las mujeres de Dios no puede reducirse a esa linea puramente ascendente, casi inhumana, de algunos relatos piadosos, que rozan con la fantasía. En ellos, la lucha ascética, el esfuerza, los altos y los bajosparecen estar ausentes.
De la lengua de santa Catalina a las bromas de san Felipe
Dios no dotó a santa Catalina de Siena de un carácter precisamente débil. Su personalidad es paradójica, como la de todos los santos -es la paradoja cristiana-: era una mujer joven, firme, tenaz, irreductiblemente segura en Dios y con una gran desconfianza en sí misma; frágil y fuerte al mismo tiempo; ardiente, intuitiva y vehemente; recia, sin perder la femineidad; espontánea, sencilla y directa en el trato: "así como sois hombre en el prometer que queréis hacer y sufrir por la gloria de Dios -le decía al Beato Raimundo-, no me seáis luego mujer a la hora de la verdad".
Sus cartas reflejan su temperamento ardoroso y decidido, cuyos extremos lingüísticos pueden escandalizar a algún lector contemporáneo poco avisado. En las cartas que escribió al Papa, al que llamaba "el dulce Cristo en la tierra" sobresale tanto su amor al Romano Pontífice como una franqueza y una sinceridad casi salvaje, fruto de esa libertad de espíritu propia de las almas santas.
Realmente, necesitó de esa fortaleza para ser instrumento de la renovación de la Iglesia de su época; por esa razón, como recuerda Roche, no debe sorprendernos que esta mujer joven se atreva a decirle al Cardenal Legado que debe portarse como un hombre y no como un cobarde; y que zarandee y despierte a su director espiritual cuando se quede dormido, diciéndole, con toda la fuerza de su genio: "¿Es que estoy hablando con vos o con la pared?"
Tampoco santa Teresa fue una mujer pusilánime. "Era impetuosa y viva –afirma Roche- pero al mismo tiempo, fría, calculadora y práctica; era sencilla y a la vez extremadamente astuta; capaz de entregar a los pobres cuanto quisiesen y, sin embargo, ¡ay! del comerciante que intentase lucrarse con alguna trampa a expensas del convento; era proclive a la indignación y a las antipatías naturales, hasta el punto de que cuando la Priora Beatriz se hallaba en desgracia, no podía soportar que se mencionase su nombre y, no obstante, poseía un temperamento dedo más afectuoso y juguetón".
"¿Piensa mi padre -escribeal Padre Gracián- que para las casas que yo he fundado, que me acomodado a pocas cosas que no quisiera?"; intransigente en otras ocasiones; profunda y divertida al mismo tiempo. "Como no soy tan letrera como ella -escribe refiriéndose a una monja-, no sé qué son los asirios". Es capaz de referir una gran contradicción espiritual con gran serenidad y de espantarse -mujer al fin- por una menudencia: "¡Oh, mi padre, qué desastre me acaeció!, que estando en una parva, que no pensamos teníamos poco, cabe una venta que no se podía estar en ella, entráseme una gran salamanquesa o lagartija entre la túnica y la carne en el brazo, y fue misericordia de Dios no ser en otra parte, que creo me muriera".
Santo Tomás Moro le confesaba a su mujer el miedo que experimentaba ante el dolor, pero a la hora del martirio bromeó con su verdugo en el patíbulo. Cuando se le quedó prendida la barba entre la garganta y el madero le dijo: "Por favor, déjame que pase la barba por encima del tajo, no sea que la cortes".
Todos los santos han tenido que luchar, de un modo o de otro contra algún defectos de su carácter. San Vicente de Paúl tuvo que enfrentarse contra aquel "humor negro, melancólico y huraño", que tanto le preocupaba. El ejemplo de su amigo san Francisco de Sales, que luchó durante toda su vida para dominar su carácter, le ayudó mucho en este punto, como relató en la declaración para su Proceso de Canonización: "Yo mismo –testimoniaba- fui testigo de vista de cómo moderó y pacificó las pasiones del alma" .
"Si éste pudo dominarse -pensó-, ¿por qué no he de poder hacerlo yo?" Y empezó a pedirle a Dios "insistentemente que me cambiara aquel humor seco y repelente y que me diera un carácter dulce y benigno, y, por la gracia de Nuestro Señor, mi atención en reprimir los hervores de la naturaleza me ha librado en cierta medida de este negro humor" .
Los que le rodeaban se quedaron asombrados de este cambio, especialmente a partir de los Ejercicios de 1621. Una religiosa, Margarita de Silly, llegó a decir por aquel tiempo que hubiera sido el hombre de carácter más apacible de su tiempo "de no haber existido San Francisco de Sales".
A otros santos, como al beato Juan XXIII, Dios le concedió una naturaleza apacible y cordial. Escribía: "sobre todo estoy agradecido al Señor por el temperamento que me ha concedido y que me preserva de inquietudes y aturdimientos molestos". Años más tarde, anotó:
"Reflexionando sobre mí y sobre las múltiples vicisitudes de mi humilde vida, debo reconocer que el Señor me ha dispensado, hasta ahora, de esas tribulaciones que a muchas almas hacen difícil, e ingrato el servicio de la verdad, de la justicia, de la caridad".
En el santoral se encuentran los caracteres más diversos: san Vicente Ferrer es intrépido, brillante; san Atanasio posee una oratoria arrebatada; san Basilio, contenida y disciplinada. Más cercanos a nuestros días, san Giuseppe Moscati, un médico italiano fallecido en 1927, es un hombre sereno y más bien serio; la beata Ángela Salawa, una empleada del hogar polaca, sencilla y profunda; y el beato Pier Giorgio Frassati es un joven bromista, simpático y divertido.
De todas formas, todas estas caracterizaciones son simples, insuficientes. La gracia ilumina las almas de estos hombres y mujeres como un caleidoscopio y le da matices insospechados y diferentes. "La psicología de los santos nos desconcierta con frecuencia -escribe Pérez de Urbel-; lo divino y lo humano se mezcla en ellos de una manera tan misteriosa, que para los que les contemplamos desde nuestra pobre y triste realidad, resultan verdaderos enigmas".
El amor a Dios de los santos hace que sus reacciones nos desconcierten a veces: cuando le dijeron a santa Micaela, audaz y valiente como pocas,que habían profanado un sagrario en una ciudad de España, prorrumpió a llorar detal modo que "no habría llorado más por la muerte de una persona de su propia familia".
San Josemaría, que soportó con entereza contradicciones y calumnias, lloró también al enterarse de que en una ocasión unas mujeres del Opus Dei, agobiadas por el trabajo, habían postergado la oración y el trato con Dios.
Esta sensibilidad hacia lo divino no puede juzgarse desde la tosquedad de la mediocridad espiritual: resulta incomprensible. Juzgar la vida de un hombre santo sin poseer una visión sobrenatural es, en gran medida, como querer interpretar el lenguaje de los ciegos sin conocer el Braille. Falta la gran clave de inteprestación.
Tan incomprensible como las pruebas desconcertantes que sufren a veces los santos: sorprende ver a un san Alfonso María de Ligorio, maestro de moralistas, luchar con los escrúpulos al final de su vida; e impresionan, por su radicalidad, las reacciones de un san Juan de Dios tras su conversión, fruto de su carácter "exaltado, imaginativo y soberanamente excitable"según sus biógrafos
Sólo una mirada y un análisis que comprenda lo sobrenatural puede atisbar la profundidad del alma del Santo, donde se conjugan de un modo insondable las debilidades propias de la naturaleza humana con la ayuda de la gracia divina y, donde -como sucede en todo corazón humano- se dan luchas y tentaciones.
"Dios permite las tentaciones -escribía santa Catalina de Siena- no para que seamos vencidos, sino vencedores; no confiando en nuestra humana naturaleza, sino en la ayuda divina".
Pocos santos ha habido tan divertidos en lo humano como san Felipe Neri, que aseguraba que "un espíritu alegre llega a la perfección con mayor rapidez que cualquier otro". Ni la incomprensión, fruto del ambiente hostil de la Reforma, que sufrió durante años, ni las dificultades que tuvo que superar, lograron enturbiar su alegría y su espíritu festivo, cuyos extremos no han encontrado parangón.
Pero no son éstos, con frecuencia, los aspectos más conocidos de los santos. Quizá porque los hagiógrafos se han detenido fundamentalmente en los aspectos "excelsos" de sus vidas y algunos lectores hayan olvidado que la santidad se hace efectiva precisamente en las pequeñas batallas de la vida ordinaria.
Nunca me han gustado...
"En la vida nuestra –enseñaba san Josemaría- si contamos con brío y con victorias, deberemos contar con decaimientos y con derrotas. Ésa ha sido siempre la peregrinación terrena del cristiano, también la de los que veneramos en los altares (...).
”Nunca me han gustado esas biografías de santos en las que, con ingenuidad, pero también con falta de doctrina, nos presentan las hazañas de esos hombres como si estuviesen confirmados en gracia desde el seno materno. No. Las verdaderas biografías de los héroes cristianos son como nuestras vidas: luchaban y ganaban, luchaban y perdían. Y entonces, contritos, volvían a la lucha."
Estas frases previenen contra cierto "angelismo hagiográfico": la santiad radica en el amor a Dios, no en la ausencia de defectos y de errores. Ni siquiera los santos más graves actuaron con esa seriedad y esa "excelsitud" casi inhumana con la que nos los pintan algunos hagiógrafos: san Carlos Borromeo tuvo tiempo, en medio de sus tareas de gobierno, para jugar al ajedrez; a san Luis de Francia le gustaba jugar a la pelota y san Felipe Neri participaba ya anciano, en los juegos de los muchachos del Oratorio. Y son famosas las bromas que le gastaba a otro santo, san Félix Cantalicio...
Dos bofetones
Estas realidades –el juego, la broma, el descanso, el deporte- forman parte de la vida cotidiana de los santos, incluso la de aquellos que los biógrafos nos han pintado con rasgos más austeros, como el Cura de Ars, al cual sus feligreses amaban y temían al mismo tiempo por su santidad y por su severidad.
¿Por qué se han dado visiones tan negativas de los caracteres de algunos santos? Quizá se deba a la ignorancia sobre la santidad, o a que, con frecuencia, resulte molesta. Angela Salawa fue una feliz empleada del hogar mientras vivió su primera patrona, la Sra. Fisher: una mujer recta y piadosa. Pero a su muerte las cosas cambiaron: el Sr. Fisher, un abogado descreído, comenzó a tener unas relaciones inconvenientes y la presencia de la Santa en aquella casa "molestaba". Tuvo que soportar numerosas humillaciones y acusaciones injustas hasta que fue despedida acusada de robo: decían que había robado, lo que, en realidad, eran pequeños regalos que le había hecho la dueña de la casa antes de morir. Se quedó en la calle,- después de muchos años de servicio fiel, totalmente abandonada.
Otra de las causas que pueden explicar algunas difamaciones es que los santos más difamados no han vivido bajo campanas de cristal: han tenido que afrontar circunstancias difíciles, que pusieron a prueba su temple humano y espiritual.
Santa Micaela se vio envuelta en situaciones muy duras para su genio vivo; un "geniazo" en sus propias palabras "que no se doma sin pena". Un día una de las jóvenes que tenía recogida quería marcharse del Colegio.
-¿A dónde va usted? -le preguntó la Santa.
-¿Yo? A una casa mala -le dijo la otra con descaro.
Santa Micaela le contestó dándole un bofetón que tuvo un efecto fulminante:
-Sólo mi madre me ha castigado así -dijo la chica, arrepentida-; yo la obedeceré a usted como a ella. Si no se hubiera muerto yo no me hubiera perdido."
"La levanté -escribe la Santa-, la abracé, la pedí perdón de rodillas, y me quedé corrida y avergonzada de este hecho, y no paré hasta confesarme y pedir perdón a Dios tan de corazón que jamás me ha vuelto a suceder, gracias a Dios. Y esta joven fue ejemplar, pero yo decidí no salvar sus almas a costa de la mía y ofender a mi Dios".
Así fue dominando -aunque nunca del todo- "aquel geniazo", cuyas consecuencias no hay que exagerar. Al final de su existencia, sus hijas espirituales se admiraban -como siglos antes sucedió con San Vicente de Paúl- "de la dulzura creciente de su carácter".
Ese carácter impulsivo fue la diana de las críticas de sus perseguidores. ¿Quiénes fueron? "Quienes la persiguen -escribe su biógrafo- no pueden airear los verdaderos móviles. Alardean del bien de las chicas recogidas, cuyos polvillos sacan a la luz del sol junto con el carácter indomable e insufrible de la Fundadora. No debe ocultarse cierto fundamento real procedente de innegables fragilidades y de algunas deficiencias que los enemigos, los antiguos amigos y las colegialas desagradecidas, centuplican con excesivo descaro en los ambientes apropiados.
”Una de éstas, recogida en la casa de caridad de la calle del Humilladero, el 17 de octubre de 1853, se marcha despechada cinco años después y escribe el 3 de marzo de 1858 a un sacerdote, Joaquín Serra, estas acusaciones injustísimas:
"'Me dice usted que aprendería, en ese dichoso colegio, educación moral y religiosa; también es verdad. Pero si dijera usted al revés, tal vez fuera más acertado. ¿Qué educación quiere usted que aprenda en una casa (en) que no la hay y que fundada por un capricho de una mujer loca, que cansada del mundo o el mundo cansada de ella, y que fuera del título que lleva se la pudiera comparar y rebajar hasta la más ínfima mujer por baja que fuese su condición'?".
Un tal Juan Sala le escribió desde Barcelona, un 18 de febrero (no consta el año), una de esas cartas llenas -en expresión del biógrafo- "de consejos, de calumnias y de disparates, productos de esas personas pseudomísticas y desequilibradas que emborronan siempre las obras más hermosas de Dios. La crueldad de estas líneas -para quien se ha consagrado a una labor tan dificil y tan mal entendida y correspondida- salta a la vista:
"Señora: Debo participar a usted que se está desacreditando en Cataluña, como lo ha hecho en Madrid y en el resto de España. Que tiene mucha gracia eso de admitir jóvenes, chuparles la salud a fuerza de insoportables trabajos, mortales disgustos, incalificables desdenes y áspera severidad, que únicamente guarda usted, para las que, por sarcasmo, llama usted hijas.
En eso de echar jóvenes de su casa se parece usted a aquellas gentes que usted conoce, únicamente que éstos las mandan al hospital y usted las arroja a la calle.
Antes de echarse a Fundadora debiera usted entregarse a reformadora de sí misma, puesto que es de urgente necesidad dominar ese carácter irascible, precipitado, altanero, que de todo tiene menos de religiosa, que todo lo será menos lo que usted quiere que sea.
Con pena ven los hombres, amantes de su Instituto, su acrecentamiento, porque va a ser más ruidosa su ruina. Crea usted que se está formando una Liga para evitar que vayan a morirse o a perderse bajo su indiscreta dirección las jóvenes llamadas al Estado Religioso. Si esto no basta, tema usted que en Barcelona habrá un escándalo, cuya responsabilidad arrojamos sobre su frente"
Gracias a esa feliz conjunción entre su correspondencia a la gracia y ese carácter que Dios le había dado, pudo llevar a cabo esta Santa la tarea que Dios le había encomendado y soportar las miles de penalidades que tuvo que sufrir.
Sin un genio como el suyo, incluso contando con la ayuda de la gracia, que edifica sobre la naturaleza, ¿se habría lanzado a la tarea de redimir mujeres públicas en plena calle en los anocheceres de Madrid? ¿Se habría atrevido, como lo hizo, a entrar en un prostíbulo para salvar a un alma? ¿Habría tenido el coraje humano necesario para soportar los constantes atentados, las murmuraciones, los insultos y las críticas?
Fue el amor de Dios el que hizo fuerte a esta mujer; pero Dios le facilitó esa tarea dotándola del carácter más acorde para la ardua empresa que debía llevar a cabo.
La vida de esta mujer heroica no rezumó amargura, sino santidad; y la lectura de su Autobiografía nos desvela su carácter, muy fuerte, sí; pero profundamente sobrenatural y genuinamente femenino al mismo tiempo, chispeante a veces, divertido y vivaz.
La leyenda negra que se creó en torno a ella fue una caricatura ridiculizante: ya hemos visto la pluralidad de facetas de su vida. Y esto sucede con el resto de los santos. Incluso de un san Vicente de Paúl que fue, en expresión de Roche, "uno de los hombres que más penetraron en el aspecto negro y más sórdido de la vida", se pueden contar numerosas anécdotas cordiales y simpáticas.
No hay que olvidar que los santos, por el hecho de serlo, han sido hombres profundamente felices; y la felicidad va unida a la alegría, aunque esa alegría tenga sabor a Cruz.
Un bofetón
El bofetón de santa Micaela evoca otro sonoro bofetón, que salió esta vez de manos de un futuro Papa y Santo: san Pío X. Aunque sea algo puramente anecdótico y el sucedido en sí sea bastante irrelevante, nos confirma de nuevo que los santos no nacen, se hacen.
"Muchos que conservan de Pío X una estampa suavísima, humilde y afable -apuntasu biógrafo- ignoran que por temperamento era irascible." Esa irascibilidad de Giuseppe Sarto -don Beppi- no saltó nunca con las calumnias ni con las ofensas; se encendió sólo una vez, en una situación que no deja de tener, a pesar de todo, cierto tono divertido. Su hermana Rosa no le dejaba vivir en una determinada ocasión a causa de un fuerte dolor de muelas.
-¿No serás capaz de callar? -le dijo don Beppi.
-No, Beppi, no soy capaz de callar. ¡Y quisiera que por una hora probaras tú lo que es bueno!
A los tres o cuatro días, don Beppi se levantó de la cama aquejado por un fortísimo dolor de muelas. Su hermana se levantó para preguntarle qué le sucedía.
-Estas muelas...
-¡Ahora sabrás lo que es bueno. Ojalá te dure una hora!
La mano de don Beppi salió disparada en un movimiento irrefrenable.
"A cincuenta años de distancia -escribía su biógrafo- la bofetada de don Beppi a su hermana ha dado mucho trabajo en la Causa de Beatificación. `Después de todo -explicará el abogado defensor- es el único movimiento de iracundia que no se justifica en la vida de Sarto. El único acto que responde a una ofensa personal. Concedido que sea una falta, esta excepción, a la cual no puede añadirse ni siquiera otra, es exponente de una santidad alcanzada con ímprobo tesón'" .
Santa Juana de Chantal conservó, en medio de sus contradicciones, en lo humano, su talante divertido. Al igual que santa Teresa, sabía controlar losnervios en los peores momentos y se mantenía serena cuando atentaban contra su vida; y los perdía -y volvía a recuperar, gracias a la lucha ascética- ante obstáculos mucho menores de la vida cotidiana...
Y al igual que la Santa de Ávila fue domeñando poco a poco, con la ayuda de la gracia de Dios, los defectos de aquel carácter
Un temperamento "pirenaico"
"Carácter inflexible, muy susceptible; modesta, piadosa, afectuosa, ordenada", así describía a santa Bernardeta Soubirous la Madre María Teresa Vauzous, maestra de novicias del convento de Saint-Gildard de las hermanas de la Caridad y de la Instrucción cristiana de Nevers.
El juicio que hizo la Madre Vauzous sobre la vidente de Lourdes era injusto y excesivo, porque, como puntualizaba otra religiosa, esa inflexibilidad es precisamente una de las maneras de ser del temperamento pirenaico; y esa susceptibilidad que algunos creían ver en ella no era más que el fruto de una gran sensibilidad.
De todas formas, había una base cierta en la apreciación: en ocasiones la Santa era brusca, impaciente, y se advertían en ella arranques de mal humor o de terquedad que se esforzaba por cortar. "Yo he sido terca toda mi vida -recordaba ella misma con humor-. Incluso en la gruta hice repetir dos veces a la Santísima Virgen que fuese a beber del agua turbia: pero ella me castigó haciendo pedir por tres veces su nombre".
Esa incomprensión sobre su carácter la acompañó durante toda su entrega religiosa. Algunas de sus superioras la consideraron algo arrogante. Y la Madre Vauzous, maestra de novicias, la trató muy duramente a lo largo de su práctica totalidad de vida religiosa. No llegó a entender nunca la sencillez de su alma.
Eso hizo que la Santa tuviera que soportar durante largos años correcciones y riñas injustas, un trato frío y distante, y una severidad para con ella que se autojustificaba por parte de sus superioras con el deseo de preservar la humildad de aquella alma privilegiada.
El día de su profesión religiosa, cuando el Obispo preguntó a qué labor apostólica se iba a dedicar, le contestaron, en presencia de la interesada:
-No es buena para nada; sería una carga para la casa adonde la enviásemos.
Bernardeta escuchó aquellas palabras en silencio, sin una protesta, y le dijo al Obispo que esa inutilidad ya la había predicho ella misma... Por esa razón, el biógrafo considera que se puede afirmar "sin asomo de ironía", que la Madre Vauzous "fue la persona que más trabajó para su glorificación. Un consultor de la Congregación de Ritos, a la salida de la ceremonia de Beatificación, declaró que nada demostró tanto la heroicidad de virtudes de Bernardeta como las dificultades que tuvo con su madre maestra" .
Realmente, como apunta el biógrafo, "si la vidente de Massabielle hubiese sido atendida, mimada, adulada en el convento de Saint-Gildard, y hubiese podido saborear un cierto honor exclusivamente humano, ¿de qué modo se hubiese cumplido la promesa tan clara de la aparición: `Yo no te prometo hacerte feliz en este mundo sino en el otro?'" .
Los fundadores: “todo un carácter”
Un breve repaso al carácter de los Fundadores o sacerdotes santos de la historia de la Iglesia, como los Fundadores de órdenes y Congregaciones religiosas -san Ignacio, san Juan de la Cruz, san Alfonso María de Ligorio, san José de Calasanz, san Josemaría, etc.-; o la evocación de figuras de la Iglesia como santa Teresa de Lisieux o san Giovanni Calabria, nos muestra patentemente que estos hombres de Dios han conjugado admirablemente la fortaleza y la energía necesarias para llevar a cabo su misión, con las exigencias de la caridad y del afecto con las personas que trataron. Suelen ser ese tipo de personas de los que se dice: “es todo un carácter”.
Eso no significa que las manifestaciones de ese carácter fueran parecidas. La fundadora santa María de Mattías era naturalmente tímida, pero su celo apostólico le hacía crecerse; san Agustín Roscelli era de temperamento reservado; santa Teresa de Lisieux tenía un temperamento amable y artístico. Pero todos construyeron su carácter sobre el amor de Dios, y eso les dio fortaleza para luchar contra sus propios defectos de carácter e identificarse con Cristo. Aunque también sucedía que se considerasen defectos lo que eran virtudes, como vemos tantas veces en la vida cotidiana. Santa Teresita, por ejemplo, sabía que su exigencia no era siempre bien entendida por sus novicias: "Sé bien que (...) me encuentran severa. Si leyeran estas líneas, dirían que no parece que me cueste lo más mínimo vigilarlas, hablarles en tono severo. (...) Estoy dispuesta a dar mi vida por ellas, pero mi afecto es tan puro que no deseo que lo conozcan. Jamás, con la gracia de Dios, he intentado atraerme sus corazones. He comprendido que mi misión era conducirlas a Dios" .
Esta rectitud de intención, este equilibrio entre la fortaleza y el afecto, se encuentra habitualmente en la dirección de almas de todos los hombres de Dios. "Era suave y amabilísimo -cuenta un sacerdote, evocando a don Orione- y, a la vez, exigente con nosotros".
El Cardenal Bueno Monreal consideraba a san Josemaría "un hombre de una vitalidad extraordinaria: era un aragonés -también en el vigor de su carácter- extraordinario. Era todo un carácter, como decimos los hombres de mi tierra. Al mismo tiempo tenía un gran corazón que le daba una gran capacidad de cordialidad. Su amistad era abierta a todos. Había una plena armonía entre las virtudes humanas y su vida cristiana. La caridad era amor a Dios y a los hombres. Hablaba de Dios y de cosas muy altas del espíritu, llegando al corazón del interlocutor, que quedaba encendido, consolado o animado".
La santidad -recordaba san Josemaría- está en tener defectos y luchar contra ellos, pero nos moriremos con defectos. "Me sorprendía -relataba su hermano Santiago Escrivá- el afecto recio y sincero con el que trataba a los miembros del Opus Dei. Rezaba por ellos, se mortificaba, y sabía tener con cada uno mil delicadezas de Padre. Se esforzaba por hacer amable el camino de la santidad de los que venían al Opus Dei con detalles concretos de cariño, de simpatía y de servicio.
"Los miembros del Opus Dei le llamaban Padre y era Padre de verdad. Por eso, cuando debía corregir a alguno, sufría mucho. Pero, como los buenos padres, sabía corregirlo con lealtad y con sinceridad, con energía si era preciso. No podía permitirse sentimentalismos ni blandenguerías cuando tenía que cumplir un querer de Dios y tantas almas confiaban en el Opus Dei. Pero luego se volcaba con aquella persona con ternura paterna, para que después de aquella reprensión nadie quedara herido".
San Vicente de Paúl, que se tuvo que enfrentar con fortaleza a los errores del jansenismo, no dudó en obrar con energía para quitar los gérmenes de esos errores en el seno de la Congregación de la Misión: "Seguiré obrando con mano firme -decía-, para que nadie pretenda remontar libre su vuelo en tales opiniones, siendo mucha verdad que es grande mal para una comunidad el verse dividida en sus sentimientos".
Pío XII aludió en la homilía del día de su Canonización, el 7 de mayo de 1950, al "vivo genio" y a la caridad heroica de san Antonio María Claret: "fuerte de carácter, pero con la suave dulzura de quien sabe el freno de la austeridad y de la penitencia".
Esta fuerza de carácter hace que las personalidades de los hombres de Dios resulten tan atractivas. En los Artículos para el Proceso apostólico se define al Padre Poveda como un hombre "de temperamento fuerte, enérgico, vivaz, hubo de saber librar consigo mismo la propia batalla, la de hacer de sí el verdadero discípulo de Jesús, manso y humilde de corazón".
De tarde en tarde, a estos hombres y mujeres de Dios se les quebraba la sonrisa con un nubarrón pasajero; pero ¿alguien podría extrañarse de que un santo como San José Moscati se abrumara por los numerosos pacientes que aguardaban sin cesar a la puerta de su consulta médica, y estallase con un gesto demalhumor -inmediatamente reprimido- cuando sus pacientes tardaban en exponerle sus males o se alargaban innecesariamente quitando tiempo al resto?
José Miguel Cejas
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Una imagen deformada de la personalidad de los santos -más ligada a cierta iconografía de pasta flora que a la realidad- los imagina desgajados del mundo, con un talante seráfico y nebuloso, casi irreal, como si no fueran hombres de carne y hueso, y no hubiesen tenido que luchar con las mismas pasiones que el resto de los mortales.
Esa imagen lleva a considerar la santidad como algo dulzón y etéreo, que todo el mundo debe aplaudir, y se escandaliza ante los defectos de los santos, cuando precisamente lo que prueba su santidad es la lucha heroica de estos hombres y mujeres contra esos mismos defectos, soportando con caridad y paciencia, entre otras cosas, las incomprensiones de sus contemporáneos.
Algunos críticos de la personalidad de determinados santos parecen adolecer de un raro angelismo y de un desconocimiento de la naturaleza humana, y por tanto del concepto mismo de santidad. Quizá por esa razón han creído encontrar un obstáculo serio para la santidad al descubrir en sus vidas limitaciones de carácter claras y evidentes.
Conviene recordar las miserias patentes de los Apóstoles que relatan con crudeza las páginas del Evangelio: la infidelidad de Pedro; la irascibilidad de los hijos del Zebedeo; la incredulidad de Tomás; o la cobardía de todos, a la hora de la Cruz, salvo Juan.
Esas debilidades humanas no impidieron a los Apóstoles, tras el arrepentimiento, convertirse en columnas firmes de la Iglesia y, a la hora de la muerte, dar su vida heroicamente en el martirio.
Esto manifiesta que todas las imperfecciones humanas pueden ser purificadas por el amor total y pleno a Cristo, como se desprende del martirologio y del santoral. Un Agustín, o un Jerónimo Emiliano (dos ejemplos entre muchos de santos que no llevaron durante su juventud uan conducta edificante) no fueron santos por haber nacido confirmados en gracia -que no lo fueron-, sino por haber superado las tendencias más bajas de la naturaleza en las que habían caído.
Esa victoria sobre el hombre viejo hizo del libertino un Obispo santo y convirtió a aquel joven aristócrata del Renacimiento, arrogante, pendenciero, impetuoso, duelista y vanidoso, en un hombre virtuoso que la Iglesia elevó a los altares.
En su obra Los defectos de los Santos, Jesús Urteaga recuerda las conocidas miserias y limitaciones de los Apóstoles y algunos defectos de los santos.
Todos tuvieron que luchar con su carácter, con defectos que habitualmente constituían la otra cara de la moneda de una virtud sobresaliente. Santa Teresa de Lisieux fue admirable por su constancia, pero tuvo que superar algunas aristas de su terquedad natural; y san Alfonso María de Ligorio, maestro de moralistas, conservó siempre -genio y figura hasta la sepultura- aquel temperamento fogoso que le hacía exclamar a los ochenta años, mientras charlaba con un conocido: "Si hemos de discutir, dejemos que la mesa esté entre los dos; que yo tengo sangre en las venas."
Es obvio que los santos fueron hombres con defectos y que su vida no pudo ser ajena a las debilidades que todos los hombres poseen. Fueron hombres, no ángeles. No tiene sentido escandalizarseante sus defectos y miserias. Un santo no es un superhombre o una supermujer, sino una persona con limitaciones, que se enamora profundamente de Jesucristo y que por eso llega a vivir heroicamente -fruto de ese amor y de la gracia de Dios- las virtudes cristianas a lo largo de su vida (en el caso de los mártires, es una persona capaz de dar la vida por Dios en un momento preciso). La clave de la santidad radica en el amor a Dios, no en la ausencia de defectos.
La grandeza de los santos no estuvo exenta de esas pequeñas manías, filias y fobias de las que adolece todo ser humano. Santa Ángela de la Cruz tuvo que luchar durante años por moderar aquel temperamento "volcánico, violento" que "saltaba a propósito de cualquier pretexto: pequeños traspiés con una compañera de trabajo y con la maestra, una displicencia de su hermano que está en casa, un descuido de su madre, que olvidó poner al fuego el puchero con agua para las sopas"'.
Santa Margarita María de Alacoque tardó en superar algunas manías, como su aversión al queso, nada menos que... ocho años.
Un tópico: la acusación de locura
Esto no quiere decir que todos los defectos que se han achacado a los santos sean reales. Algunos calumniadores se los han inventado o los han exagerado hasta tal punto que han convertido una pequeña verruga en un cáncer que daña toda la piel.
"El santo es más caricaturizable por sus adversarios que persona alguna" –afirmaba el Siervo de Dios Álvaro del Portillo, refiriéndose a determinadas críticas contra grandes fundadores, como san Francisco de Asís, santa Teresa de Jesús, san Juan Bosco o san Josemaría-. "Pueden convertir su mansedumbre en debilidad, o al revés, su energía vital o su celo de la casa de Dios en mal carácter, o su fe heroica en fanatismo" .
Algunos denigradores cargan tanto las tintas que los pintan como monstruos de maldad. Los extremos se tocan: esas "caricaturas de monstruos" son tan falsas como las que pintan a los santos guardando ayuno desde el el regazo materno.
Por lo que se refiere a la acusación de locura, Dios ha permitido que algunas almas egregias padecieran realmente esta enfermedad, como el padre de santa Teresa de Lisieux al final de su vida. Pero lo habitual es que los santos hayan sido acusados de "locura" por haber amado heroicamente a Dios o haber llevado a cabo empresas humanamente descabelladas aunque lógicas desde una perspectiva espiritual.
"Es una locura" -exclamó la señora de la Corbiniére, esposa de un alto funcionario de Rennes, al ver los proyectos de Juana Jugan y calcular sus recursos. Desde un punto de vista meramente económico la Sra. Corbiniére tenía toda la razón. Y a san Juan de Dios, tras su conversión, no sólo le consideraron loco: lo llegaron a encerrar en un manicomio.
Santa Rafaela
A santa Rafaela María de Porras, Fundadora de las Esclavas del Sagrado Corazón, algunas religiosas de su Congregación laquitaron del gobierno y relegaron con la falsa excusa de que estaba loca. "Fue dejada totalmente al margen -declaró en su Proceso de Beatificación la M. Matilde Erice-, olvidada y a veces tratada con poca consideración.
Basta decir que algunas religiosas profesas (y hago notar que entre nosotras no se llega a la profesión perpetua sino después de cinco y a veces hasta siete años de permanencia en el Instituto) ignoraban ordinariamente incluso que existiese la M. Sagrado Corazón".
Se hizo creer a todos que estaba loca y como afirma su biógrafo, "en los procesos de Beatificación había de ser ésta una de las cuestiones más difíciles de resolver. Del estudio atento de todos los datos, realizado en primer lugar por el Padre Bidagor y luego por una comisión especial, resultó la conclusión no sólo de la virtud extraordinaria de la M. Sagrado Corazón, sino de su perfecto equilibrio mental" .
La insidia llegó a tal punto que su director espiritual, el jesuita P. Marchetti, que ignoraba que fuese la Fundadora, estaba firmemente convencido de su desequilibrio, ya que la Santa le decía que le abrían sus escritos de conciencia -cosa que sucedía realmente- y el religioso consideraba aquello fruto de una obsesión.
Contra toda lógica, ni siquiera en el Proceso de Beatificación se retractó el P. Marchetti de su opinión sobre el estado psíquico de la Fundadora, aunque reconociera en ella la heroicidad de virtudes.
"Lo de menos era llamarme loca"
Hubo un dicho tristemente célebre en el Madrid de mediados del siglo xix: "la loca de Micaela". Aún puede escucharse, como frase del argot popular, en algún ambientes.
Lo popularizó en los ambientes cortesanos el Duque de Pinohermoso, que no entendía la empresa disparatada, vista desde una perspectiva puramente humana, que había acometido su prima la Vizcondesa de Jorbalán, Fundadora de las Adoratrices: redimir a mujeres descarriadas.
No le cabía en la cabeza que una mujer de la nobleza española, rica y acomodada, pudiera dedicarse a esas tareas hasta llegar al extremo de endeudarse económicamente y convertirse en el hazmerreír de todos sus antiguos amigos de la Corte. Aquello, en la mentalidad del Duque, no podía ser sino desazón, desequilibrio, rareza, locura.
Y otros muchos contemporáneos -que mudaron luego de opinión- la juzgaban del mismo modo. "Tú te quieres hacer célebre a lo tonto", le decían sus amigas; unos pensaban "que obraba por manía" y otros se creían en el deber de ponerle los pies en el suelo, como el Marqués de Arenal, que le dijo a la Fundadora cuando fue a visitarle al Ministerio:
"-¿Es posible que haya usted perdido la cabeza? ¿Está usted loca? Déjese de tonterías. Tiene usted a su familia y amigos desolados" .
No exageraba. comentaba una Adoratriz, Catalina de Cristo, en su Proceso de Beatificación, que "sufrió la Venerable muchas contradicciones por razón de su Instituto u Obra por ella fundada, ya de parte de su familia, ya de otras personas amigas y conocidas que consideraban esta empresa como descabellada, creyendo imposible la conversión y permanencia de las jóvenes que son el objeto principal del Instituto y hasta se avergonzaban de la Obra como de una cosa mala y de ninguna duración.
”El P. Carasa obligó a la Venerable a ir en coche por Madrid para evitar que cuantas personas conocidas la encontraban por la calle la arguyesen e increpasen contra su plan" l
Opinaban lo mismo algunos de sus confesores. Recuerda un testigo del hecho: "Oí decir al P. Labarta de la Compañía de Jesús, confesor que fue de la Venerable, que el Instituto fundado por ésta era una fervoreta procedente del deseo que tenía de gastar su dinero en cosas buenas".
En los ambientes palaciegos, que la habían conocido con sus mejores galas, se reían de ella cuando la veían aparecer -"mirad, mirad la loca"- con sus alpargatas blancas y su vestido de estameña.
Un diálogo entre la Reina Isabel IIy su camarera mayor, pone de manifiesto aquel ambiente.
"-¿No es amiga tuya la de Jorbalán?
-Sí, señora.
-¿Y cómo se volvió loca?
-¿Qué? Señora, no está loca.
-Pues sus parientes lo dicen.
-Es, señora, que se ha dedicado a salvar mujeres de mal vivir y es a disgusto de sus hermanos y parientes, y la llaman loca por esto, pero está muy cuerda y es muy buena"
Con el tiempo, la acusación se hizo tan habitual que cuando la Santa iba a pedir dinero para el mantenimiento de sus colegios, “lo de menos -contaba- era llamarme loca"
¡De prisa! ¡Al manicomio!
San Juan Bosco tuvo que sufrir situaciones parecidas. Refiere el Santo en sus Memorias del Oratorio, hablando de sí mismo en tercera persona, que, en noviembre de 1845, cuando comenzó sus primeras escuelas nocturnas,
"se propagaron habladurías muy extrañas. Unos calificaban a don Bosco de revolucionario, otros lo tomaban por loco o hereje. Pensaban así: el Oratorio lo que hace es alejar a los chicos de las parroquias; por consiguiente, el párroco se encontrará con la iglesia vacía y no podrá conocer a unos chicos de quienes habrá de dar cuenta a Dios" .
De poco les servía a sus detractores las explicaciones de don Bosco, que les recordaba que aquellos chicos eran de fuera, y no tenían párroco ni parroquia. La marquesa de Barolo, antes de despedirle de su pequeño hospital, también hizo mención a su supuesta locura; y la murmuración llegó a tal punto que dos teólogos amigos suyos, Vicente Ponzati y Luis Nasi, llevados por la caridad hacia el santo -estaban convencidos de su enfermedad-, intentaron encerrarle en un manicomio.
Aquel intento de encerramiento en el psiquiátrico tuvo visos cómicos: "Me di cuenta entonces de su juego -escribe don Bosco-, y, sin darme por enterado, les acompañé hasta el carruaje. Insistí en que entraran ellos los primeros a tomar asiento. Y cuando lo hicieron cerré de golpe la portezuela y grité al cochero:
-¡De prisa! ¡Al galope! ¡Al manicomio, en donde aguardan a estos dos curas!" .
¡Ese es un loco!
También aludieron a la locura algunos conocidos de san Josemaría Escrivá cuando éste comenzó su primera labor apostólica: la Academia DYA. Era una academia con clases para estudiantes de Derecho y Arquitectura, que luego se amplió y se convirtió en Residencia Universitaria.
Desde el punto de vista meramente humano aquello tenía visos de locura: yel Santo, que confiaba sobre todo en la Providencia divina, en cuanto la Residencia comenzó a funcionar, empezó a verse ahogado por las dificultades y las deudas.
En vez de apurarse, abordó aquella situación con fe y confianza en Dios. Un conocido suyo comentó que todo aquello era como tirarse desde una gran altura sin paracaídas: una empresa de locos. Algunos lo decían en voz alta por los corrillos del Seminario: "¡ése es un loco!".
Esa acusación le acompañaría durante parte de su vida. Durante sus viajes de catequesis por Suramérica un muchacho brasileño le preguntó en Sáo Paulo por el sentido de unas palabras recogidas en Camino en las que comparaba la vocación a la locura.
"¿No has visto nunca nadie que esté loco? ¡Mírame a mí! Hace muchos años decían de mí: ¡está loco! Tenían razón. Yo nunca he dicho que no estaba loco. Estoy loquito perdido, pero de amor de Dios.
"Los santos se parecen todos a Cristo -escribe Douillet- y sin embargo cada uno de ellos tiene fisonomía propia". En su libro Los santos también son hombres, Bargellini destaca la cualidad característica de algunos santos: elogia el optimismo de san Vicente de Paúl, la tenacidad de san Juan Bosco, la sencillez de san Pío X, la generosidad de san Camilo de Lelis, el valor de san Ignacio de Loyola, la prudencia de santo Tomás Moro, la sabiduría de San Benito...
Sin detenernos a considerar el acierto en la calificación de uno y otro santo, lo que pone de relieve el estudio de Bargellini es que la santidad es "amplia" y difícilmente encasillable en esquemas demasiado estrechos. No hay un modelo unívoco de santidad, salvo la imitación a Jesucristo.
Esa imitación puede revestir formas muy diversas, tanta como temperamentos humanos. Piénsese, por ejemplo, en el contraste que ofrecen la figura de un San Jerónimo comparada con Santa Teresita de Lisieux
Sin embargo, de una lectura de las páginas de la historia de la Iglesia, se desprende que, junto a numerosos santos y santas detalante apacible, han abundado los santos de temperamento tendente a la fogosidad, de modo especialentre los fundadores.
Esa fogosidad hace que algunos de esos hombres y mujeres –hombres y mujeres de carácter vibrante y recio- experimentaran durante su vida cierta tendencia -en algunos casos notable- hacia la irascibilidad.
El ejemplo más elocuente es el de un santo que ha pasado a la historia de la Iglesia paradójicamente -y esto constituye también una manifestación de la victoria admirable de la gracia sobre los defectos del propio carácter-, como el prototipo de la amabilidad y de la dulzura en el trato: san Francisco de Sales.
"A la menor palabra la sangre le venía al rostro" -recuerdan sus biógrafos-. Y sentía, como confesaría en diversas ocasiones, "erguirse la cólera en mi ánimo como el agua en el fuego".
El temperamento tempetuoso de algunos santos ha sido fuente de algunas incomprensiones, especialmente por los que conciben la santidad como desgajada de las emociones humanas. Las almas de los santos no se parecen, como afirma Roche, al "Mar Muerto, cuyas aguas no riza nunca el soplo de la brisa y en el que la vida no agita las pesadas aguas. Se asemejan más bien al lago de Genesaret, encrespado por fuertes tormentas y en calma solamente a la voz del Maestro".
"Tuvieron flaquezas y tentaciones, y defectos también. (...) Los defectos de Santa Gertrudis -escribe Roche- eran tan notorios que Santa Matilde preguntaba a Nuestro Señor cómo podía amarla tanto. San Francisco de Asis `que puso siempre gran atención en no ser hipócrita a los ojos de Dios', no hizo secreto de sus tentaciones de vanagloria y confesó a sus hermanos que sintió siempre un movimiento de vanidad cada vez que hacía limosna.
”Esta sencillez y franqueza es, en realidad, una de las mejores notas de los siervos de Dios y la prueba de que jamás fingieran" .
San Jerónimo, el "dálmata semibárbaro"
En las cartas de San Jerónimo se revela un temperamento ardiente, casi violento, que, como atestiguaban sus mejores amigos, podía explotar en cualquier instante.
"Esas cartas son un vivo retrato -escribe Pérez de Urbel-, son él mismo, amable, admirable y magnífico aun en medio de sus asperezas, de sus susceptibilidades y de sus terribles cóleras. A veces nos hace arrugar el entrecejo, como le pasaba a su amigo Marcelo, o nos sonreímos con aquella sonrisa que debía dibujarse en los labios de San Agustín cuando recibía sus cartas; pero, indulgentes con estos arrebatos del dálmata semibárbaro, nos sentimos conquistados por la violencia de aquel gran corazón, por la fuerza de aquel carácter de hierro, por la austeridad y sinceridad de aquella vida".
"Realmente -escribe Roche- San Jerónimo reprimía o disimulaba mal sus simpatías y antipatías. Su corazón podía con frecuencia más que la razón y hasta más que sus buenos propósitos. Era un péndulo que iba de un extremo a otro".
Sin embargo,guardaba también la riqueza de matices propia de las almas grandes y muy especialmente de las almas santas. Y una vez reprimido el hervor natural de su temperamento, era capaz de escribir a santa Paula con estas palabras cariñosas referidas a su nieta: "Si me la enviáis, seré para ella tutor y niñera. La llevaré en mis brazos, aunque soy viejo, y juntos charlaremos de cosas de niños, más orgulloso de mi ocupación de lo que jamás Aristóteles lo fue de la suya" .
Este rasgo de ternura en una personalidad como la de san Jerónimo nos muestra la falsedad de algunas hagiografías excesivamente devotas y la exageración de muchas denigraciones exaltadas, que acaban mutilando, en su aversión o en su malentendido fervor, la complejidad humana y espiritual de los santos.
La rica personalidad de los hombres y las mujeres de Dios no puede reducirse a esa linea puramente ascendente, casi inhumana, de algunos relatos piadosos, que rozan con la fantasía. En ellos, la lucha ascética, el esfuerza, los altos y los bajosparecen estar ausentes.
De la lengua de santa Catalina a las bromas de san Felipe
Dios no dotó a santa Catalina de Siena de un carácter precisamente débil. Su personalidad es paradójica, como la de todos los santos -es la paradoja cristiana-: era una mujer joven, firme, tenaz, irreductiblemente segura en Dios y con una gran desconfianza en sí misma; frágil y fuerte al mismo tiempo; ardiente, intuitiva y vehemente; recia, sin perder la femineidad; espontánea, sencilla y directa en el trato: "así como sois hombre en el prometer que queréis hacer y sufrir por la gloria de Dios -le decía al Beato Raimundo-, no me seáis luego mujer a la hora de la verdad".
Sus cartas reflejan su temperamento ardoroso y decidido, cuyos extremos lingüísticos pueden escandalizar a algún lector contemporáneo poco avisado. En las cartas que escribió al Papa, al que llamaba "el dulce Cristo en la tierra" sobresale tanto su amor al Romano Pontífice como una franqueza y una sinceridad casi salvaje, fruto de esa libertad de espíritu propia de las almas santas.
Realmente, necesitó de esa fortaleza para ser instrumento de la renovación de la Iglesia de su época; por esa razón, como recuerda Roche, no debe sorprendernos que esta mujer joven se atreva a decirle al Cardenal Legado que debe portarse como un hombre y no como un cobarde; y que zarandee y despierte a su director espiritual cuando se quede dormido, diciéndole, con toda la fuerza de su genio: "¿Es que estoy hablando con vos o con la pared?"
Tampoco santa Teresa fue una mujer pusilánime. "Era impetuosa y viva –afirma Roche- pero al mismo tiempo, fría, calculadora y práctica; era sencilla y a la vez extremadamente astuta; capaz de entregar a los pobres cuanto quisiesen y, sin embargo, ¡ay! del comerciante que intentase lucrarse con alguna trampa a expensas del convento; era proclive a la indignación y a las antipatías naturales, hasta el punto de que cuando la Priora Beatriz se hallaba en desgracia, no podía soportar que se mencionase su nombre y, no obstante, poseía un temperamento dedo más afectuoso y juguetón".
"¿Piensa mi padre -escribeal Padre Gracián- que para las casas que yo he fundado, que me acomodado a pocas cosas que no quisiera?"; intransigente en otras ocasiones; profunda y divertida al mismo tiempo. "Como no soy tan letrera como ella -escribe refiriéndose a una monja-, no sé qué son los asirios". Es capaz de referir una gran contradicción espiritual con gran serenidad y de espantarse -mujer al fin- por una menudencia: "¡Oh, mi padre, qué desastre me acaeció!, que estando en una parva, que no pensamos teníamos poco, cabe una venta que no se podía estar en ella, entráseme una gran salamanquesa o lagartija entre la túnica y la carne en el brazo, y fue misericordia de Dios no ser en otra parte, que creo me muriera".
Santo Tomás Moro le confesaba a su mujer el miedo que experimentaba ante el dolor, pero a la hora del martirio bromeó con su verdugo en el patíbulo. Cuando se le quedó prendida la barba entre la garganta y el madero le dijo: "Por favor, déjame que pase la barba por encima del tajo, no sea que la cortes".
Todos los santos han tenido que luchar, de un modo o de otro contra algún defectos de su carácter. San Vicente de Paúl tuvo que enfrentarse contra aquel "humor negro, melancólico y huraño", que tanto le preocupaba. El ejemplo de su amigo san Francisco de Sales, que luchó durante toda su vida para dominar su carácter, le ayudó mucho en este punto, como relató en la declaración para su Proceso de Canonización: "Yo mismo –testimoniaba- fui testigo de vista de cómo moderó y pacificó las pasiones del alma" .
"Si éste pudo dominarse -pensó-, ¿por qué no he de poder hacerlo yo?" Y empezó a pedirle a Dios "insistentemente que me cambiara aquel humor seco y repelente y que me diera un carácter dulce y benigno, y, por la gracia de Nuestro Señor, mi atención en reprimir los hervores de la naturaleza me ha librado en cierta medida de este negro humor" .
Los que le rodeaban se quedaron asombrados de este cambio, especialmente a partir de los Ejercicios de 1621. Una religiosa, Margarita de Silly, llegó a decir por aquel tiempo que hubiera sido el hombre de carácter más apacible de su tiempo "de no haber existido San Francisco de Sales".
A otros santos, como al beato Juan XXIII, Dios le concedió una naturaleza apacible y cordial. Escribía: "sobre todo estoy agradecido al Señor por el temperamento que me ha concedido y que me preserva de inquietudes y aturdimientos molestos". Años más tarde, anotó:
"Reflexionando sobre mí y sobre las múltiples vicisitudes de mi humilde vida, debo reconocer que el Señor me ha dispensado, hasta ahora, de esas tribulaciones que a muchas almas hacen difícil, e ingrato el servicio de la verdad, de la justicia, de la caridad".
En el santoral se encuentran los caracteres más diversos: san Vicente Ferrer es intrépido, brillante; san Atanasio posee una oratoria arrebatada; san Basilio, contenida y disciplinada. Más cercanos a nuestros días, san Giuseppe Moscati, un médico italiano fallecido en 1927, es un hombre sereno y más bien serio; la beata Ángela Salawa, una empleada del hogar polaca, sencilla y profunda; y el beato Pier Giorgio Frassati es un joven bromista, simpático y divertido.
De todas formas, todas estas caracterizaciones son simples, insuficientes. La gracia ilumina las almas de estos hombres y mujeres como un caleidoscopio y le da matices insospechados y diferentes. "La psicología de los santos nos desconcierta con frecuencia -escribe Pérez de Urbel-; lo divino y lo humano se mezcla en ellos de una manera tan misteriosa, que para los que les contemplamos desde nuestra pobre y triste realidad, resultan verdaderos enigmas".
El amor a Dios de los santos hace que sus reacciones nos desconcierten a veces: cuando le dijeron a santa Micaela, audaz y valiente como pocas,que habían profanado un sagrario en una ciudad de España, prorrumpió a llorar detal modo que "no habría llorado más por la muerte de una persona de su propia familia".
San Josemaría, que soportó con entereza contradicciones y calumnias, lloró también al enterarse de que en una ocasión unas mujeres del Opus Dei, agobiadas por el trabajo, habían postergado la oración y el trato con Dios.
Esta sensibilidad hacia lo divino no puede juzgarse desde la tosquedad de la mediocridad espiritual: resulta incomprensible. Juzgar la vida de un hombre santo sin poseer una visión sobrenatural es, en gran medida, como querer interpretar el lenguaje de los ciegos sin conocer el Braille. Falta la gran clave de inteprestación.
Tan incomprensible como las pruebas desconcertantes que sufren a veces los santos: sorprende ver a un san Alfonso María de Ligorio, maestro de moralistas, luchar con los escrúpulos al final de su vida; e impresionan, por su radicalidad, las reacciones de un san Juan de Dios tras su conversión, fruto de su carácter "exaltado, imaginativo y soberanamente excitable"según sus biógrafos
Sólo una mirada y un análisis que comprenda lo sobrenatural puede atisbar la profundidad del alma del Santo, donde se conjugan de un modo insondable las debilidades propias de la naturaleza humana con la ayuda de la gracia divina y, donde -como sucede en todo corazón humano- se dan luchas y tentaciones.
"Dios permite las tentaciones -escribía santa Catalina de Siena- no para que seamos vencidos, sino vencedores; no confiando en nuestra humana naturaleza, sino en la ayuda divina".
Pocos santos ha habido tan divertidos en lo humano como san Felipe Neri, que aseguraba que "un espíritu alegre llega a la perfección con mayor rapidez que cualquier otro". Ni la incomprensión, fruto del ambiente hostil de la Reforma, que sufrió durante años, ni las dificultades que tuvo que superar, lograron enturbiar su alegría y su espíritu festivo, cuyos extremos no han encontrado parangón.
Pero no son éstos, con frecuencia, los aspectos más conocidos de los santos. Quizá porque los hagiógrafos se han detenido fundamentalmente en los aspectos "excelsos" de sus vidas y algunos lectores hayan olvidado que la santidad se hace efectiva precisamente en las pequeñas batallas de la vida ordinaria.
Nunca me han gustado...
"En la vida nuestra –enseñaba san Josemaría- si contamos con brío y con victorias, deberemos contar con decaimientos y con derrotas. Ésa ha sido siempre la peregrinación terrena del cristiano, también la de los que veneramos en los altares (...).
”Nunca me han gustado esas biografías de santos en las que, con ingenuidad, pero también con falta de doctrina, nos presentan las hazañas de esos hombres como si estuviesen confirmados en gracia desde el seno materno. No. Las verdaderas biografías de los héroes cristianos son como nuestras vidas: luchaban y ganaban, luchaban y perdían. Y entonces, contritos, volvían a la lucha."
Estas frases previenen contra cierto "angelismo hagiográfico": la santiad radica en el amor a Dios, no en la ausencia de defectos y de errores. Ni siquiera los santos más graves actuaron con esa seriedad y esa "excelsitud" casi inhumana con la que nos los pintan algunos hagiógrafos: san Carlos Borromeo tuvo tiempo, en medio de sus tareas de gobierno, para jugar al ajedrez; a san Luis de Francia le gustaba jugar a la pelota y san Felipe Neri participaba ya anciano, en los juegos de los muchachos del Oratorio. Y son famosas las bromas que le gastaba a otro santo, san Félix Cantalicio...
Dos bofetones
Estas realidades –el juego, la broma, el descanso, el deporte- forman parte de la vida cotidiana de los santos, incluso la de aquellos que los biógrafos nos han pintado con rasgos más austeros, como el Cura de Ars, al cual sus feligreses amaban y temían al mismo tiempo por su santidad y por su severidad.
¿Por qué se han dado visiones tan negativas de los caracteres de algunos santos? Quizá se deba a la ignorancia sobre la santidad, o a que, con frecuencia, resulte molesta. Angela Salawa fue una feliz empleada del hogar mientras vivió su primera patrona, la Sra. Fisher: una mujer recta y piadosa. Pero a su muerte las cosas cambiaron: el Sr. Fisher, un abogado descreído, comenzó a tener unas relaciones inconvenientes y la presencia de la Santa en aquella casa "molestaba". Tuvo que soportar numerosas humillaciones y acusaciones injustas hasta que fue despedida acusada de robo: decían que había robado, lo que, en realidad, eran pequeños regalos que le había hecho la dueña de la casa antes de morir. Se quedó en la calle,- después de muchos años de servicio fiel, totalmente abandonada.
Otra de las causas que pueden explicar algunas difamaciones es que los santos más difamados no han vivido bajo campanas de cristal: han tenido que afrontar circunstancias difíciles, que pusieron a prueba su temple humano y espiritual.
Santa Micaela se vio envuelta en situaciones muy duras para su genio vivo; un "geniazo" en sus propias palabras "que no se doma sin pena". Un día una de las jóvenes que tenía recogida quería marcharse del Colegio.
-¿A dónde va usted? -le preguntó la Santa.
-¿Yo? A una casa mala -le dijo la otra con descaro.
Santa Micaela le contestó dándole un bofetón que tuvo un efecto fulminante:
-Sólo mi madre me ha castigado así -dijo la chica, arrepentida-; yo la obedeceré a usted como a ella. Si no se hubiera muerto yo no me hubiera perdido."
"La levanté -escribe la Santa-, la abracé, la pedí perdón de rodillas, y me quedé corrida y avergonzada de este hecho, y no paré hasta confesarme y pedir perdón a Dios tan de corazón que jamás me ha vuelto a suceder, gracias a Dios. Y esta joven fue ejemplar, pero yo decidí no salvar sus almas a costa de la mía y ofender a mi Dios".
Así fue dominando -aunque nunca del todo- "aquel geniazo", cuyas consecuencias no hay que exagerar. Al final de su existencia, sus hijas espirituales se admiraban -como siglos antes sucedió con San Vicente de Paúl- "de la dulzura creciente de su carácter".
Ese carácter impulsivo fue la diana de las críticas de sus perseguidores. ¿Quiénes fueron? "Quienes la persiguen -escribe su biógrafo- no pueden airear los verdaderos móviles. Alardean del bien de las chicas recogidas, cuyos polvillos sacan a la luz del sol junto con el carácter indomable e insufrible de la Fundadora. No debe ocultarse cierto fundamento real procedente de innegables fragilidades y de algunas deficiencias que los enemigos, los antiguos amigos y las colegialas desagradecidas, centuplican con excesivo descaro en los ambientes apropiados.
”Una de éstas, recogida en la casa de caridad de la calle del Humilladero, el 17 de octubre de 1853, se marcha despechada cinco años después y escribe el 3 de marzo de 1858 a un sacerdote, Joaquín Serra, estas acusaciones injustísimas:
"'Me dice usted que aprendería, en ese dichoso colegio, educación moral y religiosa; también es verdad. Pero si dijera usted al revés, tal vez fuera más acertado. ¿Qué educación quiere usted que aprenda en una casa (en) que no la hay y que fundada por un capricho de una mujer loca, que cansada del mundo o el mundo cansada de ella, y que fuera del título que lleva se la pudiera comparar y rebajar hasta la más ínfima mujer por baja que fuese su condición'?".
Un tal Juan Sala le escribió desde Barcelona, un 18 de febrero (no consta el año), una de esas cartas llenas -en expresión del biógrafo- "de consejos, de calumnias y de disparates, productos de esas personas pseudomísticas y desequilibradas que emborronan siempre las obras más hermosas de Dios. La crueldad de estas líneas -para quien se ha consagrado a una labor tan dificil y tan mal entendida y correspondida- salta a la vista:
"Señora: Debo participar a usted que se está desacreditando en Cataluña, como lo ha hecho en Madrid y en el resto de España. Que tiene mucha gracia eso de admitir jóvenes, chuparles la salud a fuerza de insoportables trabajos, mortales disgustos, incalificables desdenes y áspera severidad, que únicamente guarda usted, para las que, por sarcasmo, llama usted hijas.
En eso de echar jóvenes de su casa se parece usted a aquellas gentes que usted conoce, únicamente que éstos las mandan al hospital y usted las arroja a la calle.
Antes de echarse a Fundadora debiera usted entregarse a reformadora de sí misma, puesto que es de urgente necesidad dominar ese carácter irascible, precipitado, altanero, que de todo tiene menos de religiosa, que todo lo será menos lo que usted quiere que sea.
Con pena ven los hombres, amantes de su Instituto, su acrecentamiento, porque va a ser más ruidosa su ruina. Crea usted que se está formando una Liga para evitar que vayan a morirse o a perderse bajo su indiscreta dirección las jóvenes llamadas al Estado Religioso. Si esto no basta, tema usted que en Barcelona habrá un escándalo, cuya responsabilidad arrojamos sobre su frente"
Gracias a esa feliz conjunción entre su correspondencia a la gracia y ese carácter que Dios le había dado, pudo llevar a cabo esta Santa la tarea que Dios le había encomendado y soportar las miles de penalidades que tuvo que sufrir.
Sin un genio como el suyo, incluso contando con la ayuda de la gracia, que edifica sobre la naturaleza, ¿se habría lanzado a la tarea de redimir mujeres públicas en plena calle en los anocheceres de Madrid? ¿Se habría atrevido, como lo hizo, a entrar en un prostíbulo para salvar a un alma? ¿Habría tenido el coraje humano necesario para soportar los constantes atentados, las murmuraciones, los insultos y las críticas?
Fue el amor de Dios el que hizo fuerte a esta mujer; pero Dios le facilitó esa tarea dotándola del carácter más acorde para la ardua empresa que debía llevar a cabo.
La vida de esta mujer heroica no rezumó amargura, sino santidad; y la lectura de su Autobiografía nos desvela su carácter, muy fuerte, sí; pero profundamente sobrenatural y genuinamente femenino al mismo tiempo, chispeante a veces, divertido y vivaz.
La leyenda negra que se creó en torno a ella fue una caricatura ridiculizante: ya hemos visto la pluralidad de facetas de su vida. Y esto sucede con el resto de los santos. Incluso de un san Vicente de Paúl que fue, en expresión de Roche, "uno de los hombres que más penetraron en el aspecto negro y más sórdido de la vida", se pueden contar numerosas anécdotas cordiales y simpáticas.
No hay que olvidar que los santos, por el hecho de serlo, han sido hombres profundamente felices; y la felicidad va unida a la alegría, aunque esa alegría tenga sabor a Cruz.
Un bofetón
El bofetón de santa Micaela evoca otro sonoro bofetón, que salió esta vez de manos de un futuro Papa y Santo: san Pío X. Aunque sea algo puramente anecdótico y el sucedido en sí sea bastante irrelevante, nos confirma de nuevo que los santos no nacen, se hacen.
"Muchos que conservan de Pío X una estampa suavísima, humilde y afable -apuntasu biógrafo- ignoran que por temperamento era irascible." Esa irascibilidad de Giuseppe Sarto -don Beppi- no saltó nunca con las calumnias ni con las ofensas; se encendió sólo una vez, en una situación que no deja de tener, a pesar de todo, cierto tono divertido. Su hermana Rosa no le dejaba vivir en una determinada ocasión a causa de un fuerte dolor de muelas.
-¿No serás capaz de callar? -le dijo don Beppi.
-No, Beppi, no soy capaz de callar. ¡Y quisiera que por una hora probaras tú lo que es bueno!
A los tres o cuatro días, don Beppi se levantó de la cama aquejado por un fortísimo dolor de muelas. Su hermana se levantó para preguntarle qué le sucedía.
-Estas muelas...
-¡Ahora sabrás lo que es bueno. Ojalá te dure una hora!
La mano de don Beppi salió disparada en un movimiento irrefrenable.
"A cincuenta años de distancia -escribía su biógrafo- la bofetada de don Beppi a su hermana ha dado mucho trabajo en la Causa de Beatificación. `Después de todo -explicará el abogado defensor- es el único movimiento de iracundia que no se justifica en la vida de Sarto. El único acto que responde a una ofensa personal. Concedido que sea una falta, esta excepción, a la cual no puede añadirse ni siquiera otra, es exponente de una santidad alcanzada con ímprobo tesón'" .
Santa Juana de Chantal conservó, en medio de sus contradicciones, en lo humano, su talante divertido. Al igual que santa Teresa, sabía controlar losnervios en los peores momentos y se mantenía serena cuando atentaban contra su vida; y los perdía -y volvía a recuperar, gracias a la lucha ascética- ante obstáculos mucho menores de la vida cotidiana...
Y al igual que la Santa de Ávila fue domeñando poco a poco, con la ayuda de la gracia de Dios, los defectos de aquel carácter
Un temperamento "pirenaico"
"Carácter inflexible, muy susceptible; modesta, piadosa, afectuosa, ordenada", así describía a santa Bernardeta Soubirous la Madre María Teresa Vauzous, maestra de novicias del convento de Saint-Gildard de las hermanas de la Caridad y de la Instrucción cristiana de Nevers.
El juicio que hizo la Madre Vauzous sobre la vidente de Lourdes era injusto y excesivo, porque, como puntualizaba otra religiosa, esa inflexibilidad es precisamente una de las maneras de ser del temperamento pirenaico; y esa susceptibilidad que algunos creían ver en ella no era más que el fruto de una gran sensibilidad.
De todas formas, había una base cierta en la apreciación: en ocasiones la Santa era brusca, impaciente, y se advertían en ella arranques de mal humor o de terquedad que se esforzaba por cortar. "Yo he sido terca toda mi vida -recordaba ella misma con humor-. Incluso en la gruta hice repetir dos veces a la Santísima Virgen que fuese a beber del agua turbia: pero ella me castigó haciendo pedir por tres veces su nombre".
Esa incomprensión sobre su carácter la acompañó durante toda su entrega religiosa. Algunas de sus superioras la consideraron algo arrogante. Y la Madre Vauzous, maestra de novicias, la trató muy duramente a lo largo de su práctica totalidad de vida religiosa. No llegó a entender nunca la sencillez de su alma.
Eso hizo que la Santa tuviera que soportar durante largos años correcciones y riñas injustas, un trato frío y distante, y una severidad para con ella que se autojustificaba por parte de sus superioras con el deseo de preservar la humildad de aquella alma privilegiada.
El día de su profesión religiosa, cuando el Obispo preguntó a qué labor apostólica se iba a dedicar, le contestaron, en presencia de la interesada:
-No es buena para nada; sería una carga para la casa adonde la enviásemos.
Bernardeta escuchó aquellas palabras en silencio, sin una protesta, y le dijo al Obispo que esa inutilidad ya la había predicho ella misma... Por esa razón, el biógrafo considera que se puede afirmar "sin asomo de ironía", que la Madre Vauzous "fue la persona que más trabajó para su glorificación. Un consultor de la Congregación de Ritos, a la salida de la ceremonia de Beatificación, declaró que nada demostró tanto la heroicidad de virtudes de Bernardeta como las dificultades que tuvo con su madre maestra" .
Realmente, como apunta el biógrafo, "si la vidente de Massabielle hubiese sido atendida, mimada, adulada en el convento de Saint-Gildard, y hubiese podido saborear un cierto honor exclusivamente humano, ¿de qué modo se hubiese cumplido la promesa tan clara de la aparición: `Yo no te prometo hacerte feliz en este mundo sino en el otro?'" .
Los fundadores: “todo un carácter”
Un breve repaso al carácter de los Fundadores o sacerdotes santos de la historia de la Iglesia, como los Fundadores de órdenes y Congregaciones religiosas -san Ignacio, san Juan de la Cruz, san Alfonso María de Ligorio, san José de Calasanz, san Josemaría, etc.-; o la evocación de figuras de la Iglesia como santa Teresa de Lisieux o san Giovanni Calabria, nos muestra patentemente que estos hombres de Dios han conjugado admirablemente la fortaleza y la energía necesarias para llevar a cabo su misión, con las exigencias de la caridad y del afecto con las personas que trataron. Suelen ser ese tipo de personas de los que se dice: “es todo un carácter”.
Eso no significa que las manifestaciones de ese carácter fueran parecidas. La fundadora santa María de Mattías era naturalmente tímida, pero su celo apostólico le hacía crecerse; san Agustín Roscelli era de temperamento reservado; santa Teresa de Lisieux tenía un temperamento amable y artístico. Pero todos construyeron su carácter sobre el amor de Dios, y eso les dio fortaleza para luchar contra sus propios defectos de carácter e identificarse con Cristo. Aunque también sucedía que se considerasen defectos lo que eran virtudes, como vemos tantas veces en la vida cotidiana. Santa Teresita, por ejemplo, sabía que su exigencia no era siempre bien entendida por sus novicias: "Sé bien que (...) me encuentran severa. Si leyeran estas líneas, dirían que no parece que me cueste lo más mínimo vigilarlas, hablarles en tono severo. (...) Estoy dispuesta a dar mi vida por ellas, pero mi afecto es tan puro que no deseo que lo conozcan. Jamás, con la gracia de Dios, he intentado atraerme sus corazones. He comprendido que mi misión era conducirlas a Dios" .
Esta rectitud de intención, este equilibrio entre la fortaleza y el afecto, se encuentra habitualmente en la dirección de almas de todos los hombres de Dios. "Era suave y amabilísimo -cuenta un sacerdote, evocando a don Orione- y, a la vez, exigente con nosotros".
El Cardenal Bueno Monreal consideraba a san Josemaría "un hombre de una vitalidad extraordinaria: era un aragonés -también en el vigor de su carácter- extraordinario. Era todo un carácter, como decimos los hombres de mi tierra. Al mismo tiempo tenía un gran corazón que le daba una gran capacidad de cordialidad. Su amistad era abierta a todos. Había una plena armonía entre las virtudes humanas y su vida cristiana. La caridad era amor a Dios y a los hombres. Hablaba de Dios y de cosas muy altas del espíritu, llegando al corazón del interlocutor, que quedaba encendido, consolado o animado".
La santidad -recordaba san Josemaría- está en tener defectos y luchar contra ellos, pero nos moriremos con defectos. "Me sorprendía -relataba su hermano Santiago Escrivá- el afecto recio y sincero con el que trataba a los miembros del Opus Dei. Rezaba por ellos, se mortificaba, y sabía tener con cada uno mil delicadezas de Padre. Se esforzaba por hacer amable el camino de la santidad de los que venían al Opus Dei con detalles concretos de cariño, de simpatía y de servicio.
"Los miembros del Opus Dei le llamaban Padre y era Padre de verdad. Por eso, cuando debía corregir a alguno, sufría mucho. Pero, como los buenos padres, sabía corregirlo con lealtad y con sinceridad, con energía si era preciso. No podía permitirse sentimentalismos ni blandenguerías cuando tenía que cumplir un querer de Dios y tantas almas confiaban en el Opus Dei. Pero luego se volcaba con aquella persona con ternura paterna, para que después de aquella reprensión nadie quedara herido".
San Vicente de Paúl, que se tuvo que enfrentar con fortaleza a los errores del jansenismo, no dudó en obrar con energía para quitar los gérmenes de esos errores en el seno de la Congregación de la Misión: "Seguiré obrando con mano firme -decía-, para que nadie pretenda remontar libre su vuelo en tales opiniones, siendo mucha verdad que es grande mal para una comunidad el verse dividida en sus sentimientos".
Pío XII aludió en la homilía del día de su Canonización, el 7 de mayo de 1950, al "vivo genio" y a la caridad heroica de san Antonio María Claret: "fuerte de carácter, pero con la suave dulzura de quien sabe el freno de la austeridad y de la penitencia".
Esta fuerza de carácter hace que las personalidades de los hombres de Dios resulten tan atractivas. En los Artículos para el Proceso apostólico se define al Padre Poveda como un hombre "de temperamento fuerte, enérgico, vivaz, hubo de saber librar consigo mismo la propia batalla, la de hacer de sí el verdadero discípulo de Jesús, manso y humilde de corazón".
De tarde en tarde, a estos hombres y mujeres de Dios se les quebraba la sonrisa con un nubarrón pasajero; pero ¿alguien podría extrañarse de que un santo como San José Moscati se abrumara por los numerosos pacientes que aguardaban sin cesar a la puerta de su consulta médica, y estallase con un gesto demalhumor -inmediatamente reprimido- cuando sus pacientes tardaban en exponerle sus males o se alargaban innecesariamente quitando tiempo al resto?
José Miguel Cejas
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